La opción
La situación perenne de violencia sobre las plazas, calles y poblados de nuestra patria es naturalmente asociada a los ejecutantes del mal. Más que una irrupción cruenta de la violencia, los actos malvados se viven ya con tanta constancia que incluso se han sustantivado los adjetivos del crimen y se ha asimilado toda una categorización nominal a los maleantes: violentadores, capos, halcones, sicarios, estacas, zancudos, campanillas, tiramuros, mulas, marucheros, patrones, lugartenientes, jefes de plaza y un largo etcétera.
Por si fuera poco, la nomenclatura criminal resignifica todo el lenguaje jerárquico y se ha creado una especie de tribuna de nefandas “celebridades” cuyos nombres o seudónimos se afirman lentamente en la historia. Estos referentes de un tipo de ascenso a cualquier costo, ha también evidenciado al aspiracionismo como una naturalización del egoísmo, el individualismo, el exitismo en el consumo y a un triunfo descarnado por encima del bien común o la justicia social. En este panorama, los únicos que parecen condenados al olvido, son las víctimas.
Por eso resultó tan significativa la pregunta que hizo el cardenal secretario de Estado de la Santa Sede, Pietro Parolin, al colectivo del Diálogo Nacional por la Paz: “¿Quiénes son las víctimas de la violencia en México?” La respuesta no es simple, aunque el colectivo lo haya intentado sintetizar en una primera instancia: “Las víctimas son los niños que quedaron sin madre o sin padre, asesinados o desaparecidos. Son los jóvenes arrancados de sus familias por el reclutamiento forzado. Las familias que buscan de la mano de laicos, religiosas y religiosos. Son los periodistas que arriesgan la vida por decir la verdad, los migrantes, los defensores de derechos humanos. Son los sacerdotes que no abandonan los territorios del país”. Y claramente estamos de acuerdo.
La inquietud del diplomático, sin embargo, no se limita a los márgenes del orden social sino, por su identidad religiosa, la pregunta adquiere un cariz espiritual trascendente. En aquel “quiénes son” se explora más que una condición circunstancial, se exige la presencia de un rostro y una voz. El último mensaje del papa Francisco para las comunicaciones sociales en 2026 justo revela esta inquietud: “El rostro y la voz son sagrados. Nos han sido dados por Dios, que nos ha creado a su imagen y semejanza, llamándonos a la vida con la Palabra que Él mismo nos ha dirigido… custodiar rostros y voces humanas significa conservar este sello, este reflejo indeleble del amor de Dios. No somos una especie hecha de algoritmos bioquímicos definidos de antemano. Cada uno de nosotros tiene una vocación insustituible e inimitable que surge de la vida y que se manifiesta precisamente en la comunicación con los demás”.
Las víctimas en México no deben reducirse a cifras, a tendencias o a colectivos genéricos. Eso lo saben sus familiares quienes desde hace décadas comenzaron a bordar sus nombres en paños y lienzos en forma de sudarios interpelantes; lo saben quienes buscan a sus desaparecidos con las fotografías de sus rostros como testigos mudos de un amor que recorre y horada la tierra intentando reconciliar el dolor y la incertidumbre; lo saben quienes tienen el eco de sus nombres susurrados en una oración o clamados en gritos desesperados.
A raíz de la pregunta del cardenal secretario, el Diálogo Nacional por la Paz tomó la iniciativa para hacer llegar esos rostros y voces de las víctimas de violencia en México al papa León XIV. El objetivo es que el pontífice conozca a las personas desaparecidas en México por medio de sus fotografías; que conozca a los periodistas y a los sacerdotes asesinados en los últimos años en el ejercicio de su oficio.
Tenemos muchos nombres para identificar al mal pero las miles de voces de víctimas acalladas también exigen presencia en nuestro espacio público: “nombrarlos es el primer paso para encontrarlos y para que su sacrificio no quede en el olvido”, dice el colectivo. Pero el nombrarlos concretamente tiene otra dimensión también reparadora para la realidad contemporánea: eludir el victimismo y evitar la perversión de secuestrar un dolor real para promover agendas políticas utilitarias.
Mirar los rostros y recordar los nombres de las víctimas nos evita además caer en el victimismo. En el nombre de las víctimas no sólo hay una dimensión de realidad sino un horizonte de acción y atención, de servicio y consuelo, de acompañamiento y lucha. El victimismo es el drama de la conciencia inmóvil; el victimismo es el fracaso de la esperanza, en su expresión más radical es pura culpa externa y evasión de responsabilidades, es rumiación del dolor simbólico, es revanchismo en retórica.
Es imperante volver con objetividad a la pregunta que el delegado pontificio plantea. Porque, hay víctimas, sí. Tienen nombre y apellido, y también tienen nombre de lugar, de comunidad. Hay hombres, mujeres y niños afectados directamente de algún abuso, vejación y crímenes. Hay pueblos que sufren uno o varios flagelos sociales. Conocer sus rostros y sus voces es hoy más importante que confrontar ideologías y obsesiones. Porque todos los nombres comparten un clamor; y en cada nombre hay caminos de reparación, reconciliación y consuelo que aún nos siguen demandando.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe




