MORELIA, Mich., 20 de marzo de 2018.- Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Instituto Nacional de Salud Pública, el mexicano promedio bebe en un año alrededor de 163 litros de bebidas azucaradas sobresaliendo el refresco.

Esto significa que este mexicano promedio consume más de 45 litros que el estadounidense promedio, y sobre 7.3 más que el promedio mundial. En Quadratín salimos a la calle a preguntarle a la gente si consumen refresco y con qué frecuencia lo hacen.

Erika, una joven que apenas rebasa los 20 años, explica a Quadratín que su consumo se limita a un refresco cada dos o tres semanas. Ella considera que es un consumo bastante moderado sobretodo porque quiere cuidarse, y una manera de hacerlo es evitando el exceso de bebidas azucaradas.

Para Fernanda, otra joven que paseaba por el Centro la ciudad de Morelia, el consumo de refrescos se limita a unas tres veces por año. Afirma que solo lo hace en eventos especiales o en algunas fiestas. Jennifer, otra joven paseante, explica que podría tomarse un refresco cada dos semanas porque le gusta cuidarse.

Las tres jóvenes coinciden en algo, en la costumbre y los malos hábitos que se les han inculcado a los mexicanos desde hace tiempo, desde que son niños. Estas costumbres han hecho que el consumo de refresco sea ‘normal’, algo de lo que nadie señala que sea nocivo, hasta ahora.

Por su parte, Fernando, un adulto que pasea por los portales del Centro Histórico, confiesa que consume un refresco cada tercer día. No le parece un exceso porque conoce personas que toman más de un refresco diario, así que para él solo es como el 20 por ciento de lo que podría consumir alguien con el hábito muy arraigado.

Rogelio toma refresco todos los días simplemente porque se le antoja. No luce en apariencia sobrepeso; se ve saludable y joven. Acepta que es un mal hábito que se le ha inculcado desde que era niño.

Para Fernando y Rogelio, el hecho de consumir refrescos es una cuestión de rapidez y comodidad porque para poder hacer un agua fresca implica conseguir la fruta y pelarla, picarla, licuarla o exprimirla, y prepararla con agua, un proceso que podría tardar algunos minutos, mientras que el refresco ya está ahí, servido y listo para beberse.