Dependencia emocional, el difícil camino entre quedarse y no
El prestigio o la fama que se ha ganado la clase política, o la percepción que la gente tiene respecto a los políticos está fuertemente vinculada con el perfil de los servidores públicos en cuanto a su formación, vocación, aptitudes e incluso también a sus actitudes. La administración pública, en los distintos órdenes que la conforman, municipal, estatal y federal, así como los distintos poderes que conforman el Estado, ejecutivo, legislativo y judicial, en teoría, deberían estar integrados por personas formadas en sus respectivos ámbitos profesionales, con las capacidades suficientes y competentes para ejercer el cargo al que han sido llamadas a desempeñar, orientadas principalmente por el deseo de servir y atender las necesidades de los ciudadanos poniendo a disposición de su labor pública sus conocimientos, talentos y experiencia con el fin de contribuir al desarrollo de la comunidad, anteponiendo el interés colectivo a cualquier tipo de interés particular o de grupo.
Muchos ciudadanos coincidimos que la vocación de servicio es uno de los principios y valores fundamentales que debe poseer todo aquel que aspire a gobernar nuestro estado, y que tal atributo considera , entre otros, un conjunto de factores, entre los que destacan la satisfacción y pasión por brindar atención de calidad en el desempeño de su función como servidor público, compromiso para atender, entender y resolver las necesidades de la población a la que se sirve, orientando su esfuerzo no solo a la satisfacción de dichas necesidades, sino a superar las expectativas que sobre su desempeño público esperan los ciudadanos.
De la actuación del futuro gobernador, la sociedad también espera que se conduzca con respeto, ética y disciplina, bajo las bases de la justicia, la razón y la argumentación legal por encima de cualquier interés individual. Adicionalmente el próximo ejecutivo estatal tendrá el deber de buscar mejorar los diferentes servicios públicos y la infraestructura del estado en general, mediante acciones de concertación social, creatividad e innovación que se traduzcan en nuevas formas de trabajo destinadas a resolver los problemas inherentes a sus cargos y responsabilidades, con un enfoque basado en resultados. De lo que se haga o deje de hacer en materia de crecimiento económico, financiero, salud, educación y respeto al estado de derecho, depende en buena medida la estabilidad social y el progreso de los michoacanos. De ahí que el perfil del próximo gobernador para enfrentar los retos y desafíos derivados de estas agendas exige el conocimiento serio, profesional y responsable de todos los aspectos que frenan, impiden y retrasan los avances que la sociedad espera en todos estos ámbitos. El gobernador quizá no sea todólogo, pero lo que sí está obligado a hacer, es conformar un gabinete con los mejores hombres y mujeres, los más preparados, los de mayor experiencia, los más honestos y los más comprometidos al frente de sus respectivas áreas de responsabilidad.
Pero más allá de todo este catálogo de buenos deseos, percepciones y expectativas que la sociedad se ha formado o espera de quien habrá de ser el próximo gobernador, existe un sinnúmero de ejemplos que muestran, en los hechos, que las cosas no siempre son lo que se esperan. Desde luego habrá que reconocer que en los distintos ámbitos de la gestión pública existen muchos servidores públicos con las características ya descritas, con trayectorias académicas, profesionales y laborales destacadas y ejemplares. Afortunadamente los hay y son muchos. Pero como todo en la vida, también existe el otro lado de la moneda. Y es ese otro lado el que a veces con frecuencia suele empañar la imagen de tan noble labor como lo es la dedicada al servicio público. Michoacán requiere un gobernador que sea ejemplo de servidor público. Que su actuación cotidiana sea el mejor ejemplo y testimonio de su honestidad. Que su compromiso de cumplir y hacer cumplir la ley sea percibido por todos los ciudadanos. Que muestre respeto por la división de poderes, por los otros órdenes de gobierno, por los organismos autónomos, por las organizaciones de la sociedad civil, por los ciudadanos de todas las corrientes e ideologías políticas. Que no confronte, que no incentive la violencia física, verbal o psicológica entre sus gobernados. Que no polarice la ya de por sí deteriorada estabilidad y convivencia social. Que no sea ocurrente, ni chistoso, ni trivial en su desempeño como gobernador. Que sea serio, prudente y sensato en el ejercicio de su encargo público. Que muestre responsabilidad en la administración de los recursos públicos, que lo haga con eficiencia, eficacia, austeridad y disciplina. Que recorra el estado y viva de cerca sus problemas. Que no busque giras para andar pidiéndole a los alcaldes que con los limitados recursos de sus municipios paguen las giras, las comidas y los protocolos de las giras. Que no busque ni permita el culto a su personalidad. Que no pretenda que la gente le aplauda lo que es su obligación hacer o cumplir. Que sea respetuosos de la libertad de expresión y que cuide y salvaguarde el respeto a todas las formas y medios de comunicación.
Quizá una de las frustraciones más frecuentes, por no decir cotidianas, que sufrimos los ciudadanos, es la relacionada con la corrupción. Michoacán pide con ansias tener un gobernador honesto y comprometido con el combate a la corrupción en cualquiera de sus formas. Un gobernador que no permita ni fomente el nepotismo en la designación de servidores públicos. Más allá del abuso que algunos funcionarios cometen al colocar a familiares en algún cargo público bajo su ámbito de influencia, el efecto más nocivo es que en muchas ocasiones tales beneficiarios del parentesco no tienen ni el perfil, ni la formación profesional o académica ni mucho menos la capacidad para desempeñar la labor encomendada.
Bajo todo este contexto, los electores jugamos un papel fundamental, razón por la cual es necesario que nos informemos ¿quiénes son quienes aspiran a gobernarnos?, ¿qué hacen?, ¿qué experiencia y formación tienen aquellos que desean representarnos? Nuestro deber es elegir a los mejores, a los más preparados, a los que muestren y demuestren tener mayor compromiso social, capacidad y vocación de servicio. No a los que más rollo expresen, si a los que más dádivas o prebendas repartan, ni a los que coloquen más espectaculares, ni a los que exhiban su enorme ignorancia aun cuando se crean inteligentes.
En la medida en que los ciudadanos seamos capaces de participar, informarnos y decidir en forma razonada nuestro voto, habremos de construir mejores cimientos para lograr que nuestros representantes y los servidores públicos en general estén a la altura de las expectativas que demandan los tiempos actuales y que, al final de cuentas, podamos sentir en los hechos y en el progreso, desarrollo y mejora en la calidad de vida, que nuestra decisión como electores ha sido acertada y que la democracia rinde frutos positivos, efectivos y tangibles para la comunidad en la que vivimos. Hagamos que los servidores públicos se parezcan cada vez más a los buenos que a los que no lo son. El periodo de tiempo para el que es elegido un gobernador no es poco tiempo. Pongamos atención en lo que vamos a decidir.




