Nada personal
En casi todo el mundo se ha socializado la idea de ultraderecha o ultraizquierda para caracterizar a un partido, personaje o proyecto político. En EU son adjetivados como comunistas, que allá es algo peor que el demonio, se trata de calificar a los políticos que suscriben el socialismo democrático (que tampoco son socialistas en estricto sentido), quienes hacen oferta de campaña el tema de la asequibilidad (afordability). Esta corriente ha ganado terreno, lo que significa que en EU vive un cambio en el electorado. La estigmatización ideológica no descalifica, ejemplo, el triunfo de Zohoran Mamdani como alcalde de NYC.
En México, en la misma línea de desacreditar o desautorizar moralmente al adversario, Morena y la misma presidenta Sheinbaum con frecuencia refieren a la condición de ultraderecha a los adversarios y hasta a los medios de comunicación y líderes de opinión. Suscriben la tesis de la conspiración mundial de la ultraderecha que se sirve de medios, editorialistas o líderes políticos opositores. En días pasados López Obrador calificó a varios periodistas, entre éstos, a Carmen Aristegui como neofascistas.
No es gratuito el exceso en el lenguaje político, siempre hay una intensión. Cada vez se utilizan más y con mayor ligereza los calificativos para reprobar al adversario, sobre todo cuando se ha perdido el código de imparcialidad que debe suscribir cualquiera autoridad. La presidenta Sheinbaum y la dirigencia de Morena recurren con frecuencia al calificativo de traidores a la patria y ha logrado que la campaña nacional para la elección intermedia de la coalición gobernante sea la defensa de la soberanía, dejando de lado, por obvias consideraciones, la lucha contra la corrupción, la inseguridad o la pobreza.
Vendría bien calificar con un criterio razonable qué se quiere decir por ultraizquierda o ultraderecha, como también fascismo o sus equivalentes. La semántica en estos tiempos convulsos es un recurso que si se maneja con descuido compromete el fundamento de la democracia: la coexistencia de la diversidad. Aplicar calificativos excluyentes es una manera de rehuir el debate o el diálogo y anular la legitimidad de existencia del otro. El antagonismo tiene implícito en el otro la negación propia, hay que transitar a relaciones de diferencia para hacer posible la coexistencia. Se puede ser opuesto, pero no antagónico.
En estos términos se ganaría mucho para limitar la condición de ultra, no la propuesta ideológica, sino la postura respecto al régimen democrático y de derechos humanos. Por ejemplo, la ultraderecha de corte étnico o racista, muy generalizada en el occidente y que ha crecido en las democracias de Europa sería tal en la medida en que rechace los derechos de las personas, no la migración. Una postura ultra es la deportación sin garantías o debido proceso. Que un partido o un político invoque estrictas políticas migratorias no lo hacen de ultraderecha, sí que demande respuesta represiva y violenta, así como complacencia a la ilegalidad. Extremista no lo hace ultra.
Semejante la situación para la izquierda. No vuelve ultra a quien se pronuncie por la estatización de los medios de producción o privilegie el gasto público, medidas asistencialistas o de clientelismo. Puede ser calificado como radical, insensato o extremista, pero no de ultraizquierda; de ultra cuando destruye las instituciones posibilitan la salvaguarda de derechos o un régimen de justicia confiable. El fascismo está presente cuando se parte de una causa con supuesta superioridad moral y se recurre a la fuerza del Estado prescindiendo de su control constitucional para reprimir las libertades e imponer el proyecto propio.
El obradorismo ha sido un movimiento ultra, no por su oferta que, por cierto, abandonó casi desde el primer momento, al menos la de acabar con la corrupción y los privilegios. Ultra por su desdén a la legalidad, su negativa a la coexistencia de la diversidad, por ser contrario al diálogo y al acuerdo plural y, sobre todo, a los límites al poder, sean institucionales, a través de la división de poderes u órganos autónomos, o de corte social, como la libertad de expresión y la concurrencia de las organizaciones civiles, fundamentales para el escrutinio al poder.
Preocupante que ante la crisis del régimen político crezca la tentación de transitar al fascismo, ya presente y que consiste en minar las libertades y la certeza y tutela de derechos, depositar en el militar lo que pertenece a la autoridad civil y, sobre todo, la represión por la vía de la politización de la justicia, electoral o penal.




