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MORELIA, Mich., 28 de octubre de 2026.- No, otra vez no pudo tocar pelo Isaac Fonseca en la Nuevo Progreso de Guadalajara. Los toros se le hicieron de hueso. Y aunque le tocó el mejor lote de José María Arturo Huerta, no redondeó sus faenas; estuvo por debajo de los astados, al menos ante el primero de su lote. Ha hecho el paseíllo en esa importante plaza en tres ocasiones y en todas se ha ido de vacío, con la asignatura pendiente.
Que en una tarde el ganado esté por encima del torero no es saludable. Ni para el diestro, ni para la fiesta brava, ni para el público que se retrató en la taquilla. Isaac Fonseca es un torero de raza, un diestro que, si algo tiene, es valor; un matador que brilla cuando es fiel a su esencia, a sus atributos, a su verdad. Cuando ha tratado de inventar, cae en desatinos.
Tener tres actuaciones en la Nuevo Progreso de Guadalajara y que no pase nada es para pensárselo, para hacer un acto de contrición, para no quedarse como si la Virgen le hablara, porque el torero debe defender la fiesta con actuaciones brillantes, con entrega total, con toreo de verdad, con triunfos y con los trofeos en las manos.
Transitar por los cosos y dar dos de cal y una de arena solo da pie al cuestionamiento. Está bien, se entiende que a veces la materia prima, léase los toros, no es potable. Pero el torero, el ganadero, el empresario y todos los actores de la fiesta brava deben tener presente que el único que siempre lo da todo es el público, porque paga completo.
Y las faenas incompletas son deudas grandes de los toreros, porque no pagaron la factura que deben cubrir: dar el todo por el todo ante el toro. Por ello, entrar tres veces a una plaza, en tres carteles importantes, y salir de allí con las manos vacías y una sonrisa en la cara abre signos de interrogación: ¿de qué se ríe?
Sé de la honestidad torera del Huracán de Morelia, de su valor, de su carisma, de su facilidad para conectar con el tendido, de su sencillez y transparencia. Pero todo eso, que es mucho, no basta para pagar las facturas que debe cubrir el torero. Este siempre debe dar el extra; todo el tiempo debe salir a retribuirle a la afición. Y triunfar.
México está huérfano de figuras. La partida de Joselito Adame abrió la puerta para que los jóvenes levantaran la mano, dieran el do de pecho, afrontaran el reto y tomaran la estafeta. Pero no. Aunque hay varios diestros con muchos atributos, no mantienen el paso que se debe llevar en el ámbito de los triunfos. Van con dos de cal y una de arena.
Uno pensaba que Isaac Fonseca vería el adiós de Joselito Adame como su gran ocasión, la propicia para colocarse en la cúspide. Que, fiel a su distintivo de Huracán de Morelia, saldría a arrollar en cada tarde. Pero no: ni él, ni Diego San Román ni Juan Pablo Sánchez han desarrollado un manierismo de competencia y mando. Ahí la llevan, pian pianito.
Y así no, no así.
A la fiesta brava mexicana le hace falta un torero que venza y que convenza, que conecte y que jale, que emocione y que meta a la gente a las plazas. Y ese torero no se ve en el panorama, porque no hay uno que arrase, que llene los aforos, que provoque que, una vez sí y la otra también, la gente salga toreando de las plazas.
Isaac Fonseca tuvo su corrida de presentación en la Nuevo Progreso de la Perla Tapatía el 12 de noviembre de 2023. Alternó con Héctor Gutiérrez, Diego San Román y Arturo Gilio ante toros de Jaral de Peñas. Salió silenciado en sus dos turnos. La segunda vez que partió plaza en ese coso fue el 12 de octubre de 2025, durante la corrida de las Luces. Alternó con Diego San Román, triunfador al cortar dos orejas, y Marcos Pérez.
Ahora, el pasado 25 del mes en curso, realizó su tercer paseíllo, esta vez en un mano a mano con el español Saúl Jiménez «Fortes». El rejoneador mexicano Emiliano Gamaero completó el cartel y fue el único triunfador, al cortar una oreja. El Huracán de Morelia, ciertamente, estuvo entregado y mostró voluntad. Tuvo momentos de mucha conexión gracias a su valor y entrega, pero dejó que ese toro de arrastre lento se fuera sin cortar las orejas.
El segundo de su lote resultó ser un toro que exigía cabeza y sapiencia al torero. Isaac tuvo arrestos e incluso alargó la faena en busca del triunfo, pero no pudo. Después, se puso excesivamente pesado con el acero y escuchó dos avisos. La gente se desesperó y hubo pitos aislados. Se fue silenciado de una plaza en la que el triunfo debe ser una obligación, es decir, un objetivo ineludible. Pero no… Cero y van tres. Así sea.




