SEE, sin registro de abuso sexual escolar antes del caso en Morelia
MORELIA, Mich., 31 de octubre de 2026.- En Apatzingán, salir a trabajar a una huerta de limón, revisar el sistema de riego o caminar por un camino de terracería puede convertirse en un riesgo de muerte por la presencia de minas terrestres y artefactos explosivos improvisados. Cifras oficiales revelan que en el último año suman 8 víctimas letales y 16 indirectas.
La amenaza alcanza a toda la población que vive en zonas rurales, pero especialmente los trabajadores agrícolas y campesinos enfrentan una exposición particular: sus actividades los obligan a ingresar a predios, recorrer parcelas y permanecer en terrenos donde pueden encontrar explosivos ocultos bajo la tierra o en los caminos.
Durante 2025, al menos cuatro trabajadores agrícolas murieron por explosiones de minas en huertas de limón de Apatzingán, de acuerdo con expedientes de la Comisión Ejecutiva Estatal de Atención a Víctimas (CEEAV). Uno de ellos tenía 15 años.
Pablo Ríos Buenrostro trabajaba en una huerta de limón de Santa Ana Amatlán el 8 de febrero de 2025. Mientras realizaba maniobras con un azadón en la tierra, explotó una mina que permanecía oculta y le causó la muerte.
Un día después, José Luis Ramírez López, de 42 años, murió por la explosión de otro artefacto en una huerta del municipio.
El 2 de abril, Fredis Carranza Morales, de 62 años, perdió la vida cuando transitaba por un camino dentro del predio La Joya, en la comunidad de Puerta de Alambre.
El 20 de mayo, José Armando Estrada Zamora, de 27 años, murió en el predio La Magueyera, en la comunidad de El Alcalde. Revisaba las líneas de las mangueras del sistema de riego junto con su padre cuando ocurrió la explosión.
Los cuatro casos muestran cómo la presencia de explosivos alcanza actividades cotidianas del campo. No se trata únicamente del riesgo para quienes participan en enfrentamientos o transitan por zonas de conflicto. También están expuestos quienes acuden a trabajar, cultivan la tierra y dependen de las huertas para obtener ingresos.
La muerte de estos trabajadores también dejó a sus familias sin una fuente de sustento, pero también sin un apoyo moral, sin un padre, deja viudas y padres sin hijos. La CEEAV reconoció a 16 familiares como víctimas indirectas dentro de un registro que incluye ocho personas fallecidas por explosiones de minas en Apatzingán.
Entre las necesidades que la Comisión identificó están la alimentación, educación, transporte, atención psicológica y vivienda.
En el caso de Pablo, su madre, de 28 años, y sus dos hermanos, de 11 y 9 años, tuvieron que desplazarse a raíz de la muerte del adolescente. La familia necesitaba una vivienda y asistencia económica para cubrir los gastos del hogar. Su madre informó a la Comisión que el patrón del menor cubrió los gastos funerarios.
La presencia de explosivos también condiciona la vida de las familias que abandonan sus comunidades. Algunas encuentran refugio en otros lugares, pero mantienen sus propiedades, animales y actividades económicas en los territorios de los que salieron.
Julio Franco, consejal del Observatorio de Seguridad Humana de Apatzingán, explicó que existen desplazamientos masivos y otros de menor escala, conocidos como desplazamientos por goteo, cuando las personas abandonan sus viviendas de manera individual o en grupos pequeños.
“En ambos casos, generalmente las personas que son cabeza de familia, a riesgo de su propia integridad, regresan durante el día a ver el estado de sus propiedades. Y como usted lo dijo, muchas veces son propietarios también de ganado, ya sea animales de corral o ganado de mayor escala. Y pues bueno, si no les dan su atención a los animales, mueren, ¿verdad? Perdiendo parte de su patrimonio”, explicó.
El consejal también relató que algunas personas han modificado sus prácticas para intentar protegerse cuando regresan a sus terrenos.
“Hay personas que ya aprendieron a vivir con ello. Mandan a sus animales, las vacas, por delante de ellos, por si hay algún explosivo, detone con el animal”, expuso.
Para los campesinos, alejarse de una parcela no siempre significa ponerse a salvo. También implica dejar sus cultivos, perder animales y abandonar la actividad de la que depende el ingreso familiar. Por eso, algunos regresan, aunque el territorio represente una amenaza.




