Ser joven en Michoacán: existir en modo difícil
Concluyó exitosamente la Jornada Mundial por la Paz, donde participaron personas, organizaciones, instituciones, creativos, artistas, que promueven con sus actos la paz y convivencia social, donde sus manifestaciones expresan el sentido del respeto a la vida, a la otredad y la sociedad civil, donde no están de acuerdo con la guerra, el genocidio, la violencia.
Durante quince días, del uno al quince de julio de la presente anualidad, la Fundación El Sol, que dirige la doctora Sol Mary Valencia en Colombia, y que preside la embajada en México el doctor Gerardo A. Herrera, y en acompañamiento del embajador líder mundial por la paz Sergio Omar García, se llevaron a cabo diversas acciones, en distintos países, uno de ellos, con los hermanos de Costa Rica, en donde Alonso Rubí, artista visual y artista plástico como él se hace llamar, se comprometió a realizar una obra para resignificar el contenido de la paz, desde la paz interna, es decir, desde el rostro, el semblante de la tranquilidad que dan las infancias, desde la falta de preocupación, el miedo o el mismo estrés, incluso el sufrimiento en que en ocasiones pueden vivir los niños, las niñas, es decir, una paz interna que genera la estabilidad emocional.
De esta manera, el último día de la Jornada Mundial por la Paz, el artista visual, desde su estudio en Costa Rica, presentó su obra “La niña cautiva”, la pintura habla específicamente de la paz, una obra simbólica que representa una mirada sublime y respetuosa, no es una obra que cuente con efectos de guerra, violencia, o armas, no, es una obra que resignifica la importancia de trabajar por la paz, la armonía y como deberíamos vivir en el mundo.
El artista visual, expresó que “La niña cautiva”, tiene una mirada simple y vive en un conjunto de acciones y contextos violentos y aun viviendo con ello, ella solo deja ver a través su mirada su paz interior, permite ver la importancia y los mecanismos en que trasmite la fe y esperanza hacia el mundo.
El autor nos muestra como hay obras que no gritan, no irrumpen, no agreden, incluso o bien son disruptivas, pero conmueven. Esta pintura de una niña con sombrero de orejas de conejo, envuelta en un gesto de contemplación que parece sencillo, pero no lo es, su mirada es impresionante, es tranquila, incluso transparente, en ella, se ve la generosidad de quien no quiere poseer al mundo, sino escucharlo y expresar la importancia del diálogo para la paz y convivencia social. Alonso Rubí nos muestra con su lienzo que, en medio de la guerra y el genocidio, la violencia, la prisa, el mercado, lo liquido y efímero, la niña aparece como una pausa silenciosa. No es indiferencia, no lo es, es respeto a su otredad, pero tampoco es evasión, es presencia pacífica de lo que ve, de lo que siente, de lo que escucha, de lo que no le hace sentir miedo, estrés o sufrimiento.
Ese rostro de la infancia se vuelve en todo caso símbolo, de una paz interna, de una paz que habita en ella y que de ella brota desde dentro y que se ofrece sin exigencias, en el amor a la otredad.
Esta obra, al representar la fe y la esperanza, nos recuerda que la paz empieza cuando el gesto humano se despoja de armas y defensas, y se convierte en mirada que acoge. Que la infancia no es solo etapa, sino posibilidad. Que el arte no siempre necesita estruendo para ser denuncia. A veces, basta una niña en calma para sembrar conciencia, para crear o desarrollar conciencia social, conciencia de paz, conciencia antropológica, conciencia social.




