La opción
Parece perder novedad el primer round de la batalla mundial del virus Covid 19 contra la población mundial y el peligro, alarma e impacto económico que esta causó a nivel global, en tal sentido es necesario establecer las primeras grandes realidades y aquellas maliciosas mentiras que han surgido a partir del enfrentamiento social al peligro de contagio y la realidad del riesgo de muerte que se presenta para la humanidad.
Se antoja imposible volver al estado de cosas previo al virus, las relaciones humanas cambiaron irremediablemente, las culturas adoptan y adoptarán nuevos estilos, más fríos, mecanizados, impersonales, distantes; emergió un villano general, un malvado virus que potencializa los miedos en las personas cambiando la forma de desarrollar la convivencia humana, por lo menos por un buen tiempo, pero tal vez el virus es sólo un pretexto que emerge como un buen catalizador de actitudes y fenómenos sociales desafortunados que si bien presentes siempre, se acentúan y se perciben evidentes en esta nueva normalidad.
Albert Camus autor consagrado como uno de los clásicos de literatura francesa, premio nobel de literatura 1957, escribió casi proféticamente “La Peste” en la que describe un contexto de miedo y zozobra social relacionado a la presencia de un virus, la peste bubónica y como éste trastoca la vida de la humanidad sacudiéndola desde su esencia. Es de destacarse en su narrativa la perspectiva cíclica, continua y permanente de las “catástrofes” en su enfrentamiento con la población mundial, Camus plantea en su obra la idea muy vigente respecto a que las calamidades son parte activa de la humanidad a quien azotará despiadadamente con intervalos de calma mas no de ausencia.
El pánico, el dolor, el poder, la censura, la resignación, la usura y también la nostalgia son algunas de las debilidades humanas planteadas por Camus en aquella historia desarrollada en Orán en el año de 1847, del mismo modo la alarma, la información falsa, el caos y el protagonismo político surgen como medios de expresión social y se expande con la misma rapidez de la propia plaga. El contexto actual golpea con fuerza y refresca lo planteado como una adaptación de la realidad a la historia de ficción de Albert Camus; 63 años después nos encontramos inmersos en un drástico llamado a la humildad de la sociedad en general, a situarnos con prudencia reconociendo los errores y enfrentando racionalmente el problema del contagio.
Parece que la sociedad se encuentra dividida en quienes con temor y zozobra llegando incluso a la psicosis y el radicalismo se encuentran invadidos de miedo; y quienes por ignorancia y/o resignación se atienen al escepticismo y la improbabilidad de ser parte de la estadística de letalidad. Pero lo más sorprendente del fenómeno social es como una gran cantidad de personas alternan sus percepciones y conductas radical y súbitamente, es decir, del miedo a la resignación, de la alarma a la negligencia, de la psicosis a la provocación, en semanas, días o incluso horas. Esta volatilidad en el comportamiento sin duda es reflejo del propio estado de cosas radical que se vive y que aunado al riesgo del contagio, las restricciones a derechos y el impacto económico plantean un futuro incierto y poco alentador.
En estas condiciones tampoco se encuentra ausente la muy atractiva posibilidad de buscar culpables, la retórica juega un papel importante respecto a los hechos relacionados con la Pandemia y cuando esta se potencializa a través de los medios de comunicación y redes sociales forman ese perfecto verdugo de argumentos y conclusiones falaces, sin rostro, que señala, recrimina y castiga supuestos responsables.
Es una realidad que el virus SARS CoV-2 por ahora y en el futuro próximo no cuenta con un medicamento especifico creado en el mundo para combatirlo, que tampoco existe una vacuna efectiva para impedir el ingreso y propagación del virus al cuerpo humano; pero entonces tomando en consideración estos hechos, ¿se puede culpar a alguien específicamente por los efectos mortales del virus una vez detonada la pandemia?, la respuesta pareciera sencilla al contrastar las dos afirmaciones previas, salvo por las medidas preventivas y de cuidados personales; sin embargo alrededor del mundo no faltan los linchamientos contra falsos culpables con más sentido político que bajo la óptica del interés de salud y bienestar.
Luego entonces pareciere adecuado determinar que las medidas de control pandémico gubernativas se encuentran más orientadas a inhibir la saturación de los servicios médicos e incluso funerarios que potencialmente colapsarían una región o país en caso de saturación en un lapso corto de tiempo que a desaparecer la amenaza. La realidad ha demostrado que incluso el aislamiento radical y riguroso no permite exentar la posibilidad del contagio, pero además bajo una percepción realista ¿Qué tipo de vida se tendría en un autoexilio social generalizado y permanente?. Por tanto resulta posible interpretar que la reapertura de actividades de los seres humanos es necesaria bajo la sensatez de que contraer el virus será una posibilidad más o menos con buena probabilidad.
En esa línea de pensamiento tomando como un hecho la probabilidad del contagio debemos también razonablemente percibir las consecuencias. Si bien las estadísticas reflejan un alto porcentaje de letalidad del virus, puede afirmarse que nos encontramos lejos de saber a plenitud la verdadera extensión del contagio por lo que dichos datos parecieran ociosos; ¿Cómo podemos saber el porcentaje de letalidad de personas infectadas? cuando no existe una forma de conocer concretamente cuantas personas en el mundo estuvieron con presencia del virus, es decir, si se desconoce el universo de contagios al no haber sido contabilizadas por los sistemas de salud bajo la hipótesis del desconocimiento de la persona contagiada ante la ausencia de síntomas o a sabiendas de conocer que probablemente se encontraban infectadas pero se mantuvieron en aislamiento y desarrollaron su auto recuperación sin recibir atención hospitalaria.
Lo que sí sabemos es que el virus produce efectos devastadores bajo ciertas hipótesis respecto al estado de salud de quien se encuentra infectado. En tal sentido se deben plantear realidades concretas relacionadas a ¿con qué se enfrenta la humanidad?; casi nadie duda de lo violento del virus, de su alta capacidad contagiosa y de su imprevisibilidad; pero conviene preguntarse si este es el mal a enfrentar o simplemente una variante incidental y aguda respecto a los múltiples problemas de salud que sufre la población mundial y sobre todo aquellos países en vías de desarrollo y subdesarrollados.
Por una parte se tiene que hacer referencia al número un tanto desconocido popularmente de muertes anuales y sus razones; en México según datos del INEGI, en el año 2018 murieron, 36 mil 685 personas por ataques relacionados a violencia criminal, un número muy cercano a este por accidentes de tránsito 34 mil 589, estos rubros los podemos catalogar como muertes incidentales; de igual forma fallecieron 51 mil 746 personas por influenza, neumonía y enfermedades pulmonares crónicas, así como 35 mil 300 personas por enfermedades cardiovasculares mismas que para efectos de este planteamiento podemos clasificarlas como de “medicina interna”, pero es de llamar la atención que las muertes relacionadas a enfermedades del corazón y diabetes suman un total de 250 mil 626, cantidad cuatro veces superior a todas las muertes por homicidios y accidentes que sucedieron en un año y tres veces más respecto a todas las muertes de afecciones catalogadas como de medicina interna.
Lo anterior resulta relevante porque inclusive antes del virus la incidencia en muertes por enfermedades relacionadas al corazón y diabetes era alarmantemente alto y en esa misma línea de pensamiento si ya era elevado, al adicionar el virus y este funcionar como un catalizador perfecto, se generó un caldo de cultivo con capacidades alarmantes respecto a la mortalidad que enfrentan países en vías de desarrollo como México.
Según la Organización Mundial de la Salud en su Informe Mundial sobre la Diabetes publicado en el año 2016 la prevención de la diabetes y de muchas otras afecciones y cardiopatías exigen la adopción de una perspectiva que abarque todo el ciclo vital, poniendo énfasis en su etapa más temprana, cuando se forman los hábitos alimentarios de actividad física y cuando la regulación del equilibrio energético se puede programar para el futuro, señala afirmando, que existe un periodo crítico en el que se puede intervenir con miras a mitigar el riesgo de padecer obesidad y diabetes en años posteriores. El informe sostiene también que se requiere un enfoque en que todo el gobierno y toda la sociedad estén implicados y en que todos los sectores ponderen sistemáticamente las repercusiones de una sociedad con predisposición a la diabetes, cardiopatías y obesidad.
El informe señala también que a escala mundial se calcula que 422 millones de adultos tenían diabetes en 2014, por comparación con 108 millones en 1980. El dato es revelador y permite contemplar hacia dónde van los retos de salud para la población mundial y sobre todo para países pobres con deficiente atención médica. Los anteriores hechos permiten entonces reflexionar sobre algunas variantes que muchas veces parecen ajenas a los debates y razonamientos políticos, económicos y mediáticos que existen.
La globalización ha tenido como factor común la eficiencia en la producción y con ello en el enriquecimiento brutal de empresas trasnacionales, en las premisas de estas no se encuentra la salud de la población, mucho menos el desarrollo sustentable o la depredación de recursos naturales; parece que aquellos productos que menos cuesten en su elaboración, sean más populares y de rápida distribución resultan sumamente atractivos a los ojos de quienes dominan mundialmente las necesidades humanas.
La pobreza y la necesidad de las personas conforme al modelo cultural implantado sobre todo en países en vías de desarrollo y subdesarrollados son los comodines clave que hacen redituables aquellas modas de consumo alimentario y sus consecuencias trascienden irrebatiblemente a las condiciones de vida de una población, la conciencia social de lo anterior pareciera mínima y resulta un punto vital en los problemas de salud que se viven actualmente; nadie pensaría festejar un cumpleaños infantil con cajetillas de cigarros, botellas de alcohol, o marihuana a disposición de las personas invitadas, pero en su lugar socialmente ¿Qué productos de consumo se ofrecen a los niños y niñas y se encuentran arraigados socialmente? y ¿Cual diferentes resultan los productos aceptados socialmente a los enunciados previamente con alta estigma social respecto a las consecuencias de salud para quienes los consumen?. En esta ficción de comodidad y bienestar humano posiblemente se encuentre escondida una de las peores plagas que amenaza de manera oculta a la población mundial, tal como casi proféticamente lo señalo Albert Camus.
Carlos Gutiérrez Fernández




