Cocinera tradicional de Cocucho innova con cerveza de charape
QUIROGA, Mich., 9 de octubre de 2026.- La cocina tradicional de Berenice Flores, en la comunidad de Ueamuo hoy conocida como Santa Fe de la Laguna, es un espacio que despierta el hambre o, por lo menos, el antojo.
Desde que uno llega, los aromas que la habitan envuelven, y se sabe -más allá de cualquier entendimiento- el porqué son tan importantes estos lugares para la identidad de los pueblos.
El aroma a leña se va confundiendo y se convierte en una caricia. Las paredes, las estanterías, las ollas dispuestas, todo parece un escenario, pero no, es el Michoacán que no necesita un rescate, solo entenderlo y cuidarlo.

Cada rincón cuenta una historia: una reciente o una antigua. En las recientes, cuelga en un pilar un reconocimiento de madera del Gobierno de México que declara a esta cocina como un espacio de Experiencia Turística Comunitaria.
Pero más profundo en la historia de la cocina están los enseres de siempre. Las cazuelas de barro, las cucharas de madera, los ingredientes de la región dispuestos a ser cocinados y todo lo que se usa en lo que tiene más historia: los platillos de la cocina tradicional michoacana.
En un fogón que parece chimenea, cinco jitomates se van tornando oscuros, se tateman a fuego lento en un abrazo y en una braza que calienta un comal de barro y otra vez el aroma protagoniza el espacio: un poema.
Las paredes de la cocina principal enjarradas en barro muestran todos los enseres del quehacer diario, de lo que resulta una actividad cotidiana y que se convierte en el fundamento de la comida tradicional, no solo de Michoacán, sino de México y con reconocimiento mundial.

Berenice Flores recibe a sus invitados con hongos, huitlacoche, frijoles y calabacitas tatemadas, para maridar con un atole de pinole. Dice que otros días hay uchepos y pozole batido.
Su hija, Vianey Tzitziqui, prepara tortillas en dos tonos; es el color del grano de elote, uno amarillo y otro morado. Su mamá la mira orgullosa y cuenta que la cocina se ha hecho de las generaciones de mujeres que han cedido su conocimiento.
No es la cocina de Bere, aclara, es la cocina de la comunidad porque lo que aquí se prepara se hace gracias a trabajo artesanal, al trabajo del campo y a cada uno que aporta para que esto se lleve a la mesa en un acto de amor, señala mientras invita a degustar lo que ya espera a un lado del fogón.




