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MORELIA, Mich., 12 de abril de 2026.- Un fármaco que prometía aliviar uno de los malestares más comunes del embarazo terminó provocando una de las tragedias médicas más devastadoras del siglo 20. A finales de los años cincuenta, la talidomida se vendía como un sedante moderno, seguro y eficaz, recomendado incluso para mujeres embarazadas que buscaban calmar las náuseas matutinas. Su presencia se extendió rápidamente por Europa y otros continentes, instalándose en miles de hogares sin que nadie sospechara el impacto que estaba por desatar.
De acuerdo con investigaciones recopiladas en publicaciones científicas como Anales de Pediatría y revisiones históricas de farmacología clínica, el medicamento comenzó a distribuirse en 1957 por la empresa alemana Grünenthal y en pocos años ya se comercializaba en más de 50 países bajo decenas de nombres. Su aparente seguridad, sumada a la falta de regulaciones estrictas en la época, permitió que se recetara e incluso se vendiera sin control, especialmente a mujeres en las primeras semanas de embarazo.
El giro comenzó a tomar forma en hospitales de Alemania y Australia, donde médicos observaron un aumento inusual de recién nacidos con malformaciones severas. Brazos y piernas extremadamente cortos, ausencia de extremidades, problemas cardíacos y daños en órganos internos empezaron a repetirse en patrones inquietantes. La condición más visible fue la focomelia, una alteración que impedía el desarrollo normal de las extremidades y que pronto se convirtió en símbolo de la catástrofe.
En 1961, los médicos Widukind Lenz y William McBride lograron conectar los casos. Ambos identificaron que muchas de las madres habían consumido talidomida durante un periodo muy específico del embarazo. Bastaba una sola dosis en los días críticos del desarrollo embrionario para desencadenar consecuencias irreversibles. Para entonces, el daño ya se había extendido a escala global.
El retiro del medicamento comenzó ese mismo año, aunque en algunos países continuó vendiéndose hasta 1963. Para ese momento, se estima que entre 10 mil y 20 mil bebés habían sido afectados, y una gran proporción no sobrevivió. La tragedia no solo dejó secuelas físicas permanentes en miles de personas, también abrió una herida social y legal que tardaría décadas en comenzar a atenderse.
El impacto fue tan profundo que transformó por completo la manera en que se aprueban los medicamentos. A partir de este caso, se establecieron controles más estrictos, estudios clínicos obligatorios y protocolos específicos para evaluar riesgos durante el embarazo. Lo que antes era un proceso flexible se convirtió en un sistema riguroso que hoy protege a millones de personas.
A pesar de su historia, la talidomida no desapareció por completo. Con el paso del tiempo, investigaciones posteriores descubrieron que, bajo condiciones estrictamente controladas, puede ser útil en el tratamiento de enfermedades como la lepra y ciertos tipos de cáncer. Su uso actual está rodeado de medidas de seguridad extremas que buscan evitar que se repita una tragedia similar.
Más de medio siglo después, la talidomida sigue siendo un recordatorio contundente de lo que puede ocurrir cuando la ciencia avanza sin suficiente control. Su historia no solo marcó a una generación, también redefinió los límites entre la innovación médica y la responsabilidad humana.




