Las víctimas: todos los nombres, un nombre
Hay lugares que no solamente se visitan; también se escuchan, se sienten, se viven. Sanambo, en el municipio de Quiroga, es uno de ellos. Enclavado entre extensos bosques de pino, donde la luz atraviesa lentamente las copas de los árboles y el aire conserva la humedad que anuncia la presencia permanente del agua, este espacio posee una riqueza que va mucho más allá de su belleza paisajística. Es uno de esos territorios donde la naturaleza recuerda que la vida depende de equilibrios que con frecuencia olvidamos.
Siempre recuerdo, que el bosque no sólo produce oxígeno, también produce agua. Cada árbol representa una posibilidad para la recarga de los mantos freáticos, para la conservación de los suelos y para mantener el ciclo hidrológico que sostiene a las comunidades de la región. Allí, la tierra, el agua, el aire y la luz dialogan silenciosamente para hacer posible la vida, comentamos una y otra vez con mi amiga Elvia Higuera con quien tuve la oportunidad de hacer este ejercicio estético.
En ese escenario natural se promueve un proyecto ecoturístico llamado “Cabañas Sanambo”, ubicadas en el fraccionamiento Plaza de Gallos, iniciativa que busca demostrar que el desarrollo económico puede construirse desde el respeto al territorio y no a costa de él. La presentación del proyecto ecoturístico, congregó a personas provenientes de Michoacán y Guerrero, unidas por la convicción de que la naturaleza no debe entenderse como un recurso para explotar, sino como una comunidad de vida de la cual formamos parte, lo que llamamos unicidad, o bien, el biocentro.
Tanto el proyecto turístico por su alcance y belleza, también se sintió el valor del encuentro entre personas: servidores públicos, empresarios, académicos, comerciantes, por ello comento que, el valor del encuentro estuvo no solo en el proyecto mismo, sino también en las personas que ahí convivimos. Después de varios años, el destino permitió reencontrarme con mi amigo, el ingeniero Ignacio Tena Vences, hombre de sensibilidad artística, de enorme talento para las artes escénicas y también con la gastronomía, cuya generosidad ha dejado huella en quienes han compartido con él distintos procesos culturales, gastronómicos y comunitarios. Los años pueden transformar los caminos personales, pero no alteran el significado profundo de la amistad cuando ésta se ha construido desde la solidaridad y el compromiso con los demás, con la otredad. Reencontrarse con quienes han formado parte de nuestra historia permite comprender que la fraternidad también constituye una forma de patrimonio social, y en ese importante valor cultural esta la amistad con mi Nacho de oro.
Lo mismo ocurrió con Arturo Gándara Mendoza. La conversación transitó entre los amigos en común y su situación presente, los proyectos académicos por los cuales transitamos, el servicio público, el turismo comunitario que impulsa en Quiroga y las acciones que desde distintos espacios buscan fortalecer el desarrollo regional, un ambientalista a toda prueba y un ser comprometido con diversas luchas sociales. Hablar del presente condujo inevitablemente a mirar el futuro y a compartir la invitación para que participe en la IV Cumbre Mundial por la Paz, bajo una premisa que sintetiza uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo: sin medio ambiente sano no hay paz, se mostró contento por la invitación y espero sea para él un acicate y nos pueda acompañar a Santa Fe, Argentina. La paz no puede construirse sobre bosques devastados, ríos contaminados o comunidades enfrentadas por los recursos naturales. La paz comienza donde la vida puede reproducirse con dignidad, donde se tiene claro que somos naturaleza, que somos unicidad, que somos biocentro, que por cierto, será el tema de la VI Jornada de Paz en el Colegio de Bachilleres del Plantel Acuitzio.
Durante la convivencia, quienes visitaban las Cabañas Sanambo solicitaron a mi amiga Elvia Higuera Pérez y al autor de estas líneas compartir algunas reflexiones sobre el significado del lugar. La conversación dejó de ser únicamente una explicación sobre un proyecto ecoturístico para convertirse en una invitación a pensar el territorio desde otra perspectiva. Se habló del biocentro una propuesta ética que coloca a la vida como el principio organizador de nuestras decisiones. Un paradigma que entiende que los seres humanos no ocupamos el centro del universo, sino que formamos parte de una compleja red de relaciones donde árboles, agua, suelo, fauna y comunidades humanas comparten un mismo destino, Elvia Higuera también reflexionó sobre los seres sintientes, en alusión a los lomitos que estuvieron siempre en acompañamiento.
Desde esa mirada, proteger un bosque significa proteger la posibilidad misma de la existencia. Pero también se habló de cohesión social, porque ningún proyecto ambiental será sostenible si no logra construir comunidad, los territorios se conservan cuando las personas desarrollan identidad, confianza, participación y corresponsabilidad. La naturaleza necesita ciudadanía tanto como la ciudadanía necesita naturaleza y es así porque somo uno.
Sanambo ofrece precisamente esa oportunidad, comentaba con mis amigos Sergio Omar y Hernán, este último un extraordinario muralista argentino, que a su paso en la América Latina dibuja la esencia de nuestra raza, así como con Raúl Olmos y con otros de sus amigos, no solamente invita a contemplar un paisaje privilegiado; invita a experimentar una forma distinta de relacionarnos con el entorno. Caminar entre los pinos, respirar un aire limpio, escuchar el viento recorrer las ramas y reconocer la importancia de una zona de recarga hídrica constituye una experiencia pedagógica que ninguna aula puede sustituir, incluso ver como los seres sintientes, cinco lomitos, tres amarillos y dos negros, interactuaban en un ejercicio de convivencia con la naturaleza, es la pedagogía de la biodiversidad.
Quizá por ello los encuentros más significativos no fueron los discursos, sino las conversaciones compartidas, las sonrisas recuperadas después de los años, los abrazos entre amistades y la presencia de personas comprometidas con construir relaciones basadas en el respeto, la generosidad y la alteridad.
En tiempos donde el desarrollo suele medirse únicamente por indicadores económicos, Sanambo recuerda que también existen otras formas de riqueza. La riqueza de conservar un bosque. La riqueza de cuidar el agua antes de que llegue a nuestras casas. La riqueza de fortalecer los vínculos comunitarios. La riqueza de reencontrarse con las amistades que el tiempo nunca consiguió borrar. Y, sobre todo, la riqueza de comprender que el futuro de nuestras comunidades dependerá de la capacidad que tengamos para reconciliarnos con la naturaleza y con quienes la habitan.
Tal vez esa sea la mayor enseñanza que ofrece este rincón boscoso de Quiroga, en Sanambo la verdadera prosperidad comienza cuando entendemos que la tierra no nos pertenece; somos nosotros quienes pertenecemos a ella. Solo desde esa conciencia biocéntrica será posible construir comunidades cohesionadas, territorios resilientes y una paz que brote, como el agua bajo los pinos de Sanambo, de la armonía entre la humanidad y la naturaleza. #soygerardoherrera




