Las víctimas: todos los nombres, un nombre
Antes de comenzar, ofrezco una disculpa sincera a las miles de mujeres y hombres que militan en el PRI. Yo mismo fui priista durante buena parte de mi vida, por convicción, por historia familiar y por formación política. Conocí a mujeres y hombres de enorme capacidad y compromiso con Michoacán. Esta reflexión no está dirigida a ellos, sino a la conducción que hoy tiene ese partido.
Mucho se habla de una gran alianza opositora para enfrentar la elección de 2027. En el papel parece una fórmula lógica: PAN, PRI, PRD y Movimiento Ciudadano unidos. En la realidad, sin embargo, la política no se construye con logotipos, sino con liderazgos. Y es precisamente ahí donde la alianza comienza a hacer agua.
El principal obstáculo no son las diferencias ideológicas. Es la incompatibilidad política entre algunos de sus dirigentes.
Basta observar la relación entre Guillermo Valencia y Alfonso Martínez. Durante años han protagonizado una confrontación permanente, marcada por descalificaciones públicas, ataques personales y una evidente ausencia de confianza política. Cuesta trabajo imaginar que dos liderazgos enfrentados puedan, de la noche a la mañana, convertirse en socios estratégicos capaces de pedir el voto juntos con credibilidad.
Las alianzas requieren generosidad, disciplina y capacidad para ceder. Nada de eso se advierte cuando uno de sus principales actores convierte el conflicto en su principal herramienta política.
Guillermo Valencia ha construido un liderazgo que privilegia el protagonismo sobre los acuerdos. Confunde la confrontación con fortaleza y la estridencia con liderazgo. Un dirigente partidista debe abrir puertas, tender puentes y facilitar consensos; cuando ocurre exactamente lo contrario, deja de ser un activo para convertirse en un obstáculo.
A ello se suma una percepción pública profundamente polarizada que termina afectando a cualquier proyecto colectivo. Porque una alianza no sólo debe sumar estructuras partidistas; también debe transmitir confianza al electorado. Y cuando uno de sus dirigentes genera más rechazo que adhesión, toda la coalición paga el costo.
Mientras la oposición necesita ampliar su base social, reconciliar liderazgos y presentar un proyecto atractivo, persisten disputas personales que parecen imposibles de superar. Ninguna alianza puede aspirar a gobernar un estado si antes no logra gobernar sus propios egos.
Reitero mi respeto al priismo. Mi crítica no es para su militancia, sino para una dirigencia que ha terminado por convertir al PRI michoacano en un partido más ocupado en sus conflictos internos y externos que en construir una alternativa seria de gobierno.
Porque las alianzas no fracasan el día de la elección.
Fracasan desde el momento en que quienes deberían caminar juntos demuestran que ni siquiera pueden sentarse a la misma mesa.




