Itinerario político
Reforestar no es solamente plantar un árbol. Es asumir una responsabilidad con la vida. Es reconocer que el territorio, el agua, el aire, los bosques y todas las formas de vida no son objetos puestos a nuestra disposición, sino parte de una trama de la que nosotros mismos formamos parte, de ahí el asumirme como la hebra de la vida, soy Gerardo Herrera, ecoeducador y siempre agradeceré la asesoría y acompañamiento de mi amigo el doctor Alfredo Mateo Castillo Ceja, promotor para la Carta de la Tierra en México.
En los recientes trabajos de reforestación que hemos venido impulsando junto con FAMMEX, las organizaciones de la sociedad civil, como Por la Paz, Vida y la Familia en Michoacán, las jefaturas de colonia del Realito, Solidaridad, Torreón Nuevo, Ignacio López Rayón, Villas del Pedregal (Secundaria Técnica No. 168) y el CRRED Michoacán A.C., la Fiscalía Especializada en Materia de Derechos Humanos y Libertad de Expresión, la Guardia Civil a través de Proximidad y atención a Violencia de Género, encontramos una oportunidad para pasar del discurso a la acción: sembrar, cuidar, proteger y recuperar espacios naturales como una forma concreta de construir futuro.
Leonardo Boff, miembro fundamental en la Carta de la Tierra nos ha enseñado que el cuidado constituye una dimensión fundamental de la existencia humana. La ética de los cuidados significa establecer una relación responsable con aquello que sostiene la vida. Desde esta perspectiva, cuidar un árbol es también cuidarnos a nosotros mismos; proteger un bosque es proteger las condiciones que hacen posible nuestra propia existencia.
Humberto Maturana, desde su comprensión de la biología del conocer y de la convivencia, nos invita a cuestionar la separación entre los seres humanos y el mundo que habitamos. La vida ocurre en relación. Somos seres que existimos con otros y no fuera de ellos. Por ello, la naturaleza no puede ser reducida a un recurso económico: es el espacio relacional que hace posible nuestra existencia, de ahí mi interés por recomendar la lectura de la Biología del amor.
Félix Guattari, al hablar de las tres ecologías —ambiental, social y mental—, permite comprender que la crisis ecológica no puede resolverse únicamente sembrando árboles. También debemos transformar nuestras formas de relacionarnos, nuestras instituciones, nuestros modelos de consumo y nuestras maneras de pensar. La devastación de los ecosistemas está vinculada con formas de violencia, desigualdad, individualismo y fragmentación social, injusticias, discriminación y opresión.
Enrique Leff, por su parte, plantea la necesidad de construir una racionalidad ambiental capaz de cuestionar la lógica económica que convierte a la naturaleza exclusivamente en mercancía. Necesitamos recuperar otros saberes, otras formas de habitar el territorio y otras maneras de entender el desarrollo. No se trata solamente de conservar la naturaleza, sino de transformar la relación que hemos construido con ella.
Desde esta perspectiva, la naturaleza no es nuestra. No somos propietarios de la vida. Somos naturaleza, este es el fundamento con el que impulsamos acciones para comprender esta relación entre los seres vivos y los elementos de la naturaleza, al ser uno en esta Tierra.
Esta afirmación tiene profundas implicaciones éticas, sociales y políticas. Significa reconocer que el árbol que sembramos no está separado de nosotros; que el agua que contaminamos es la misma que sostiene nuestros cuerpos; que el aire que deterioramos es el que respiramos; que la pérdida de biodiversidad también significa una pérdida de posibilidades para nuestra propia existencia.
Y aquí aparece otro concepto fundamental: la unicidad, cada árbol es único. Cada ecosistema es único. Cada persona es única. Cada territorio posee una historia, una memoria, una identidad y una manera particular de relacionarse con la vida. La defensa del medio ambiente implica, entonces, defender la diversidad y comprender que la diferencia no constituye una amenaza, sino una condición de la riqueza de la vida.
La reforestación nos permite experimentar esta idea de manera sencilla y profunda. Cuando una niña, un joven, una familia, una organización social, una institución o una comunidad planta un árbol, no solamente introduce una especie vegetal en el suelo: establece un compromiso con el futuro.
Por eso, las acciones desarrolladas con FAMMEX, la organización: Paz, Vida y Familia, otras autoridades auxiliares municipales en las colonias, así como el CRRED, y las instituciones participantes, representan mucho más que jornadas ambientales. Son ejercicios de ciudadanía, corresponsabilidad y construcción de comunidad. Son espacios donde podemos encontrarnos, dialogar y recuperar la conciencia de que el cuidado de la naturaleza también puede convertirse en una vía para reconstruir nuestros vínculos sociales.
Vivimos diversas crisis: ambiental, social, económica, cultural y subjetiva. Frente a ellas, necesitamos recuperar una visión integral de la vida. No podemos hablar de paz mientras destruimos los ecosistemas que sostienen nuestra existencia. No podemos hablar de bienestar si permitimos la contaminación del agua y del aire. No podemos hablar de justicia si las consecuencias de la devastación ambiental recaen principalmente sobre las poblaciones más vulnerables.
Por ello, desde mi responsabilidad y compromiso con los derechos humanos, la cultura de paz y la construcción de procesos de paz medioambiental, he sostenido la necesidad de impulsar acciones que articulen protección de la naturaleza, participación comunitaria, educación y responsabilidad social.
La paz medioambiental supone reconocer que la relación con la naturaleza también puede ser una relación de conflicto o de armonía. Allí donde existe devastación, contaminación, explotación irracional y apropiación de los bienes naturales, existen condiciones que afectan la dignidad humana y generan nuevas formas de desigualdad y violencia. Construir paz implica también transformar esas relaciones.
Reforestar es, entonces, un acto aparentemente pequeño, pero profundamente político y ético. Es decir, sí a la vida frente a las múltiples expresiones de la destrucción.
Es comprender, como nos recuerda Boff, que necesitamos una ética del cuidado; con Maturana, que la existencia ocurre en relación; con Guattari, que debemos transformar simultáneamente nuestras ecologías ambiental, social y mental; y con Leff, que requerimos nuevas racionalidades para habitar nuestro planeta, la racionalidad ambiental.
Pero también es asumir una posición propia: si somos naturaleza, defenderla no es defender algo externo a nosotros; es defender la vida de la que formamos parte. Cada árbol sembrado representa una posibilidad. Cada espacio recuperado es una oportunidad. Cada persona que participa se convierte en agente de transformación.
Por eso debemos seguir reforestando, educando, organizándonos y construyendo comunidad. Porque cuidar la naturaleza es cuidarnos. Proteger la vida es protegernos. Y construir paz con la naturaleza es construir paz con nosotros mismos. No tenemos otra casa. No tenemos otro planeta y, sobre todo, no tenemos otra naturaleza: somos parte de ella.




