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MORELIA, Mich., 9 de octubre de 2025.- El periodismo mexicano perdió a uno de sus hombres más lúcidos, íntegros y entrañables. Carlos Ferreyra Carrasco, reportero, editor, maestro de generaciones y exdirector de Quadratín México, falleció este 8 de octubre, a los 87 años de edad.
Nacido en Morelia, Michoacán, en 1938, Ferreyra fue de esa estirpe que ya casi no existe: la del periodista que lo apostó todo a la verdad. No a la conveniencia, no al acomodo, no a la fama. Su vida fue la de un hombre que entendió el oficio como una forma de resistencia, de coherencia y de amor al país.
Su nombre comenzó a resonar en las redacciones donde se hacía periodismo con rigor y valentía. En Excélsior, donde trabajó en la emblemática sección de Últimas Noticias, dejó testimonio de su sentido crítico y de su estilo inconfundible: seco, preciso, sin concesiones. Después vinieron Unomásuno, Notimex, Prensa Latina, Milenio Semanal, Quadratín México a los que dirigió con inteligencia y visión de largo aliento.

Fue también funcionario público, pero sin perder jamás su independencia. En el Senado de la República encabezó áreas de comunicación social con la misma decencia con la que escribía sus notas: sin dobleces, sin halagos al poder, sin renunciar a sus principios.
En Quadratín México, Ferreyra consolidó un espacio de periodismo crítico, profesional y ético. Desde su dirección, formó y acompañó a nuevas generaciones de reporteros, a quienes enseñó que la palabra tiene peso y que el oficio exige disciplina, respeto y amor por la verdad. Su legado es visible en quienes aprendieron de él: periodistas que hoy sostienen la trinchera de la información libre.
De mente prodigiosa y verbo afilado, fue un hombre de conversación brillante y humor punzante. Sabía desmontar la solemnidad con una frase certera. Discutía con pasión, escribía con precisión quirúrgica y defendía sus ideas con la fuerza de quien no tiene precio.

En los últimos años enfrentó duras pruebas: la pérdida de su esposa, Male, su compañera de vida, y el deterioro físico que apagó su vista y su oído. Pero ni el dolor ni la fragilidad lograron doblegar su lucidez. Seguía escribiendo, opinando, enviando mensajes donde mezclaba ironía, ternura y una mirada profundamente humana.
Aun desde el silencio, seguía mirando al país. Le dolía la mentira, la manipulación, la vulgaridad del poder. Pero también lo conmovía la juventud que sigue creyendo en el periodismo como una causa. “Aún hay quien cree en la palabra”, escribió poco antes de partir.
Carlos Ferreyra fue, sobre todo, un periodista de verdad. Un hombre que creyó en la ética como columna vertebral del oficio. Que nunca usó la pluma para obtener favores ni halagos. Que entendió que informar no es servir al poder, sino servir al público.
Hoy se apaga una voz imprescindible, pero queda su ejemplo: la certeza de que la verdad sigue siendo el único territorio digno. Quienes lo leímos, lo escuchamos o tuvimos el privilegio de aprender de él, sabemos que se va uno de los grandes. De esos que ya no se repiten.
Descansa en paz, maestro.




