Rechaza Federación Inglesa plan de FIFA para privatizar Mundial
OAXACA, Oax., 10 de junio de 2026.- El Grupo B del Mundial 2026 reúne a cuatro selecciones que, además de disputarse los puntos en la cancha, son portadoras de cuatro tradiciones culinarias radicalmente distintas.
De las parrillas balcánicas al sirope de maple canadiense, del machboos catarí al fondue suizo, estos son los sabores que viajan con cada equipo.
La cocina bosnia es un mosaico de influencias otomanas, mediterráneas, griegas y centroeuropeas, sedimentadas en siglos de historia compartida.
Su plato más emblemático son los ćevapi, pequeñas salchichas de carne picada de res o cordero, asadas a la parrilla y servidas en un pan esponjoso llamado somun, acompañadas de cebolla cruda, kajmak —una nata agria típica de los Balcanes— y ajvar, una pasta de pimientos asados.
El ćevapi es el street food definitivo de Bosnia: se come a cualquier hora, en cualquier ciudad, y su olor a parrilla es parte del paisaje urbano de Sarajevo.
Pero la gastronomía bosnia va mucho más allá: el burek, pastel de hojaldre relleno de carne o queso; la begova čorba, caldo de pollo con okra cuya receta tiene siglos de antigüedad; y los dulces de raíz turca como la baklava y el kadaif.
Todo acompañado, invariablemente, de café al estilo turco, negro, denso y sin filtro.
Hablar de gastronomía canadiense es hablar de un país que fundó su identidad culinaria sobre la diversidad y el frío.
Su plato más icónico es la poutine, nacida en Quebec: papas fritas cubiertas con queso en grano fresco y salsa de carne caliente.
Canadá produce más del 70 por ciento del sirope de maple del mundo, y el líquido dorado aparece en desayunos, postres y glaseados de carnes.
Las comunidades indígenas aportan el bannock, pan plano que se cocina desde tiempos inmemoriales sobre fuego abierto.
En las ferias callejeras aparecen los BeaverTails, masas fritas en forma de cola de castor bañadas en azúcar y canela.
Y para beber, el Caesar —primo canadiense del Bloody Mary, preparado con jugo de Clamato, vodka y salsa Worcestershire— es casi un símbolo nacional en los bares de Toronto y Vancouver.
La gastronomía catarí es el resultado de siglos de rutas comerciales que cruzaron el Golfo Pérsico: influencias de la India, Persia, el Líbano y el norte de África se mezclan en una cocina intensa en especias.
El plato nacional es el machboos, un arroz de cocción lenta aromatizado con cardamomo, canela, cúrcuma y azafrán, servido sobre carne de cordero, pollo, pescado o camello.
El harees, asociado al Ramadán, es trigo triturado cocido con carne hasta que ambos ingredientes se fusionan en una mezcla densa y reconfortante.
Y el dátil, presente en cada mesa del país, es mucho más que un fruto: es un símbolo de hospitalidad. Ofrecer dátiles y té a un visitante es en Qatar una obligación cultural que no se rechaza.
La gastronomía suiza refleja la geografía y la diversidad lingüística del país: cuatro regiones, cuatro idiomas, cuatro tradiciones culinarias que coexisten con la misma elegancia que sus relojes.
El fondue, queso derretido —generalmente Gruyère y Emmental— en el que se sumergen trozos de pan usando largas horquillas, es un ritual social: quien pierda su trozo en el queso debe pagar una prenda.
La raclette, queso fundido sobre papas cocidas con embutidos y encurtidos, tiene el mismo carácter comunal.
El rösti, tortilla de papas ralladas frita en mantequilla hasta quedar crujiente, es el plato favorito de la región alemana.
Y el chocolate suizo —Lindt, Toblerone, Nestlé— no necesita presentación: las marcas nacidas en Suiza transformaron el cacao en un arte. Precisión, calidad y tradición: los mismos valores que Suiza lleva al fútbol, los lleva también a la mesa.




