Las víctimas: todos los nombres, un nombre
Experto en gobierno y asuntos públicos.
Neocolonialismo en el campo: el nuevo "Barzón" de las frutillas
El día de ayer visité un hermoso campo con plantíos de zarzamora. Al estar disfrutando de esas ricas frutillas bajo un sol abrasador, me quedé pensando en un tema muy importante: lo poco que valoramos el trabajo que realiza la gente noble del campo.
La herencia de la tierra.
Mi papá es agricultor; aunque de profesión es licenciado en economía, decidió por vocación ser campesino. Ya he escrito en otras ocasiones sobre cuánto admiro a mi trabajador padre y de lo orgulloso que estoy siempre de él y de sus enseñanzas. Él, desde que éramos pequeños, nos enseñó a amar la tierra (que, como diría Zapata, es de quien la trabaja). Nos enseñó a mis hermanos y a mí a ser agradecidos con la madre tierra, que nos da sus frutos después de jornadas extenuantes de trabajo honesto; también nos enseñó que la satisfacción que brinda la época de cosecha solo es comparable con la que traen consigo las anheladas lluvias para satisfacer la sed de las plantitas.
Les platico esto porque debemos hacer una reflexión: bajo el actual modelo económico, ¿cómo estamos cultivando nuestros campos? Es decir, la forma en que trabajamos la tierra en México ha ido cambiando debido a múltiples factores asociados a nuestra evolución como sociedad. Hemos pasado de la maravillosa tríada de la milpa anterior a la llegada de los españoles, al modelo de esclavitud en la época colonial; pasando por las funestas haciendas con su modelo de explotación laboral, al ejido y la tierra comunal, para posteriormente (inmersos en la economía de libre comercio y el modelo neoliberal) llegar, mediante la tecnificación del campo, a la explotación intensiva.
Pero (siempre hay un pero) la constante en estos siglos en el campo mexicano ha sido la desigualdad, la injusticia y la explotación del campesino y de sus recursos para beneficio de los intermediarios.
El espejismo del progreso.
Al día de hoy, se utiliza en nuestro país un método que he llamado neocolonialismo. Esto deriva de que los mexicanos estamos trabajando nuestro campo bajo un modelo de explotación por parte de las grandes compañías multinacionales; un modelo en el cual, a costa del trabajo y los recursos de los productores, estas se enriquecen en detrimento siempre del campesino.
En el caso de las llamadas “frutillas” (Fresas, Zarzamoras, Arandanos y Frambuesas), grandes empresas, extranjeras en su mayoría, son las dueñas de las patentes de las plantas. Aunque se escuche muy mercantilista, así es: las plantas y semillas tienen dueños, ya que han sido registradas bajo la propiedad de estos gigantes comercializadores. Además, son dueños de los empaques mediante los cuales se envían las mercancías a otros mercados; así que ellos deciden, en primer término, qué producto sí compran y pagan, y cuál no compran o envían a “proceso” pagando un precio mucho menor. Es decir, ellos establecen de forma unilateral los términos, las condiciones y el precio que pagarán por los productos.
El campesino, en la otra cara de la moneda, provee la tierra donde se cultivan las plantas, pone el agua para el riego, los insumos necesarios como herbicidas, plaguicidas y fertilizantes y, por supuesto, el trabajo día tras día para que los frutos lleguen cuando los requieren los compradores. Pero también los riesgos, que son inevitables bajo los designios caprichosos de la madre naturaleza, los asume y afronta el productor.
Y qué decir de su situación personal en cuanto a seguridad social: las grandes empresas (que de cierta forma son sus empleadoras, ya que el campesino trabaja todo el año para ellas) por supuesto que no proveen vivienda ni salud. Si los trabajadores quieren tener acceso a estos servicios, ellos mismos tienen que pagarlos de sus bolsillos, tal como ocurría en las antiguas tiendas de raya.
Así, los campesinos crean un vínculo laboral y de proveeduría estrecho con estas grandes multinacionales, pero estas no asumen ninguna responsabilidad con ellos. Utilizan la tierra, el agua y la mano de obra barata bajo sus condiciones y designios; el producto al final es de ellas, ya que son las dueñas de las plantas, financiaron los insumos y establecen los precios. Es un modelo muy similar al utilizado en las haciendas porfiristas antes de la Revolución.
El barzón moderno.
Recordemos esa magnífica canción de El Barzón, cuando hace la relatoría rápida de todo lo que le descontaron los patrones cuando lleva su cosecha a la troje; al final le recomiendan: “ahora vete a trabajar para que sigas abonando”. Así nuestros productores y campesinos que trabajan ahora con estos grandes empaques multinacionales: al final, con el precio que les pagan y lo que deben del financiamiento de las plantas e insumos, no queda nada. Solo queda la explotación de los recursos y de la mano de obra; esto es, sin duda, un neocolonialismo. En sus países de origen, por supuesto, no les permitirían ni sería rentable producir con los modelos económicos que utilizan en el nuestro.
Esta es la realidad del sector de las frutillas en el campo mexicano. Para que nosotros, como sociedad civil, podamos coadyuvar a salir de estos modelos abusivos, es fundamental primero visibilizarlos. Debemos exigir a los generadores de políticas públicas y tomadores de decisiones que entiendan que un crecimiento económico que se construye sobre la miseria del productor no es desarrollo, es saqueo. Si no se cambia el rumbo hacia modelos que pongan en primer plano la dignidad y el bienestar del campesino, estas prácticas de explotación seguirán mutando y matizándose, pero la condena será la misma: un campo rico con campesinos pobres.
Hoy, antes de tomar los sagrados alimentos, no solo demos gracias a los agricultores que trabajaron para que nosotros tengamos sustento; asumamos el compromiso de defender su causa. Recordemos que, mientras nosotros disfrutamos del fruto a la sombra, ellos siguen bajo el sol entregando la vida a la tierra. Sin ellos, simplemente, no habría mesa.
Ellos, por su parte, seguirán como lo han hecho por siglos: realizando el oficio más noble de la humanidad, resistiendo al olvido y, a pesar de todo, cantando con la frente en alto: “se me reventó el barzón y sigue la yunta andando…”




