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LÁZARO CÁRDENAS, Mich., 11 de enero de 2026.- Mientras afuera de la unidad deportiva Lázaro Cárdenas, vendedores de donas, raspados, churros, nieves y cocos, la mayoría adultos mayores que resistían bajo un sol cercano a los 40 grados, al interior, en un espacio techado y sombreado llegó la presidenta Claudia Sheinbaum, entre aplausos y consignas ensayadas.
“¡Presidenta, presidenta!”, corearon este domingo desde las primeras filas cuando ingresó al recinto. Vestida de azul, se le vio fresca, descansada, con el peinado impecable, avanzando con paso seguro sobre el templete instalado bajo techo, lejos del calor que marcaba el ritmo afuera.
Desde ahí comenzó un discurso conocido, reiterativo, cuidadosamente probado en otros escenarios. Habló de bienestar, de programas sociales y de un país que, insistió, avanza bajo el principio de “primero los pobres”.
Repitió la narrativa de que “llegamos todas”, volvió a cargar contra el modelo neoliberal, contra las privatizaciones y contra los gobiernos del pasado.
Retomó la anécdota que ya es parte fija de su repertorio: aquella en la que recuerda que alguien se burló diciendo que a Palacio Nacional llegaba “una ama de casa”. Respondió de nuevo como siempre: madre, abuela y comandante suprema de las Fuerzas Armadas.
Desde el presídium, el gobernador seguía atento el mensaje. A su alrededor, funcionarios estatales y federales asentían, cuidando el gesto y el encuadre. El acto era político antes que social, y la liturgia se cumplía sin sobresaltos.
La movilidad al interior del evento estaba claramente delimitada. La presidenta se desplazaba rodeada de un protocolo de seguridad visible y discreto a la vez, integrado por elementos militares y de la Guardia Nacional vestidos de civiles, quienes controlaban accesos, delimitaban áreas y regulaban el paso de asistentes. Cada movimiento estaba marcado; no había desplazamientos libres ni improvisación.
Más adelante, entre las primeras filas se alcanzó a ver a varios diputados de la bancada guinda, por allí Nalleli Pedraza, Itzé Camacho, Fabiola Alanís, Giulianna Bugarinni, Belinda Hurtado y otros, todos pendientes del desarrollo del evento y prestos a lanzar aplausos y porras a la Presidenta.
La escena es harto conocida: la concentración del poder político en torno a la figura presidencial, el ritual de lealtades visibles y silenciosas. Todos listos y a la caza de un instante de atención de la Presidenta para salir en la foto.
En primera fila, el senador Raúl Morón conversaba con operadores y simpatizantes, flanqueado, casi escoltado por Leonel Godoy y Nacho Campos. Se observó también a la senadora Celeste Ascencio. El ambiente era de control, de disciplina partidista, de mensaje alineado.
También se dejó ver la secretaria de Desarrollo Urbano y Movilidad, Gladyz Butanda entre otros funcionarios que se dedicaron a aplaudirle a la Presidenta. La logística, el control del espacio y la foto parecían igual de importantes que el mensaje.
Desde distintos puntos de la muchedumbre surgían consignas de sindicatos. Eran grupos del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana, con siglas bien conocidas, coreando frases preparadas, marcando presencia política. La sombra del liderazgo sindical se hacía notar sin necesidad de discursos. Todos los trabajadores vestidos de rojo.
Entre los asistentes también se hicieron presentes simpatizantes del Partido del Trabajo y del Partido Verde, sumados al acto como parte del bloque que arropa al gobierno federal.
En tercera fila, el dirigente estatal de Morena, Jesús Mora, quien hace unos días rindió elogios públicos al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, a quien se refirió como un líder magnánimo y víctima del "imperialismo estadounidense". En Lázaro Cárdenas, el gesto fue más discreto, pero la alineación política estaba clara.
También estaba ahí la presidenta municipal de Apatzingán, Fanny Arreola, en un evento donde la presencia territorial importaba tanto como el discurso.
La Presidenta se refirió a los adultos mayores como "héroes y heroínas de la patria".
Habló de los programas sociales y de los beneficios que a su decir han generado; se refirió al Plan Michoacán y a la inseguridad.
Admitió que hay delitos que siguen afectando a la población y que los resultados no son inmediatos.
Dijo que la estrategia poco a poco "va a ir dando resultados”. Apenas mencionó Fertinal, sin entrar en detalles. Del Puerto de Lázaro Cárdenas, su operación, su conflictividad o sus retos, prácticamente nada.
Entre el público, algunas pancartas rompían la narrativa oficial. Pedían agua potable. Pedían vivienda. Mensajes simples, directos, que contrastaban con el tono triunfal del templete.
Ni siquiera dentro del perímetro oficial todo era orden. Los sanitarios móviles mostraban otra cara del evento: sucios, sin papel, sin agua, sin gel para limpiarse las manos. La salubridad quedó relegada, aun con cientos de asistentes concentrados.
Afuera, la realidad era más cruda. Vendedores, muchos de ellos adultos mayores, permanecían bajo el sol, sin permiso para entrar, sin posibilidad de vender. Entre ellos había niños y adolescentes acompañando a sus familias.
“Queremos que nos dejen trabajar cuando hay eventos, porque todos tenemos necesidad”, dijo Graciela Pérez Pacheco, adulta mayor vendedora de donas.
“Yo quería entrar con mi charola y no me dejaron entrar”. Mientras adentro se hablaba de bienestar, afuera el ingreso del día dependía de que alguien saliera y comprara algo.
Al final de un discurso de casi media hora, la presidenta bajó del templete, recorrió la primera fila y posó para selfies.
Los aplausos cerraron el acto. A unos metros, bajo el sol, los vendedores siguieron esperando.
Dos realidades convivieron en la misma visita: la del poder arropado por consignas y protocolo, y la del México de adultos mayores que todavía trabajan al margen, bajo el ardiente sol, sin micrófono y sin sombra.




