Con derrama de 450 mp, termina el sexto festival del pozole en Morelia
MORELIA, Mich., 28 de enero de 2026.- Sobre las mesas se escucha el ¡tac!, ¡tac!, ¡tac! del filosísimo cuchillo que cae, una y otra vez, sobre los pedazos de suave y jugoso mango.
Todo queda reducido a pequeñas, casi diminutas porciones, que serán mezcladas con otras frutas y luego bañadas con jugo de naranja, para finalmente recibir el toque de queso, chile y cebolla.
El resultado: el gaspacho moreliano.
En un viejo y conocido local de la calle Quintana Roo se ubica, cuentan las crónicas urbanas, la cuna del gaspacho.

El Güero, como todos lo conocen, es ya un referente del centro histórico.
Es sábado. Las manecillas del reloj marcan poco después de las 13:00 horas y una larga, muy larga fila espera pacientemente su turno para colocarse frente al mostrador y pedir el gaspacho de su elección, la mezcla que mejor le parezca.
Del gaspacho se han escrito una y mil historias.
Esta es una más, sin mayor aporte que el de mantener viva la imagen de un manjar que hoy ya es reconocido a nivel mundial.
Y como todo, el gaspacho también tiene su historia.

Ismael Medina Cruz es trabajador del lugar y señala que hijos y nietos conforman ya la tercera generación en los gaspachos El Güero.
Conoce los inicios del negocio.

La historia se alimenta de generación en generación.
Todo comenzó con El Güero, un albañil que quedó sin empleo y que, para sobrevivir, emprendió un pequeño negocio de fruta picada.
Medina Cruz cuenta que el estilo y la forma del gaspacho cambiaron por la dentadura de una anciana que, en aquellos años —allá por la década de los setenta—, pedía que la fruta fuera picada lo más finamente posible para poder digerirla.
En ese tiempo, el combinado incluía únicamente jícama, piña, cebolla y vinagre.
Con el paso del tiempo se integraron el jugo de naranja y el mango.
Antes del gaspacho, le pedalearon duro, muy duro, con una carretilla de madera en la que vendían fruta en cuadros.
Tuvieron que pasar años para que El Güero finalmente encontrara un lugar donde el negocio “pegó”. Fue afuera del Templo de la Merced, en la misma calle donde hoy se encuentra el local.
El gaspacho, tanto en nombre como en producto, fue relanzado por las redes sociales, que hicieron boom del fresco manjar.
“Ya viene mucho influencer, visitantes de otros países, que ya traen una referencia del gaspacho”, comenta el trabajador con orgullo.
Y reflexiona:
“Por lo que me he informado, para que algo se haga cultura primero tiene que ser costumbre y luego se vuelve tradición. Creo que el gaspacho ya es una tradición”.
Hoy ya lo equipara con la cocina tradicional michoacana: carnitas, tamales y corundas.