Inicia etapa de unidad en Morena rumbo a 2027: Jesús Mora
MORELIA, Mich., 29 de marzo de 2026.- Las palmas en alto, los cantos y el vaivén de la procesión marcaron la entrada del Domingo de Ramos en la Catedral de Morelia. Pero el tono cambió dentro del recinto. Desde el púlpito, el arzobispo de Morelia, José Armando Álvarez Cano, trasladó el relato bíblico al presente y colocó en el centro una crítica directa: hoy también hay “Pilatos” que se lavan las manos frente a la violencia y la injusticia.
En una homilía con carga social y política, el jerarca no se quedó en la liturgia. Habló de guerras, de dirigentes soberbios y del sufrimiento de familias que enfrentan las consecuencias de esas decisiones. Dijo que el contexto actual, tanto a nivel global como en México, exige una lectura distinta de la Pascua.
“Nos encontramos en momentos difíciles en la humanidad, de tantas guerras, de tanta soberbia de sus dirigentes y de tanto sufrimiento también de familias y personas que sufren las consecuencias”, expresó ante los fieles.
Poncio Pilato fue el prefecto romano de Judea en el siglo uno, responsable del gobierno y la justicia en la región. En el relato bíblico, autorizó la crucifixión de Jesús y quedó como símbolo de quien evade su responsabilidad al “lavarse las manos” frente a una injusticia.
El señalamiento no fue abstracto. Álvarez Cano apuntó a conductas concretas al evocar a Poncio Pilato: autoridades que, frente a hechos de violencia o violaciones a derechos, optan por deslindarse. “Cuántas autoridades siguen lavándose las manos al igual que Pilato”, dijo, en un mensaje que resonó más allá del ámbito religioso.
Afuera, las palmas seguían en manos de los asistentes. Adentro, la metáfora se tensó. El arzobispo planteó que el viacrucis no es una escena del pasado, sino una realidad cotidiana para quienes viven en pobreza, inseguridad e inequidad, y lo expresó de forma directa: “Cuántas personas al igual que Jesús son crucificadas todavía en la pobreza, en la inseguridad, en la inequidad de nuestra vida”.
La crítica también alcanzó a la sociedad. El arzobispo describió una comunidad que pasa de la adhesión a la condena, como la multitud que primero aclamó y después exigió la muerte de Jesús. Indiferencia, incongruencia y distancia frente al dolor ajeno, dijo, son parte del mismo problema.
En su mensaje, incluyó a víctimas de injusticias estructurales: personas asesinadas, encarceladas sin razón o afectadas por contextos de violencia derivados incluso de su compromiso social. Escenarios que, sostuvo, obligan a mirar más allá del rito.
La entrada de Jesús a Jerusalén, agregó, no puede quedarse en un acto simbólico. Debe leerse como un llamado a la paz, a la no violencia y, sobre todo, a la responsabilidad social y política frente a la realidad que se vive.
Pese al tono crítico, el cierre fue hacia la esperanza. Recordó que la Pascua, en la fe cristiana, no termina en la muerte, sino en la resurrección. Pero matizó: esa esperanza no es pasiva.
Antes de concluir, dejó la pregunta en el aire para los asistentes: quién es cada uno frente a este escenario, si quien se deslinda, quien niega, quien abandona o quien asume una postura activa.
La escena cerró como empezó, con palmas y ritual. Pero el mensaje quedó instalado: el relato bíblico, dijo, sigue ocurriendo, y hoy interpela tanto al poder como a la sociedad.




