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MORELIA, Mich., 9 de marzo de 2026.- Ninguno de los derechos que hoy ejercen las mujeres se consiguió de manera espontánea o mediante consensos cómodos, sino a partir de luchas sociales que implicaron confrontar estructuras de poder, incomodar y empujar cambios, afirmó la profesora e investigadora de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Gabriela Sánchez Medina.
En entrevista con Quadratín, la académica, con investigaciones en estudios de género, sostuvo que el movimiento feminista ha avanzado históricamente a partir de la presión social, lo que explica también las expresiones de protesta que cada año acompañan las movilizaciones del Día Internacional de la Mujer.
“Todo lo que se ha conseguido no se ha conseguido por las buenas, no ha sido porque se ha llegado a acuerdos o porque nos sentamos a platicar tranquilamente. Todo ha sido a partir de lucha, de empujones, de incomodar”, señaló.
Para Sánchez Medina, las protestas disruptivas forman parte de esa historia de conquistas sociales y deben entenderse en el contexto de las demandas de justicia e igualdad que han acompañado al movimiento feminista durante décadas.
“Somos muy incómodas y así es como se han conseguido las cosas”, agregó.
En México, varios de los derechos que hoy se consideran básicos fueron resultado de largas luchas sociales.
El reconocimiento del voto femenino a nivel federal se concretó en 1953; la reforma constitucional de 2019 estableció la paridad de género en todos los poderes del Estado, y en años recientes se han impulsado legislaciones para sancionar la violencia política contra las mujeres en razón de género, así como avances en materia de derechos reproductivos en diversas entidades del país.
Sin embargo, estos avances conviven con un contexto persistente de violencia y desigualdad. En México, el debate público sobre las formas de protesta suele centrarse en los efectos visibles de las movilizaciones, como intervenciones sobre monumentos o edificios públicos, más que en las causas estructurales que las originan.
De acuerdo con cifras oficiales del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, cada día se registran en promedio alrededor de 10 asesinatos de mujeres en el país, mientras miles de denuncias por violencia permanecen sin resolución.
La investigadora explicó que una de las transformaciones más relevantes de los últimos años es que el feminismo ha logrado pasar de los márgenes sociales a ocupar espacios dentro de las instituciones públicas.
“Ahora hay unidades de género en dependencias federales, estatales y municipales. Eso quiere decir que los feminismos están en las instituciones. Antes estábamos fuera y ahora ya llegamos”, indicó.
No obstante, advirtió que la presencia institucional no garantiza por sí sola cambios estructurales ni decisiones favorables para las mujeres.
“Ser mujer no garantiza que va a haber un avance o que las decisiones se tomen a favor de las mujeres. Es un logro que estén ahí, pero no necesariamente significa que todo se va a resolver”, explicó.
La académica señaló que uno de los retos centrales consiste en reconocer la diversidad de realidades que enfrentan las mujeres y evitar generalizaciones que invisibilicen esas diferencias.
“Hay mujeres indígenas, mujeres que viven en ámbitos rurales, mujeres en condición de calle, académicas, estudiantes, migrantes. Somos una diversidad demasiado abierta y compleja, por eso nunca digamos mujer en singular, hay que decir mujeres en plural”, expuso.
Desde su experiencia investigando temas de género desde 2008, cuando comenzó a trabajar el tema de las mujeres en la prensa, Sánchez Medina considera que los avances alcanzados conviven con nuevas formas de resistencia cultural.
“Si bien hay conciencia en algunos aspectos, también empezamos a ver algunos retrocesos. Las redes sociales han potencializado mensajes muy tradicionales que llaman a que las mujeres vuelvan a la casa o al cuidado exclusivo de los hombres”, advirtió.
A su juicio, estas tensiones reflejan la persistencia de un sistema patriarcal profundamente arraigado que sigue condicionando las relaciones sociales y políticas.
“Es una estructura muy difícil de romper porque muchas veces ni siquiera la percibimos, está naturalizada”, señaló.
En el contexto de las movilizaciones del 8 de marzo, la investigadora consideró que muchas de las expresiones de protesta feminista responden al hartazgo frente a la falta de respuestas institucionales ante la violencia y la desigualdad.
“La iconoclasia se presenta cuando ya fuiste a la fiscalía, ya pusiste una denuncia, hablaste con abogados, con organizaciones, con diputados, con medios y no pasó nada”, explicó.
Bajo ese escenario, añadió, las intervenciones sobre monumentos o símbolos públicos se convierten en una forma de visibilizar la frustración social frente a la inacción del Estado.
“La iconoclasia es una herramienta de protesta que intenta manifestar el hartazgo, el enojo y la ira ante la falla del Estado”, sostuvo.
Sánchez Medina subrayó que este tipo de acciones no es exclusivo del feminismo, sino que ha aparecido en distintos momentos históricos cuando comunidades han cuestionado símbolos de poder.
Como ejemplo mencionó la caída del Muro de Berlín o la remoción de estatuas vinculadas con procesos de colonización en diversas ciudades del mundo.
Para la académica, el feminismo atraviesa actualmente una etapa en la que, tras haber ingresado a las instituciones, enfrenta el desafío de transformar esa presencia en políticas públicas efectivas y cambios culturales duraderos.
“Estamos en un momento en el que tenemos que construir diálogo por la igualdad”, concluyó, al señalar que ese diálogo debe darse desde los espacios institucionales del ámbito público y privado.




