Preocupaciones de la vida
En el acto estelar del informe presidencial, Claudia Sheinbaum nos habló de un país idílico que muy poco tiene que ver con la realidad, en un discurso cuyo propósito es acentuar su proyecto de control integral a nivel nacional.
Decir verdades a medias y ocultar los problemas, o no reconocerlos o minimizarlos, es mentirle a la sociedad, más aún cuando afirma que “vamos por el camino correcto” y peor todavía cuando proclama que en su gobierno no se compra el voto, que aquí “no cabe la corrupción” y que “somos el país más democrático del mundo”.
Hablo de “verdades a medias” porque no desconozco avances que se han dado en el combate a la inseguridad al ir dejando atrás la estúpida estrategia de “abrazos, no balazos” (que ocultó la complicidad gubernamental con los poderosos grupos delictivos que se fueron adueñando del país), así como en lo relativo al abatimiento de la pobreza extrema en millones de mexicanos.
Pero, al mismo tiempo, no se habla nada del incremento de las miles de personas desaparecidas a lo largo y ancho del territorio nacional, incluida la Ciudad de México. Tampoco en el terreno de la inseguridad no sólo no se habla de enfrentar a los narcopolíticos, sino que se apapacha al narcogobernador de Sinaloa, Rubén Rocha, entre otras barbaridades.
Al desaparecer en su discurso la gravedad de lo que significa el mayor fraude cometido por la administración de Morena con el escandaloso caso del huachicol fiscal y la corrupción en aduanas, se pretende que ya no se hable más del acto de corrupción más grande que se haya conocido en las últimas décadas.
O la presidente vive encerrada, aislada, en una esfera de cristal donde lo único que existe es lo que ella quiere ver y no reconoce la gravedad de los problemas, o sabe de ellos pero no los menciona para engañar a la gente. Las dos posibilidades son igualmente graves, como graves e insultantes son sus afirmaciones de que ellos no compran el voto y que “somos el país más democrático”, cuando sabemos que la mayoría calificada que lograron en el poder legislativo fue a partir de violar la Constitución y mediante la compra de senadores de otros partidos para reformar la carta magna, además de adueñarse del poder judicial en un proceso electoral controlado y manipulado por ellos mismos, con una escasísima participación ciudadana.
Y todo ello para continuar en la ruta de consolidar un régimen autoritario, autocrático, con evidentes rasgos dictatoriales, amafiado con las bandas del crimen organizado. Ellos, gobiernos y delincuencia, han afianzado sus tentáculos para mantener el poder de la nación todo el tiempo que puedan. En ese mismo sentido se inscriben las reformas a la Ley de Amparo: para arrebatarle toda defensa a la sociedad frente a los atropellos del Estado. Así actúan las dictaduras.
Que los innegables logros de Claudia, que son pequeños, no nublen nuestra visión sobre el panorama global de lo que está pasando; que no nos gane el entusiasmo de los discursos oficiales contra la corrupción y las arengas de falsa defensa de la soberanía nacional, ya que por delante de eso la presidente Sheinbaum reitera su veneración y lealtad incondicional a su jefe real, que no es el pueblo sino López Obrador, como creador de este proyecto en el cual ella cree y del cual forma parte y que es el responsable principal de esta podredumbre que hoy está aflorando. Eso no debe olvidársenos.
Además, a lo comentado previamente debemos agregar la fragilidad económica en la que el país se desenvuelve, con una deuda pública que aumentó irracionalmente López Obrador en el sexenio pasado para pagar los votos con los que ganó Morena en 2024 y que se come -literalmente- la mayor proporción de nuestro gasto público nacional. El crecimiento de la economía que se proyecta para 2026 y 2027 no propiciará la creación de los nuevos empleos que demanda la población, por lo que lo más probable es que aumente la informalidad (hoy situada en 55 % del total) y no haya los ingresos fiscales suficientes para soportar los costos de los programas sociales, mucho menos para la inversión fija tan necesaria para el desarrollo económico
Con realismo digo que hoy: no soy optimista. No soy falsamente optimista, aunque históricamente he sido objetivamente optimista. Hoy no tengo razones suficientes para serlo. Por eso debemos pensar todos, los políticos, los empresarios y la sociedad civil, en iniciativas que nos permitan construir un movimiento nacional por la defensa de las libertades.




