Libre expresión
MORELIA, Mich., 2 de noviembre de 2026.- Aunque con diferentes criterios y simbolismos, también en Morelia se vela a los muertos en los diferentes panteones durante la noche del primero de noviembre y la madrugada del día 2. Además, en esta última fecha, miles de personas acuden a visitar las tumbas durante todo el día, porque, según expresó un deudo, “es una vez al año y no acudir es renegar de dónde venimos”.
El culto a la muerte en Morelia, a diferencia de lo que sucede en los pueblos purépechas, nahuas, mazahuas y otomíes de la entidad, se realiza con ofrendas en las tumbas bajo estilos totalmente libres, de acuerdo con criterios que tienen que ver con la personalidad del niño, el adolescente, el adulto o el anciano a quien se le rinde culto. Si bien, en apego a las costumbres indígenas, se colocan flores de cempasúchil, de ánima y nube, estas se utilizan principalmente como elementos ornamentales, sin más significado que dar colorido y hacer que las tumbas luzcan alegres.

Para el moreliano de nacimiento y para quien lo es por decisión propia, lo importante es estar cerca de los restos del ser amado, adornar la tumba y orar por su alma. No existe una cosmovisión tan profunda como la que tradicionalmente han tenido los pueblos nahuas, mazahuas, otomíes y purépechas o tarascos.
Así y todo, la singularidad de las ofrendas en panteones como Gayosso deja ver el fervor y el amor de los vivos por sus muertos, pues la mayoría de los deudos se esmera en que las tumbas estén muy iluminadas con velas o veladoras y en que se vea la fotografía de aquel o aquella a quien se rinde culto.
No existe necesariamente la idea de que las ánimas regresarán, pero, en muchos casos, por costumbre o imitación, se ofrecen comidas preparadas, frutas, pan y dulces, así como bebidas y cigarros. Algunas tumbas tienen cervezas, tequila, brandy, whisky, ron, ginebra, etcétera; es decir, aquello que le encantaba empinar al finado o a la finada.
La creatividad juega un papel preponderante, ya que los deudos se las ingenian para colocar todo aquello que se les ocurre. La cuestión es que la tumba luzca diferente a las demás, lo que deja en claro que no se busca copiar ni reproducir las costumbres tradicionales, sino dar rienda suelta a la imaginación y al criterio individual al momento de ofrendar. Esto, de ninguna manera, debe ser motivo de descalificación, pues no se pretende aludir a costumbres ajenas ni reproducir características tradicionalistas.

Entre las características particulares de las ofrendas que se realizan en Gayosso destaca la libertad creativa. Por eso, quienes las preparan no se limitan a colocar cempasúchil, flor de ánima y nube, sino que incorporan todas aquellas flores que son de su agrado o que encuentran en los puestos ubicados a la entrada del panteón. De ahí la diversidad de especies que pueden observarse, desde las ya mencionadas hasta crisantemos, pompones, margaritas, azucenas, gladiolas, rosas y muchas más.
Otra singularidad es la colocación de papel o plástico picado, calaveras, esqueletos, muñecos, monigotes, juguetes de actualidad, estampas, catrinas, dibujos, pinturas, recados, cartas, obsequios, telarañas, arañas, vampiros, monstruos de todo tipo —míticos y lúdicos—, así como cruces, arcos, coronas e incluso monedas.

A las velaciones del 1 y 2 de noviembre acuden familias completas, desde bisabuelos, abuelos y padres hasta hijos y hermanos. La gente se sienta cómodamente alrededor de la tumba o de la capilla, según sea el caso. Hay quienes llevan antojitos para cenar o, incluso, estufas portátiles para cocinar ahí mismo, preparar un oloroso café con canela y piloncillo o calentar su atole de púscua para acompañar los buñuelos.
Es decir, paradójicamente, el panteón cobra vida durante la Noche de Muertos.
Abundan los grupos musicales, desde mariachis, conjuntos norteños, guitarristas y violinistas hasta orquestas de cuerdas y bandas. Así, es posible escuchar todo tipo de repertorios, desde los clásicos de cantina hasta la música sacra.
Hay quienes también le tocan a su ser querido con una guitarra, sin más acompañamiento que el clásico «tundata», lo que es suficiente para que todos los demás canten emocionados. Las anécdotas, los recuerdos, las frases y las ideas del difunto o la difunta se convierten en puntos de referencia o en motivo para una carcajada atronadora.
Otros y otras llevan su grabadora o su «teatro en casa» para ponerle la música que le gustaba al difunto o para escuchar canciones como «Te vas, ángel mío», «Por el amor a mi madre» o «Por una mujer casada». De todo hay en la viña del Señor, se dice en casos como este.

Mientras toda esa fiesta, romería y parafernalia se desarrolla en toda la amplitud del panteón, nunca faltan las velaciones de cuerpo presente en las diferentes capillas.
Es decir, mientras la mayoría disfruta su estancia en el camposanto como si se tratara de la más divertida de las fiestas, otras personas atraviesan momentos de profunda tristeza, con un nudo en el alma y un pozo en la boca del estómago, porque tienen a su ser querido recién fallecido.
Pero unos, los festivos, disfrutan de su fiesta, mientras otros, los dolientes, permanecen sumidos en el silencio, los rezos y el dolor, tanto en el pensamiento como en el alma.
Con esto se dibuja claramente aquel criterio mexicano y mexicanista que reza: «El muerto al pozo y el vivo al gozo». Así sea.




