Salud mental
Decisión anticipada
Somos proclives a postergar decisiones que incomodan, las que nos enfrentan a realidades que buscamos soslayar, las que hieren. Y en México, mientras jugamos con calaveras de azúcar y creamos altares con flores para los que se fueron, rehuimos cómo queremos morir y lanzamos una moneda al aire.
Pero reflexionar sobre cómo queremos morir es también una forma de decidir la propia vida. Y eso no lo define un volado, sino la reflexión y consciencia.
La decisión anticipada es la manifestación expresa de una persona para que, cuando ya no pueda comunicar su voluntad y se encuentre en una enfermedad terminal o sin posibilidades razonables de recuperación, no se prolongue artificialmente su vida. Rehúsa a que se empleen tratamientos desproporcionados o extraordinarios para atrasar su muerte.
Esta decisión puede formalizarse ante notario o expresarse de acuerdo con la legislación local correspondiente. A veces basa comunicarlo con su círculo cercano. Ahora, su propósito no es provocar la muerte, sino respetar la dignidad de quien enfrenta el final de la vida.
Aquí surge una confusión frecuente. La decisión anticipada no es eutanasia.
La eutanasia implica una acción destinada a provocar directamente la muerte para poner fin al sufrimiento. La decisión anticipada, en cambio, consiste en rechazar procedimientos médicos que únicamente prolongan la agonía sin ofrecer una posibilidad real de recuperación. Es decir, no busca acelerar el desenlace, simplemente permite que la enfermedad siga su curso natural.
Durante años creímos que sólo existen dos caminos: luchar hasta el último instante o abandonar toda atención médica. Pero existe otra posibilidad: Los cuidados paliativos. Se especializan en aliviar el dolor físico, emocional, psicológico y espiritual de las personas con enfermedades graves o terminales.
No buscan curar cuando esto ya no es posible. Buscan acompañar. Controlar el dolor. Disminuir la ansiedad. Facilitar la despedida. Preservar la dignidad.
Permiten que una persona viva plenamente hasta el último momento. Se contrapone a la agonía prolongada, dolorosa y tecnificada. A estar conectado a múltiples dispositivos, alarmas hospitalarias y procedimientos invasivos.
La medicina moderna nos enseñó a prolongar la vida. Ahora también debemos aprender a respetar sus límites.
Pensar en la decisión anticipada no significa renunciar a la existencia, sino ejercer una de las formas más profundas de libertad: decidir qué entendemos por dignidad cuando llegue el momento en que ya no podamos hablar por nosotros mismos.




