Juego de ojos
México canta, llora y festeja a la muerte
En medio del estruendo y el retumbar de bandas tradicionales y los ritmos ardientes de los conjuntos gruperos, tambores y clarines tejen una alfombra sonora sobre el Paseo de la Reforma. Avanzan los carros alegóricos arrastrando el júbilo del pueblo: gritos que brotan de la garganta, columnas de humo teñido que ascienden hacia el cielo, miles de catrinas que ruedan en bicicletas o se yerguen sobre zancos de madera, como mensajeras que caminan entre la tierra y el más allá.
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Desde el ojo de los drones, la multitud se despliega como un río sin orillas, muy distinta a aquellas concentraciones políticas que suelen llenar estas vías con promesas y reclamos. Aquí no se clama por cargos ni por justicia inmediata: aquí el mexicano sale a dialogar con la muerte, a recibirla con flores y carcajadas, con esa familiaridad antigua que confunde a quienes solo saben leer la vida en términos de lucha.
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Este desfile del treinta y uno de octubre se convirtió en el corazón mismo de la atención nacional. A doce años de haber sido instituido oficialmente, nunca antes había alcanzado este paroxismo: una marea de memoria y alegría que recorre la capital como una confesión colectiva. Sociólogos y analistas siguen desconcertados, pues ven que el pueblo mexicano no huye de la sombra, sino que la abraza, la canta y la festeja, como quien saluda a un pariente que retorna al hogar tras un largo viaje.--oOo--