Dependencia emocional, el difícil camino entre quedarse y no
De manera coordinada con el embajador líder mundial por la paz de la Fundación El Sol, Sergio Omar García, venimos realizando acciones de visibilidad a favor de los pueblos y comunidades originarias y afromexicanas en el puerto y ciudad de Lázaro Cárdenas, en donde éstas realizan sus actividades productivas; son distintas las poblaciones originarias como los purépechas, amuzgos, náhuatl, otomí, ñañu, y otros que hoy viven en esa zona industrial.
Lázaro Cárdenas, es un polo de desarrollo a donde llegan migrantes de población originaria de diferentes zonas del país a realizar actividades productivas ya en la industria metalúrgica, en las actividades primarias y de transformación y el comercio; también en la pesca y en la venta de productos sobre la zona de playa.
Una de las líneas de investigación y atención que desarrolla la Fundación El Sol es la atención a población indígenas viviendo en espacios urbanos, y uno de los puntos a desarrollar son las tareas de alfabetización que lo hace de manera coordinada con Mujeres de Acero, quienes son líderes y desarrollan el proyecto con gran impulso y compromiso solidario; pero igualmente, impulsan los trabajos culturales de atención a infancias a través de la pintura y otros eventos, como el Festival Internacional de Cuentacuentos de LZC y del también Festival Internacional de Cuentacuentos por la Inclusión, que atiende a población originaria, sobre todo a infancias.
Durante ya varios años de trabajo de la Fundación se ha detectado que las personas de pueblos indígenas que migran a espacios urbanos enfrentan múltiples formas de discriminación que afectan su calidad de vida, sus derechos y su identidad cultural. Esta discriminación es estructural, cotidiana y muchas veces invisibilizada, que se contrapone a lo dispuesto hoy por el artículo segundo constitucional y su reforma de 2024, que los reconoce como sujetos de derecho público.
Desafortunadamente, las personas originarias y afromexicanos viven los siguientes procesos de discriminación, destacando: Acceso limitado a empleos formales por falta de documentos y experiencia: explotación en trabajos informales con bajos ingresos, largas jornadas de trabajo, sin seguridad social; pero adicionalmente, los estereotipos que los consideran “menos capacitados” o “aptos”, “no sabe, no puede” para cubrir un trabajo formal; cuando se les deja de reconocer saberes y experiencias importantes en la herbolaria, partería y otros conocimientos.
Por otro lado, también viven exclusión educativa, toda vez de las dificultades económicas para pagar útiles, transporte o cuotas escolares, que, si bien son gratuitas, finalmente deben de pagar; la falta de materiales en lenguas indígenas, es decir, educación bilingüe con sus libros y contenidos en sus lenguas madre; pero además la discriminación y el racismo y clasismo de algunos docentes y compañeros de la escuela.
Otro asunto igualmente desigual, derivado de la utilización de la medicina herbolaria y de las parteras así como de prácticas tradicionales de sanación son los servicios de salud a los que no asiste una minoría, pese a ello, que tienen barreras lingüísticas y culturales en los hospitales y un trato en ocasiones, los menos, pero lo señalan, es racista.
Otra cuestión igualmente emproblemada es que cuentan con viviendas en zonas periféricas, sin servicios básicos, por ejemplo, las personas originarias que viven a un lado del rio Balsas y otras zonas donde están en peligro permanentemente su vida. Pero sobre todo una estigmatización cultural por el uso de sus ropas originarias, su lenguaje y sus costumbres, además de una falta de representación política con escasa participación en decisiones públicas.
De esta manera podemos apreciar que la discriminación hacia las personas originarias o afromexicanas en espacios urbanos no solo es una cuestión de prejuicio individual, sino de estructuras que perpetúan la desigualdad. Reconocer su presencia, sus derechos y sus aportes culturales es esencial para construir ciudades más justas, allá en Lázaro Cárdenas, pero también en Apatzingán, en Morelia, Uruapan, donde permanentemente llegan personas originarias.




