Andy, el patriota de la visa cancelada
Después del aniquilamiento físico de Nemesio Oseguera Cervantes, alías “El Mencho”, muchos afirman y otros se preguntan sobre si esto es “un punto de inflexión” respecto de la política del obradorismo que durante el pasado sexenio permitió -por complicidad, para ganar elecciones- el fortalecimiento de los grupos delictivos en la mitad del territorio nacional.
Considero que es muy temprano para afirmar que esto marca el inicio de una decidida estrategia del gobierno de Claudia Sheinbaum para combatir sin miramientos este cáncer que envenena el tejido de nuestro país. Hay importantes versiones que ilustran que el operativo del pasado domingo contó con una participación sustancial de los órganos de inteligencia policiaca y militar del gobierno de los Estados Unidos, que aportaron la información necesaria y suficiente para efectuar una operación quirúrgica y lograr el éxito que hoy conocemos. Dicho de otra manera, no parece que el gobierno mexicano, por su propia cuenta, haya tomado esa decisión, sino que fue hasta después de ser planteada como exigencia por el gobierno de Trump.
No minimizo la importancia de la captura y el impacto del aniquilamiento físico (¿ejecución extrajudicial por parte de sus captores militares?) del más importante jefe de los delincuentes mexicanos requerido por los Estados Unidos. Tampoco resto méritos a las capacidades mostradas por nuestras fuerzas armadas ni cuestiono la debida colaboración que debe haber con el gobierno norteamericano. Pero no por ello debemos ignorar que la reacción inmediata que eso provocó paralizó varios estados de la república y generó graves actos de violencia en prácticamente la mitad del país, confirmándose así los múltiples señalamientos de que la delincuencia organizada controla más del 40% del territorio nacional, al mismo tiempo que ha desmentido el discurso oficial que niega estas acusaciones.
Bien han señalado reconocidos analistas en materia de seguridad que el CJNG es una organización que cuenta con una complejísima estructura con muy amplias ramificaciones económicas, políticas, sociales y culturales, y que la muerte de Oseguera Cervantes sería apenas el inicio de una estrategia para desmontar lo que se ha denominado “una hidra de mil cabezas”. En ese sentido, haber actuado en contra del líder de esa organización, sin poner en marcha otras acciones, a la postre sería insuficiente para acotar su poderío.
Por lo tanto, no se trata sólo de descabezar grupos criminales o de enfrentar las reacciones violentas para dar seguridad inmediata a la sociedad, sino de otorgarle garantías de que ese “estado paralelo”, que ha sometido a poblaciones enteras, deje ya de amenazar, extorsionar, secuestrar, cobrar derecho de piso y atormentar a la gente.
Más allá de la negativa oficial de que todas estas secuelas se presentaron -y siguen dándose- y de que ahora el gobierno federal celebre como triunfo suyo la caída de este capo, hasta ahora no conocemos que haya una estrategia integral en el sentido señalado, de combate al crimen organizado.
Lo que ahora ya está muy muy claro es que los abrazos cómplices de López Obrador a los capos delictivos terminaron hundiendo y pudriendo al país, además de que ese funesto capítulo del sexenio pasado ya se acabó. Fue una falsa estrategia de seguridad cuyo único fin fue proteger a delincuentes para ganar elecciones por su narcopartido, Morena. En muy pocos días sabremos si efectivamente se ha empezado a recuperar la soberanía nacional que López Obrador le entregó a los grupos mafiosos en un acto de traición a la patria.




