MORELIA, Mich., 10 de octubre de 2019.- Es un hombre jovial, mayor pero fuerte, de plática fácil y cálida. Arturo Estrada, el artista plástico originario de Panindícuaro, finalmente será galardonado en Michoacán, y lo será con el Premio Estatal de las Artes Eréndira este jueves. El premio lo recibirá de manos del propio gobernador de Michoacán, Silvano Aureoles.

Este es un premio muy local, dice el pintor muralista que ahora vive en Ciudad de México. Le gusta. Dice que todos los trabajos que ha hecho a lo largo de su vida, sobre todo el muralismo, tienen una función social y corresponden históricamente al lugar donde se desempeñaron, así ha sido en San Luis Potosí, en Laredo y en la Ciudad de México.

Explica que en Morelia no ha hecho ningún mural, sin embargo, en Mineral de Angangueo, en el antiguo centro minero, sí. Relata todo lo que tuvo que pasar para hacer eso.

Recuerda todo lo relacionado a sus inicios en la pintura. Dice que llegó a la ciudad hace mucho tiempo porque sus padres se dieron cuenta de su aptitud para el arte y la pintura sobre todo, y ellos la estimularon desde que era niño; “hice la escuela primaria en Panindícuaro, y entonces mi padre tenía un hermano que vivía en la Ciudad de México, yo siempre estaba dibujando con colores, con lo que yo podía, y entonces me llevaron a la Ciudad de México”, relata.

Una vez que terminó la primaria, se fue a México a vivir con la familia de su tío, con el fin de que, en su tiempo, asistir a la escuela de pintura. Muchos buscaban la Academia de San Carlos, sin embargo, se inscribió en la Escuela Nacional de Pintura y Escultura La Esmeralda, en la colonia Guerrero.

“Esta escuelita no daba mucha confianza, era un gran solar y la oficina era muy pobremente representada, porque la dirección era un cuartito de láminas”, dice, y  explica que le llamó la atención en su momento que muchos jóvenes estaban ahí dentro pintando y dibujando, “eso me llamó la atención porque no me importó el lugar que no parecía escuela; todo parecía muy improvisado”.

Cuenta que entre los maestros que daban la cátedra en esa escuela estaban Diego Rivera y Frida Kahlo, “todos los maestros que daban su cátedra, eran artistas que habían ido a Europa y claro, habían estado allá mucho tiempo y regresaron a México tratando de aprender el desarrollo del arte”. Explica que todo eso lo motivó para que hiciera todo con más entusiasmo.

Poco a poco empezó a figurar. El curso era todo el día, de lunes a viernes. Había talleres de escultura, pintura y talleres de carpintería, porque les enseñaban todo el oficio para hacer bastidores, recuerda que incluso había un taller de técnica de materiales, todo muy improvisado, pero lo había.

Ahí aprendió todo, reconoce, se desarrolló y aprendió la técnica de todo lo que le enseñaron: a hacer el material, moler colores, conocer los pigmentos, prepararlos, entubarlos y después preparar las telas, y además de tomar los talleres con artistas reconocidos para la época. Dice que recuerda que las clases más solicitadas y numerosas eran por la tarde, porque eran de desnudo, y ríe mientras lo recuerda.

Manifiesta que cuando terminó la carrera, las cosas eran difíciles, y aunque fue sobresaliente, dice que no tuvo ningún mecenas que se interesará en él, porque aunque su trabajo fue muy vistoso, no resultó fácil. Cuenta que había dos galerías muy famosas que habían ayudado a muchos artistas famosos, pero no les interesó su obra porque, decían, no era original y que se parecía mucho al trabajo de Diego Rivera, por tener su influencia.

Fue también alumno de Frida Kahlo; recordó que iba a la escuela a darles clases, pero como ya estaba enferma, por un tiempo trató de renunciar como maestra, ya que era muy difícil ir de Coyoacán al Centro de la Ciudad de México por tener rota la columna, “y entonces el director, de nombre Antonio Ruiz, le dijo que le enviaría a los alumnos a su casa de Coyoacán, así que en la escuela les daban el pasaje para poder ir a la clase”.