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La impunidad duele como las esquirlas

Otto Rojas/Quadratín/IV de VI
 
| 14 de septiembre de 2018 | 23:00
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MORELIA, Mich., 14 de septiembre de 2018.- No existe un solo detenido, absolutamente nadie. No hay quien pague el eterno horror vivido en Morelia, que, aunque pasen mil años, la historia bonita o trágica es algo que no puede cambiarse y mucho menos borrarse. La cárcel no alberga a ningún responsable de la masacre que enlutó a México en un día donde lo único que debió prevalecer fue el orgullo de ser mexicano. Los culpables del primer atentado terrorista en Michoacán, seguramente, deambulan como fantasmas en algún lugar del mundo, e incluso posiblemente dentro del país, escondiéndose con cobardía.

La impunidad duele en Morelia, tanto como cada astilla de metal que vomitaron las granadas fragmentarias como un dragón que escupe fuego, la noche del 15 de septiembre de 2008, aquel día que dejó una decena de muertos y una centena de heridos por las esquirlas. El expediente policial está abierto, pero la investigación parece estar tan fría como un congelador. No es cualquier delito, se trata de una matanza; de una barbarie de la que alguien debe hacerse responsable pagando con su libertad. No importa si hayan transcurrido diez largos años, nunca es tarde para la justicia. El Granadazo no puede prescribir.

Los michoacanos están claros de que ninguna detención va a resarcir el daño físico y sobre todo moral de aquel ataque, pero cuánto alivio causaría a las heridas aún abiertas; de eso no queda duda.

La justicia falla como en su momento lo hizo la seguridad la noche de la tragedia. No quedaron rastros de los autores materiales, solo un vago retrato hablado de un presunto implicado que no sirvió de nada. Seis años duraron en la cárcel, cuatro hombres, que terminaron por ser absueltos por la autoridad jurisdiccional del Juzgado Sexto de Distrito de Procesos Penales Federales, en el estado de Jalisco, de todos los cargos porque se comprobó que los sospechosos del ataque fueron sometidos a actos de tortura previos a que fueran localizados y presentados ante la entonces Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO).

Por tortura, violaciones a derechos humanos y fabricación de pruebas fueron liberados los únicos presos por el caso. Cuando faltan horas para celebrar la independencia y la ciudad se prepara para gritar por los héroes, se engrandece el clamor que pide erradicar la impunidad, que supera la barrera del 90 por ciento en todo el territorio nacional.

“Es una deuda histórica de las autoridades para los michoacanos. La impunidad es la misma que hemos visto desde 2006. No hay justicia para las víctimas, no hay cárceles para los responsables, no hay quien responsa por estos hechos”, opina a Quadratín el periodista Miguel García, director de la cadena Notivideo y corresponsal de Telemundo en México.

El reportero conoce de cerca la sed de la justicia. Estaba transmitiendo en vivo todas las incidencias de la algarabía que se respiraba en el Centro Histórico de Morelia cuando los estallidos hicieron crujir las calles empedradas.

“La gente estaba contenta por los festejos de las Fiestas Patrias en la avenida Madero y en la plaza Melchor Ocampo. Yo acababa de decir que todo era alegría, y luego de culminar la transmisión, me trasladaba con mi hijo hacia la salida de Morelia cuando recibimos el reporte que hubo una explosión. Me regresé y justamente al pasar por el Templo de La Merced, escuché la segunda detonación”, narra.

A Miguel García le tocó en ese momento reportar de primera mano lo que ocurría, por eso entiende perfectamente lo que simboliza para las víctimas, sus familiares y los michoacanos reclamar que cese la impunidad.

Fue un momento de contrastes, así lo describe. “En segundos observé gente tirada en el suelo, el cuerpo de un joven desangrándose cerca de la banqueta, gente gritando, gente llorando. Mucha sangre que causaba dolor. “Mi camarógrafo y yo nos hicimos a un lado para evitar entorpecer las labores de auxilio e informamos al mundo lo que ocurría”.

Se cumple un año más y nada que pasa. No hay cabida para el perdón y mucho menos para el entierro de una memoria. En algún lugar se esconderán los terroristas, pero nunca es tarde para la justicia. Solo se espera que esa tardanza no se convierta en una eternidad. ¡Prohibido olvidar!