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MORELIA, Mich., 16 de marzo de 2026.- Las bolsas coloridas de plástico y morral nos avisan que estamos cerca. Los olores impregnan la calle Nicolás Bravo. Entre flores, tortillas de harina y la manteca de los chicharrones, está el mercado Santo Niño, como se le conoce popularmente.
Es un microcosmos de la sociedad moreliana, un espacio detenido en el tiempo, entre modernidad y tradición, que abastece de alimentos tradicionales, como las corundas y las tortillas, y también de los productos no perecederos como los abarrotes.
En una época donde se populariza hacer compras en Aurrera y algunos aspiran a Sam´s y Costco, los mercados tradicionales de la ciudad se resisten a desaparecer. Son herencia mexicana, espacios que le siguieron a los llamados tianguis. Que pertenece a la comunidad.
“Los mercados se presentan como elementos repletos de dualidades: propiedad pública y gestión privada, espacio público y actividad comercial, actividades de compra y de ocio, fue un espacio abierto y temporal y después un edificio con usos definidos”, (Los Mercados; Aguilar Nieto, 2020)
De acuerdo con Julian Blanco Luna, en los mercados “cada local comercial posee un carácter simbólico que se deriva de la interacción entre la gente, los objetos materiales y las actividades; lo cual culmina en la configuración de un microcosmos en el que se concentran un conjunto de elementos, que constituyen un fragmento del sistema socio-cultural urbano y una herencia histórica”. (Adaptación; Blanco Luna, 2019).
Es decir, los mercados son más que espacios de intercambio comercial. También son intermediarios entre el campesinado y las amas de casa o jefes de familia.
Entre la mujer que siembra hierbas de olor en su casa o hace tortillas que después se consumen en los hogares.
Además de los alimentos, es un intercambio de conocimientos de lo rural y lo urbano. Donde se reencuentran los saberes tradicionales en la herbolaria.
“Los mercados de México resguardan y enaltecen el valor de la cultura gastronómica a través de las artesanías, ingredientes, bebidas, utensilios y la gran variedad de recetas interpretadas por productores, cocineras tradicionales y chefs”, señala la página oficial de la Secretaría de Turismo Federal.
Como otros espacios de intercambio comercial y actividad económica, detrás se generan formas de lenguaje muy específicas, que los ayudan a mejorar sus formas de venta y también son identidad.
Por ejemplo, el chicharronero que en la entrada al mercado de Santo Niño recibe a los clientes con un pedazo de chicharrón del día, o los dos chiles serranos o par de tortillas que ponen de pilón las adultas mayores provenientes de Charo.
Existen elementos distintivos del mercado Santo Niño al Independencia o San Juan. Es un mercado relativamente joven, tiene poco más de 50 años de existencia y el epicentro de las ventas no es el piso que recibe, es el sótano. Su nombre real es Nicolás Bravo, pero al estar cerca del templo del Santo Niño, así es como la gente lo identifica popularmente.
A diferencia del San Juan y el Independencia, es un mercado con mucho orden, al menos a simple vista. No hay nada que obstaculice el acceso y la movilidad es rápida.
También es un centro de interacción entre los vecinos del centro, la colonia Juárez, Industrial y Molino de Parras con los comerciantes de otros municipios de la zona metropolitana.
No es un mercado para los vecinos de las comunidades, como pasa con el Independencia, al que bajan los habitantes de toda la zona sur del municipio o el San Juan que recibe a los del norte y oriente.
El Santo Niños es un espacio propio de quienes viven cerca. En especial de las mujeres, tanto de quienes lo operan como sus usuarias: las amas de casa, que van por su canasta básica; la señora del pollo, la de las tortillas; la mujer que vende plantas, corundas o tortillas de harina.




