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MORELIA, Mich., 8 de septiembre de 2026.- Reza una frase nacida quién sabe dónde: el amor entra por la boca. Y vaya que en Michoacán se sabe de amor porque su cocina enamora. Propios y extraños quedamos atrapados en esta alquimia gastronómica, y quizás los que vivimos aquí a veces se nos olvida lo que esta tierra representa en platillos.
En este estado, la cocina no se lee en recetarios; se escucha en el chisporroteo de la leña, se huele en el vapor de los mercados y se respira en la memoria de los pueblos.
Comer en Michoacán es emprender un viaje en el tiempo donde cada bocado cuenta una historia: desde los banquetes sagrados de los antiguos emperadores purépechas hasta la algarabía nocturna de una plaza colonial. Si algo amalgama es la cocina; da identidad.
En el corazón de la Meseta Purépecha, el humo de los fogones comunitarios custodia el secreto mejor guardado de México: el churipo y las atápakuas. Estos platillos milenarios, espesados ritualmente con masa de maíz, son el pilar que llevó a la cocina michoacana a convertirse en el paradigma mundial de la cocina tradicional mexicana ante la UNESCO.
Además de identidad, la cocina en Michoacán es colectiva. El churipo no se sirve para uno solo; es el alma obligada en las bodas, las fiestas patronales y la despedida de los difuntos. Reúne al pueblo entero alrededor del fuego, recordándoles quiénes son.
Al lado del fogón, la maestría milpera se hace poesía con las corundas y los uchepos. Las crónicas antiguas susurran que las corundas —con su compleja envoltura poliédrica y su masa nixtamalizada con ceniza— eran el platillo predilecto de los emperadores, los kurhúnda o panecillos de palacio, y hoy esa herencia se ha vuelto democrática.
Las corundas son transversales porque lo mismo consuelan el hambre de un minero en el almuerzo cotidiano de un mercado que acompañan con respeto al churipo en las grandes celebraciones.

El paisaje cambia cuando el aroma a manteca inunda las calles. Las carnitas —otro grande de Michoacán— son el sincretismo puro, el nacimiento de una nueva era en el siglo 16, ya que el cerdo, traído por los españoles, encontró su hogar eterno en los majestuosos cazos de cobre moldeados por los artesanos de Santa Clara.
El platillo de las carnitas es el embajador comercial de Michoacán ante el mundo; una comida urbana, masiva y dominguera que atrae por igual a locales y turistas en busca de un sabor fuerte, directo y sin pretensiones.
Cuando el sol se oculta, la vida se traslada a los portales de Morelia y Pátzcuaro. Ahí, entre risas y música de viento, reinan las enchiladas morelianas o placeras.
Su mística nació en las verbenas del siglo 19 y mantiene intacta su técnica: la tortilla debe bendecirse en salsa de chile guajillo antes de tocar el aceite hirviendo. Son el pretexto perfecto para el comensal nocturno, para la juventud y las familias que buscan el calor humano bajo la luz de los faroles.

Para quienes buscan la calma de una mesa con mantel y el susurro de la historia en un ambiente formal, Pátzcuaro guarda una joya más joven, pero igual de entrañable: la sopa tarasca, que a decir de algunos historiadores, lleva un nombre peyorativo, pero también un sabor precioso.
Nacida con precisión cronológica, dicen historiadores y chefs, en agosto de 1966 para engalanar la inauguración de la Hostería de San Felipe, esta creación de autor rinde homenaje a la tradición. En su caldo de frijol, jitomate y chile pasilla, coronado con tiras de tortilla frita, se saborea el Michoacán que sabe evolucionar sin perder su esencia.
Los fogones de Michoacán siguen encendidos. En cada cucharada de churipo, en cada doblez de una corunda y en el crujir de una buena carnita, se demuestra que la historia de este pueblo no se escribe con tinta, sino con el fuego eterno de su cocina, que, por cierto, ya dejó un legado que debemos mantener.




