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MORELIA, Mich., 22 de octubre de 2026.- ¿Qué puede hacer la música frente a una sociedad que parece acostumbrarse a la violencia? Quizá no pueda cambiar por sí sola las estructuras que la producen, pero sí intervenir en algo anterior y profundamente humano: nuestra capacidad de sentir, reconocer al otro y comprender que existen realidades distintas a la propia.
En esa posibilidad encuentra el guitarrista clásico Cutberto Cibrián Tapia una razón para defender el lugar de la cultura en la educación y el sentido humanista de la política cultural de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH).
“La música tiene el poder de transformar la sociedad, porque antes de transformar las estructuras transforma al ser humano”, reflexiona el artista nicolaita, quien ha dedicado 22 años al estudio, la interpretación y la enseñanza musical.
En entrevista con Quadratín, plantea que la música no solamente educa el oído ni desarrolla habilidades para ejecutar un instrumento. También exige disciplina, paciencia, sensibilidad y algo qeu considera fundamental para la convivencia: aprender a comprender a los demás.
Un músico, explica, necesita reconocer las capacidades y dificultades de sus estudiantes, escuchar a quienes interpretan junto a él y percibir las reacciones del público. En ese ejercicio de atención permanente descubre una forma de relacionarse con otras personas.
La música, desde esa perspectiva, deja de ser únicamente una expresión estética para convertirse en una experiencia de reconocimiento humano.
“Despierta nuestras capacidades de comprender al otro”, sostiene.
En un contexto de violencia y fragmentación social, esa posibilidad adquiere un significado que trasciende los escenarios. No porque una composición pueda detener un conflicto o resolver las desigualdades, sino porque la sensibilidad también interviene en la manera en que una sociedad aprende a convivir.
Para Cibrián Tapia, la transformación social no comienza necesariamente con grandes acontecimientos. Puede empezar en la experiencia cotidiana de aprender algo que exige reconocer los propios límites, desarrollar paciencia y prestar atención a los demás.
La música es una disciplina rigurosa. El guitarrista conserva una bitácora donde registra cuántas veces practica determinados pasajes, escalas, arpegios y progresiones de acordes, así como las velocidades que consigue alcanzar.
Detrás de una interpretación que el público escucha durante unos minutos pueden existir semanas, meses o años de trabajo. Pero el aprendizaje no termina en la técnica.
La enseñanza musical obliga a reconocer que cada estudiante tiene posibilidades y dificultades diferentes. La interpretación colectiva exige escuchar antes de intervenir. Y la relación con el público demanda una sensibilidad que va más allá de ejecutar correctamente las notas.
En esas experiencias, considera, se desarrolla una capacidad particularmente necesaria en sociedades atravesadas por la violencia: comprender que el otro existe, siente y percibe el mundo de manera distinta.
“En una sociedad marcada por la violencia, la incoherencia y la fragmentación social, pues la música también puede convertirse en el instrumento, en el elemento, en la herramienta de encuentro, de diálogo, sobre todo de la construcción de paz”, expresa.
El músico reconoce que el arte no puede resolver por sí solo los problemas sociales, pero sí contribuir a modificar la manera en que las personas sienten, piensan y conviven.
Por eso insiste en que una sociedad que cultiva la música no solamente puede formar mejores intérpretes, sino también mejores seres humanos.
Esa concepción de la música conduce inevitablemente a otra pregunta: ¿para qué destinan los gobiernos recursos públicos a la cultura?
Cibrián Tapia encuentra una diferencia sustancial entre financiar conciertos y construir una política permanente de educación artística.




