Día Internacional de los Pueblos Indígenas
Cada año, la celebración del Día de las Madres suele construirse desde imágenes idealizadas: flores, festivales, regalos y discursos que exaltan el amor maternal. Sin embargo, desde el pensamiento crítico y la perspectiva de derechos humanos, es necesario preguntarnos qué significa realmente ser madre en un contexto atravesado por la desigualdad, la violencia y la exclusión social.
En estos días que pasaron tuve la oportunidad de convivir en diferentes espacios y observé como aun en estos días hay invisibilidad, lo que no esta no existe y por ende no tiene derechos; estuve en la Colonia Lomas del Pedregal, también en Villas del Pedregal, además de la Colonia el Realito, en Centros AA. Es complicado ver como las mujeres continúan dándolo todo para su proyecto de familia, pero no hay reciprocidad siempre, se vive violencia.
Hablar de la madre implica reconocer múltiples realidades y experiencias de vida. No existe una sola maternidad. Existen madres que viven en condiciones de pobreza y precariedad; madres que diariamente enfrentan la falta de acceso a servicios de salud, alimentación, vivienda digna y empleo formal. Son mujeres que sostienen hogares enteros desde la economía informal, vendiendo en las calles, trabajando jornadas extensas o recogiendo botes y botellas para sobrevivir.
También están las madres campesinas, indígenas, las trabajadoras de procesos agrícolas y, carboneras, cuya vida se encuentra marcada por el trabajo físico, la discriminación histórica y el abandono institucional. Muchas de ellas preservan saberes comunitarios y sostienen la producción del campo, pero continúan siendo invisibilizadas.
La maternidad también se expresa en aquellas mujeres que, aun sin haber tenido hijos biológicos, asumieron procesos de crianza y cuidado de sobrinos, nietos, hermanos o integrantes de su comunidad. Son mujeres que hicieron de la solidaridad una forma de maternidad colectiva, construyendo afecto y protección desde el cuidado cotidiano.
No se puede dejar de mencionar a las madres buscadoras, mujeres que han transformado el dolor en lucha social. Ellas recorren caminos, fosas, oficinas y territorios en busca de sus hijos y familiares desaparecidos. Su existencia evidencia una profunda crisis humanitaria y la incapacidad del Estado para garantizar verdad, justicia y seguridad. Son madres que, además de cargar la ausencia, enfrentan revictimización, indiferencia y violencia institucional.
Existen también madres privadas de la libertad, madres en condición de asilo por su edad, madres con discapacidad, madres que viven enfermedades crónicas o de salud mental, madres hospitalizadas, madres atravesando procesos de adicción o rehabilitación, madres en situación de calle y madres trabajadoras sexuales, madres trans. Todas ellas suelen ser juzgadas socialmente antes que comprendidas humanamente. La sociedad frecuentemente les niega reconocimiento, empatía y oportunidades para reconstruir sus proyectos de vida.
A ello se suman las madres ausentes y las madres que ya no están en este plano terrenal, pero cuya memoria sigue siendo sostén emocional y referencia ética para sus familias. La ausencia también forma parte de las heridas sociales que muchas personas viven en silencio.
Desde la perspectiva de la interseccionalidad, las desigualdades no afectan de igual manera a todas las mujeres. La pobreza, la condición indígena, la discapacidad, la edad, la violencia, el acceso desigual a la educación y la discriminación estructural profundizan las brechas y multiplican las formas de exclusión. Por ello, hablar de maternidad implica reconocer contextos diferenciados y entender que no todas las madres viven las mismas oportunidades ni reciben el mismo trato.
La gran pregunta es: ¿qué falta para construir una sociedad verdaderamente digna para las madres?. Falta fortalecer políticas públicas integrales que garanticen acceso real a la salud, educación, justicia y seguridad social. Falta construir sistemas nacionales de cuidados donde la responsabilidad del cuidado no recaiga exclusivamente sobre las mujeres. Falta reconocer económicamente el trabajo doméstico y de cuidados que históricamente ha sido invisibilizado.
Falta erradicar la violencia laboral y garantizar el principio de “igual salario por igual trabajo”. Falta acceso digno al empleo para madres solteras, indígenas, con discapacidad o en situación de vulnerabilidad. Falta humanizar las instituciones para que las mujeres no sean revictimizadas cuando denuncian violencia, discriminación o abandono.
Hace falta también una transformación cultural profunda: dejar de romantizar el sufrimiento femenino y comenzar a reconocer a las madres como sujetas de derechos humanos, con autonomía, dignidad y capacidad de decidir sobre sus vidas.
El verdadero homenaje a las madres no puede limitarse a una fecha conmemorativa. Debe traducirse en políticas públicas, justicia social, igualdad sustantiva y una cultura basada en el respeto, el cuidado y la empatía. Porque detrás de cada madre existe una historia de resistencia que merece ser escuchada, comprendida y acompañada con dignidad, respecto a sus derechos humanos y trato digno




