Rehén de sí misma
Hay artistas que construyen una obra y otros que, además, con inmensa generosidad ayudan a construir el camino de quienes vienen detrás. Jacinto David Pérez Monroy, D. Monroy, pertenece a estos últimos. Nació el 17 de agosto de 1956 en Real del Monte, Hidalgo, y desde ese territorio minero ha desarrollado una trayectoria que no se explica únicamente por sus pinturas, sino también por su trabajo como maestro, promotor cultural y formador de nuevas generaciones.

Este 8 de octubre, a las 17:00 horas, el Centro Cultural Regional de Real del Monte recibe “Colores que cuentan historias”, exposición que reúne alrededor de cuarenta años de trabajo. La muestra permite observar la evolución de un pintor, pero también algo menos visible y quizá igual de importante: la manera en que una vocación individual puede transformarse en un espacio de encuentro para otros artistas.
D. Monroy dibujaba desde niño. Modelaba plastilina, construía pequeñas casas y creció dentro de una familia donde existía sensibilidad hacia las artes. Su padre, Sabino Pérez Cabrera, tenía facilidad para el dibujo y el modelado; su abuelo, también llamado Sabino Pérez, estuvo vinculado con la música. Su madre, Celia Monroy Paredes, entendió desde temprano aquella inclinación, aunque también conocía las incertidumbres económicas que acompañaban la decisión de dedicar la vida al arte.
Por eso D. Monroy estudió contabilidad y trabajó durante un tiempo fuera del ámbito artístico. Pero la pintura persistió. Ingresó al Instituto Hidalguense de Bellas Artes, continuó su formación en el Instituto Nacional de Bellas Artes y trabajó con el muralista Jesús Becerril Martínez.

Su importancia como artista está precisamente en esa persistencia y en la amplitud de una obra construida durante décadas. D. Monroy ha explorado en sus temáticas: niños, caballos, marinas, payasos y distintos personajes, pero en los pueblos mineros encuentra uno de sus territorios más personales. No los pinta desde la distancia. Conoce sus calles, su arquitectura, sus épocas de bonanza y también las heridas que permanecen cuando la actividad minera se transforma. En esas obras hay paisaje, pero también memoria social. Sus pinturas conservan algo de la vida cotidiana de Real del Monte y de otros espacios marcados por la mina, y por eso su trabajo forma parte de una manera de mirar y preservar la identidad de esos pueblos.
Durante más de tres décadas de trabajo en la Secretaría de Educación Pública participó en procesos de formación y programas de educación artística. Esa experiencia ayuda a comprender una parte fundamental de su trayectoria: D. Monroy no concibe el conocimiento artístico como algo que deba guardarse. Lo comparte.

Esa misma idea tomó forma en su galería de Real del Monte.
Una galería, por más pequeña que sea, puede significar mucho en un pueblo. Puede convertirse en punto de reunión, escaparate, taller improvisado y, sobre todo, en una puerta. D. Monroy ha utilizado ese espacio para mostrar su obra, pero también para recibir a jóvenes creadores y artistas provenientes de otros lugares.
Yo mismo conocí esa generosidad hace aproximadamente quince años, cuando tuve oportunidad de mostrar ahí mi trabajo. Por eso mi mirada hacia él no nace únicamente de observar su pintura. Conozco lo que significa encontrar un espacio cuando uno busca dónde mostrar lo que se hace. Hay gestos aparentemente sencillos que pueden modificar una vida, una trayectoria: prestar una pared, presentar a un artista, ofrecer una opinión, decirle a alguien que continúe.
Su vocación formadora también puede observarse dentro de su propia familia. Su hijo, David Pérez Becerra, doctor en Arte Novohispano, fotógrafo y grabador, continuó por un camino creativo propio. No se trata simplemente de una herencia artística. Es también el resultado de haber crecido cerca de alguien para quien el arte formaba parte natural de la vida cotidiana.
La pintura de D. Monroy ha recorrido muchos tópicos, sin embargo, al mirar su trayectoria completa, pienso que su aportación más profunda no está solamente en aquello que ha pintado.

Está también en las personas que enseñó, en los jóvenes a quienes abrió su galería, en su hijo convertido en creador y en todos aquellos que encontraron cerca de él una conversación, una orientación o un sitio donde colocar por primera vez una obra frente al público.
Un pintor deja cuadros.
Un maestro deja enseñanzas.
Y un gran promotor cultural como él, cuando verdaderamente comprende su trabajo, deja caminos abiertos para que otros puedan continuar.




