Descomplicado
El respeto no es un concepto etéreo ni una simple norma de cortesía; es un valor fundamental que sostiene el tejido social. Se define como la actitud de reconocimiento, aprecio y consideración hacia la dignidad propia, la de los demás y el entorno que habitamos. En el ejercicio de lo público, respetar a un ciudadano es, precisamente, reconocer su derecho a una vida digna y a una representación a la altura de sus necesidades.
Históricamente, las figuras del ámbito político y los servidores públicos gozaban de una investidura respetada. En antaño, el político era visto como un auténtico representante popular, alguien cuya vocación y actuar estaban intrínsecamente ligados al beneficio de la colectividad. Ese respeto no era gratuito; se confería a través de la eficacia, la palabra empeñada y la congruencia. Sin embargo, esa mística se ha erosionado. Poco a poco, el desinterés por el bien común y la opacidad transformaron el respeto en desconfianza, y la admiración en un descrédito casi generalizado. Salvo honrosas excepciones, el ciudadano hoy mira al político con escepticismo, cuando no con abierto rechazo.
Ante este vacío de legitimidad, hemos sido testigos de un fenómeno preocupante: la mutación del político en influencer. Al percatarse de que su figura tradicional ya no genera empatía, muchos han decidido adoptar roles que, según su apreciación, cuentan con la admiración de las masas. Esta "profesión" moderna, cuya moneda de cambio es el video corto y la reacción inmediata en plataformas digitales, se ha convertido en el nuevo refugio de quienes deberían estar legislando o gobernando.
La comunicación política siempre ha necesitado de herramientas para acercarse al pueblo, pero hoy asistimos a una confusión peligrosa entre lo que se requiere comunicar y la esencia misma de la labor pública. Vemos a funcionarios volcados en una producción incesante de contenido: desde actividades cotidianas con sus familias y mascotas, hasta coreografías o "chistosadas" diseñadas únicamente para alimentar el algoritmo. En este proceso, caen en una representación de personajes que poco o nada tienen que ver con la responsabilidad profesional por la que son remunerados con dinero del erario.
¿Qué dirían los grandes pensadores de la ciencia política, desde Maquiavelo hasta Weber, si presenciaran este fenómeno? Es cierto que las redes sociales son herramientas poderosas para transparentar la gestión y difundir acciones, pero el servidor público debe caminar con extrema cautela para no cruzar la línea hacia la banalidad. El ciudadano no paga sus impuestos para ser entretenido; paga para que se atiendan sus problemas de seguridad, salud, educación y economía. No debemos olvidar una máxima fundamental de la administración y la democracia: el que paga, manda, y el pueblo es el patrón que exige resultados, no visualizaciones, además recordemos que los likes no son votos.
No podemos, por supuesto, ignorar la influencia de estos medios de comunicación. Abstraerse de la realidad digital sería un error estratégico, pues es innegable que lo que se transmite en las redes influye poderosamente en el ánimo y la percepción de la población. Sin embargo, esa influencia es un arma de doble filo. Hoy existen técnicas diseñadas desde la neurociencia y la psicología del comportamiento para incidir en el libre albedrío de las personas. Estas plataformas, a menudo, manipulan el sentir y actuar de la población mediante el sesgo y la gratificación instantánea, alejando al ciudadano del análisis crítico y racional de las propuestas políticas.
Por ello, la regulación de estos espacios es no solo adecuada, sino necesaria. Si bien la libertad de expresión es un factor preciado y sagrado, no puede servir de patente de corso para la manipulación o para el abandono de las funciones constitucionales. La política es una actividad seria que requiere de profesionales, de estrategas con sensibilidad social y de gestores con capacidad técnica, no de actores en busca de fama efímera.
Debemos poner atención y, como sociedad, negarnos a aceptar que nuestros representantes se conviertan en simples creadores de contenido. Recordemos que el trabajo que realicen (o dejen de realizar) impactará de una forma u otra en nuestra calidad de vida, en el futuro de nuestros hijos y en la estabilidad de nuestras instituciones. El respeto se recupera con profesionalismo, con ética y con el cumplimiento estricto de la labor para la que fueron designados. Exijamos que la política vuelva a ser el arte de lo posible para el bienestar de todos, y no un espectáculo de luces y filtros que solo busca ocultar la carencia de ideas.




