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CIUDAD DE MÉXICO, 24 de agosto de 2025.- A lo largo del tiempo, en todas las culturas el ser humano ha encontrado en el agua caliente un refugio contra el frío, un espacio de limpieza y una experiencia casi ritual. En Mesoamérica, el temazcal no sólo era baño, sino también un acto de purificación física y espiritual. En Asia, las aguas termales forman parte de prácticas milenarias del cuidado corporal.
De acuerdo con la UNAM Global hoy, en la vida cotidiana de millones de personas, abrir la llave y dejar que el agua tibia recorra la piel sigue siendo sinónimo de bienestar.
Pero más allá del placer, la temperatura del agua desencadena en el organismo procesos fisiológicos, con beneficios y riesgos que dependen de la duración y la frecuencia del baño.
El Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana de la UNAM describe al baño caliente como un vasodilatador natural, que favorece la circulación sanguínea y estimula la transpiración. A nivel muscular y nervioso, reduce la rigidez, relaja el estrés y alivia ciertas molestias inflamatorias.
“Un baño caliente bien administrado puede ayudar a personas con dolor articular o rigidez muscular, siempre que se inicie con agua templada y se aumente la temperatura gradualmente”, explica Ariel Vilchis Reyes, del Departamento de Salud Pública de la Facultad de Medicina de la UNAM.
El especialista aclara que este incremento debe ser moderado y no superar las temperaturas recomendadas: entre 37.5 y 43 °C en el uso cotidiano, y hasta 48 °C únicamente en baños terapéuticos bajo supervisión clínica.




