Teléfono rojo
El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos.
En medio de la pandemia, el régimen de la 4T nos ensartó dos puñaladas traperas, que muestran ahora sí, el verdadero rostro de la ruta que quiere tomar Andrés Manuel López Obrador.
Entre mentiras y decretazos encubiertos, el mandatario dio un brutal viraje para lanzar a las Fuerzas Armadas a las calles, estatizar la industria eléctrica, incluso con energía sucia, y empezar la construcción de un Tren Maya corrupto.
Todo en estos tres temas, está envuelto en el celofán de la trampa, la opacidad, la mentira, el autoritarismo, el engaño, apoyado por el manto de la muerte que todavía se enseñorea en nuestro país.
La expresión “como anillo al dedo” hoy muestra toda su brutalidad. La buena noticia, es que los ojos del mundo ya están puestos sobre México. Pocos gobiernos han tenido la desfachatez de lanzar la cauda de dislates como lo ha hecho AMLO.
Las tres etapas del Tren Maya, por ejemplo, están marcadas por la huella de la corrupción, porque la primera fue otorgada a una empresa China señalada internacionalmente por sus intentos de sobornos y cohecho.
La segunda etapa, concedida a uno de los más grandes beneficiarios del salinismo: Carlos Slim, que no lo hace corrupto a él, pero sí deja en entredicho todo aquel discurso sobre “la mafia del poder”. Discurso falso.
Y la tercera, otorgada a una de las empresas que sirvieron a López Obrador para construir los segundos pisos, cuya transparencia también quedó postergada a los próximos 10 años, porque así lo ordenó su majestad.
Pero esto se queda corto, ante las afirmaciones del entonces candidato, quien acusó a Calderón y Peña Nieto de haber lanzado a las Fuerzas Armadas en una guerra que él catalogaba “sin sentido”, pero que ahora quiere enderezar igual.
AMLO fue la cabeza de playa de toda una cargada de la mal llamada “izquierda mexicana”, para echar abajo la ley de Seguridad Interior, que estipulaba esta intervención de las FFAA, pero con autorización previa de un juez.
Con el decretazo que nos recetó el “mandatario”, esas FFAA podrán intervenir en asuntos de seguridad e incluso emprender arrestos extrajudiciales, por la simple sospecha de que hay algo corrupto o ilegal en una persona o domicilio.
Pero la sorpresa mayúscula nos la llevamos este fin de semana, cuando nos enteramos, por el Diario Oficial, que el gobierno federal concentrará todas las decisiones sobre quién puede generar energía eléctrica en el país.
Los estados no podrán autorizar contratos a capital privado, ni nacional ni extranjero. Este decretazo provocó incluso ya la renuncia del titular de la Comisión Nacional de Mejora Regulatoria, César Hernández.
Todas estas decisiones, tienen ese tufo autoritario, despótico, de manotazo dictatorial. El gobierno de la 4T está dispuesto incluso a ir contracorriente, y reabrir la industria sucia, de generación de energía a través del combustóleo.
La 4T decidirá quién puede generar energía, dónde operar y cuánto producir, contraviniendo la legislación promulgada en 2014. Ese es el rostro de un hombre que, hoy sabemos, está lleno de resabios y venganzas.
En su alocución sobre cómo se le dificultó el culminar sus estudios universitarios, y el argumento del porqué no le dieron mención honorífica cuando se tituló, puede verse claramente este ánimo de resentimiento.
Ahora sabemos porqué no respeta la autonomía universitaria; el por qué de su lógica para abrir el pase automático e incluso su confusión intelectual y mental sobre el concepto de igualdad y austeridad.
Tener un carro modesto, un par de zapatos y no presumir riquezas “porque hasta te ven mal” es, por sí mismo, el dibujo del perfil de un hombre resentido, amargado por todo aquello que no se le dio.
Pero, como decíamos, la buena noticia es que el mundo ya tiene los ojos puestos sobre México. Además, el tiempo empieza a jugar contra la 4T, y lo mejor de todo: empiezan a barajarse ya otras cartas para la sucesión.
De los partidos de oposición no se ven grandes jugadores, pero de la propia 4T se escuchan nombres que, lo que son las cosas, mueven a cierta tranquilidad, porque no comulgan, ni de lejos, con esas teorías estatizantes de López Obrador.
Tenemos pues, en la palestra, a la jefa de gobierno de la CDMX, Claudia Sheinbaum; al canciller Marcelo Ebrard y al Presidente de la Jucopo en el Senado, Ricardo Monreal, entre otros.
Destacamos a estos tres, porque al menos han mostrado una actitud más independiente, menos plegada a los mandatos del patrón, negándose a la implementación de medidas como la reapertura acelerada de actividades.
Sheinbaum quizá ha dado tumbos en la aplicación de medidas para auxiliar a la población, pero se entiende que la magnitud de la pandemia la ha rebasado, como a muchos. Sin embargo, ella se ha negado a ofrecer cifras falsas de lo que ocurre.
Marcelo ha mantenido un diálogo intenso con el exterior, para conseguir los apoyos que necesita el sector salud, sin meterse en los dimes y diretes que ha provocado el IMSS con la compra de ventiladores a sobre precio y a personajes corruptos.
A su vez, Monreal ha reabierto el diálogo con sectores que fueron ofendidos por el Presidente AMLO; dialogó con el Consejo Coordinador Empresarial; concilió con los industriales de los sectores automotriz e inmobiliario. Ha estado propositivo pues.
TRÁGICA PRISA DE UN GOBIERNO QUE DIVIDE
En fin, el hecho es que, como decíamos la semana pasada, a López Obrador lo mueve una trágica prisa por reabrir las actividades económicas, presionado por Trump y los socios de la industria automotriz, fundamentalmente.
Pero lo hace entre expresiones mediáticas que, lejos de levantar el ánimo, enfurecen a la sociedad, como cuestionar la integridad de los médicos; menospreciar el trabajo de los ingenieros y de los técnicos, pero lo peor:
La pareja presidencial se ha empeñado en hacer analogías desafortunadas, como decir que ya se ve “la luz al final del túnel”, cuando más de 5 mil familias han tenido que enfrentar la muerte y un trágico peregrinar entre hospitales y funerarias.
Así las cosas, las autoridades mexicanas se preparan a reabrir poco a poco actividades, en medio de una profundísima desconfianza del capital privado nacional y extranjero.
A las ofensas de López Obrador a los empresarios, se suma el cambio de planes en la industria eléctrica, y esto lo único que augura es la fuga de capitales y el retiro de México como nicho seguro para invertir.
De ahí que ha sido extremadamente importante que empresarios y senadores se sentaran a dialogar la semana pasada, en busca de consensos, de opiniones para solventar la crisis que está dejando a su paso la pandemia.
Un tema fue consistente en este diálogo entre senadores y empresarios: el compromiso de resguardar la vida de los trabajadores, y garantizar las medidas preventivas necesarias para evitar más contagios.
Así fue como los empresarios de México se comprometieron, ante los senadores de la República, a proteger la vida de sus empleados, a preservar la integridad de los hombres y mujeres trabajadores y evitar el aumento de contagios.
Están ciertos de que una de las prioridades es mantener y fortalecer las acciones para evitar la propagación de virus, al reactivar las actividades de la industria en los diversos sectores.
Por lo menos eso fue lo que trascendió luego de las pláticas con la Junta de Coordinación Política, encabezada por Ricardo Monreal Ávila.
Estas pláticas a distancia, fueron sumamente importantes, y se dieron por igual con empresarios del Consejo Coordinador Empresarial, de las Industrias del Calzado y Textil, de la Industria Inmobiliaria, de la Construcción y del sector automotriz.
Así pues, el Senado actuó como interlocutor y puente de los industriales y las dependencias federales, para contribuir a la reactivación de la economía ahora que se empiecen a reabrir las actividades.
Ahí, los industriales y empresarios reiteraron lo que nuca quiso escuchar López Obrador: no piden que se les rescate, sino que se les apoye para mantener la planta laboral y productiva.
Ante tal demanda, Ricardo Monreal les contestó: “en el Senado somos un interlocutor de buena fe…”.
A los fanáticos y adoradores del Lópezobradorismo esto les parecerá oportunismo, pero lo cierto es que, ahora más que nunca, los tiempos demandaron y demandan política, mucha más política… y sobre todo: sensibilidad.
Eso es lo que le ha faltado a López Obrador: empatía y sensibilidad. Los que no están conmigo, están contra mí. Sus expresiones cada día son más radicales y amenazantes, pero el tiempo se le escurre entre las manos, y se está poniendo viejo.




