Dependencia emocional, el difícil camino entre quedarse y no
La violencia contra María Felicia y miles de mujeres más
A todos nos horrorizó. Era video de un hombre golpeando brutalmente a una mujer. Las imágenes no admiten interpretaciones. No es un “mal momento”, no es una “discusión de pareja”, no es algo que “pase en todas las casas”. Es violencia pura, descarnada y cometida frente a un niño de cinco años que corre aterrado por las escaleras mientras su padre —en ese entonces alto directivo de Pemex— empuja, golpea, jala del cabello y lanza contra un sillón a María Felicia Jiménez, su propia esposa.
Esto ocurrió el pasado 15 de marzo en su casa, el único sitio donde cualquier mujer debería sentirse segura. Y en las imágenes, el rostro de Rodríguez Padilla está ahí, claro, visible, innegable. No hay excusas que valgan ante lo que muestran esas tomas.
Pero este no fue un hecho aislado, como querrían creer quienes siempre buscan minimizar lo que pasa cuando el agresor tiene poder. Desde 2022, según cuenta Felicia, el maltrato fue parte de su vida cotidiana. Un día incluso le clavó un bolígrafo en el brazo —y todavía tiene la cicatriz para probarlo—. Hubo momentos en que empujó por las escaleras a su propio hijo menor, poniendo en riesgo su vida sin importarle nada. Violencia contra ella, violencia contra el niño, todo envuelto en el silencio que impone la desigualdad.
¿Por qué calló tanto tiempo? Porque el poder sabe cómo someter. Felicia es migrante cubana, y él usó esa condición como arma: le repetía que “no era nadie en este país”, que él ocupaba un puesto clave en una empresa del Estado, que por más que gritara, nadie le creería y nada le pasaría a él. Le arrebató la voz con el miedo a perder su estancia, a quedarse sin apoyo, a que sus hijos sufrieran represalias. Esa es la realidad: cuando un funcionario usa su cargo para silenciar a quien tiene menos, deja de ser un servidor público y se convierte en un abusador que cree estar por encima de la ley.
Pero ya no hay silencio. María Felicia ya presentó formalmente su denuncia ante las autoridades correspondientes, y no está sola: ha recibido el respaldo explícito de la Secretaría de las Mujeres y del Gobierno de México, encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum, quien ha dejado claro que no habrá impunidad para nadie, sin importar el cargo que ocupe.
Este respaldo es fundamental, pero también pone a prueba la palabra de las instituciones. Lo que este caso expone es brutal: la violencia familiar no entiende de cargos, de sueldos ni de puestos de dirección. Pero sí se alimenta de la sensación de que “por ser quien soy, nada me va a pasar”.
No se trata de juicios anticipados, se trata de exigir lo mínimo: que la investigación avance sin trabas, que las pruebas se analicen con seriedad y que si hay responsabilidades, se hagan valer sin miramientos. Que el respaldo oficial no se quede en palabras, sino que se traduzca en protección real para ella y su hijo, y en consecuencias contundentes para quien abusó de su poder.
María Felicia ya rompió el silencio, ya denunció y ya cuenta con respaldo institucional. Ahora le toca al sistema demostrar que la ley es igual para todos y que el poder nunca más servirá de escudo para golpear, humillar ni amenazar.




