Teléfono rojo
Siempre que me preguntan de dónde soy, orgullosa respondo: de Paracho, donde se hacen las guitarras.
En Paracho además de que se hacen las mejores guitarras artesanales y de fábrica. También se elaboran bajoquintos, violines, juguetes como yoyos y baleros, aretes y los huanengos más lindos. Y ni hablar de nuestra comida: huchepos, corundas, churipo, atapakua de queso, de paxakuas, quelites, quesadillas de flor de calabaza… y no le sigo porque no acabo.
Esta temporada de lluvias es especial porque marca cierres y aperturas de nuevos ciclos. Desde que vamos a la escuela, la temporada nos motiva a avanzar a un nuevo grado. Y desde el 15 de mayo comienza la temporada de siembra: respirar ese olor a tierra mojada y ver, en estas fechas, las primeras matas de maíz es un privilegio que cualquiera puede disfrutar con solo visitar mi pueblo.
Crecí entre las milpas de maíz. Desde niña, mi abuelito León me enseñó a sembrarlo con el azadón. También me enseñó a escardar para que el agua llegara bien a las plantas y pudieran nutrirse como se debe.
Recuerdo que tenía un par de caballos y que nos subíamos con mis hermanos al carretón, hasta mero arriba de las matas ya cortadas, sin elote, y con las ansias de llegar a la casa de los abuelos para ver si alguna caña todavía tenía agua y miel.
Quizá en otra columna deba hablar de todo esto, pero regresando al tema de la feria: la Feria Nacional de la Guitarra es una festividad que tiene más de 50 años. Cada día desfila por las calles un oficio diferente.
Por ejemplo, el sábado 1 de agosto salieron por las calles “los cazadores”, uno de los oficios más antiguos. Antes cazaban venados, águilas, ardillas, serpientes y lo que hubiera para comer o vestir. Sin embargo, es una costumbre que tenemos que reescribir, porque nuestra fauna está en peligro y ahora más que nunca tenemos que cuidarla.
Ese mismo día salieron las reboceras. Mi abuelita, Susana Ramos Caro, fue la última rebocera del pueblo y por eso, como familia, salimos a recordarla y mantener viva su memoria.
El domingo salen los campesinos. Cuando mi abuelito vivía, ahí salíamos con él y sus amigos.
Y así, cada día de la semana salen los diferentes oficios: panaderos, torneros, locatarios y transportistas, industriales, y finalmente el cierre de la feria con los guitarreros. Salimos en familia, con amigos, como lo hemos hecho siempre.
Pero también hay algo de lo que tenemos que hablar. A veces se toma demasiado y, en lugar de disfrutar, algunas personas terminan en pleito. Por eso también es importante hacer conciencia de que podemos vivir nuestras tradiciones sin alcoholizarnos; disfrutar, bailar con la banda en el Corpus, en los bailes y durante toda la semana, pero hacerlo de manera responsable.
Porque nuestras tradiciones merecen disfrutarse y cuidarse.
Y sí, a veces llueve. Los turistas quizá le teman al agua, pero para nosotros la lluvia es una bendición.
Es el olor de la tierra mojada, el maíz creciendo, los recuerdos de los abuelos y la certeza de que un nuevo ciclo comienza.
Eso también es Paracho: comunidad, trabajo, cultura, tradición y orgullo por nuestras raíces.
Y quizá ahí está una de las grandes enseñanzas de mi pueblo: cuando una comunidad se organiza, cuida lo suyo y mantiene vivas sus tradiciones, también está construyendo su futuro.
La transformación también se trata de eso: de reconocer lo que somos, cuidar nuestro territorio, fortalecer nuestras comunidades y abrir oportunidades para que las nuevas generaciones puedan vivir con orgullo de dónde vienen y con esperanza de hacia dónde van.
Yo soy de Paracho, donde se hacen las guitarras. Y desde aquí, desde mi comunidad, sigo creyendo que Michoacán puede y merece más.




