Indicador político
Los resultados de las llamadas “elecciones judiciales” del pasado domingo 1° de junio han tenido lecturas e interpretaciones diametralmente diferentes, aunque nadie pone en tela de juicio un hecho irrefutable: la bajísima participación ciudadana.
La presidenta Sheinbaum dijo que las elecciones fueron un éxito democrático, mientras que todos los críticos del proceso -la sociedad civil, periodistas, analistas, empresarios y partidos políticos opositores- subrayan el fracaso de este ejercicio y señalan el desaseo de la reforma constitucional y todo el manoseo de que fue objeto para su operación el primer día de junio.
Confieso que no deja de sorprenderme que la Presidenta de México haya declarado que con esos comicios somos el país más democrático del mundo, a pesar de todas las violaciones a la ley que se evidenciaron. Eso habla de que quienes gobiernan no están dispuestos a recapacitar sobre la gravedad de la situación y reconocer que se han equivocado.
Discurso triunfalista, con poco más del 10% de participación, en lugar de una autocrítica a su proyecto de subvertir la democracia desde un gobierno que se asume democrático y que discursivamente defiende la democracia (como diría Andreas Schedler en la revista Configuraciones del Instituto de Estudios para la Transición Democrática, números 54-55). Por lo tanto, no esperemos que por propia cuenta ellos hagan una reflexión sobre el significado negativo de este proceso, sino que como ya lo tenían confeccionado, están buscando “legitimarlo” a través de un manejo mediático perverso.
Esta actitud gubernamental da pie para que un importante segmento de prestigiados analistas, columnistas y líderes de la sociedad civil, consideren que por lo pronto el daño hecho, ya es irreversible y que, en consecuencia, habrá que lidiar con un poder judicial sin legitimidad social y, en todo caso, esperar a ver en qué momento revertimos esta decisión autoritaria.
En contrapartida a la forzada euforia oficialista y ante la respetable opinión complaciente de otros, yo me manifiesto en favor de no callar ante la farsa y formar parte de quienes piensan que debemos reclamar la nulidad del mencionado proceso. Es decir, no reconocer los resultados oficiales y sumar esfuerzos en un frente amplio de resistencia por la restitución del México republicano que un puñado de autócratas, vestidos de demócratas, le están arrebatando al 90% de las mujeres y hombres que el 1° de junio no fuimos a las urnas (hablo de un 90% sin contar a quienes sí acudieron a los centros de votación pero que anularon su voto como una muestra de rechazo).
Son estos momentos de la vida de nuestro país en los que debemos ser lo más objetivos posible. No soy de los que consideran que el pesimista es un optimista bien informado o de que el optimista ignora la realidad. ¡No! Soy de los que proclaman que México está más allá y es mucho más que los que nos quieren robar la esperanza, hermana de la democracia, de un mañana mejor para nuestros hijos y nuestros nietos.
El altísimo rechazo del 90% en las urnas a esa subversión contra la democracia, impulsada desde el gobierno, me hace ser optimista, un optimista objetivo. Soy de los que sostienen que el pesimismo en política nos lleva a la parálisis. Por ello, es mejor, en medio de esta alarmante situación nacional y ante la amenaza de que la locura irracional de quienes están en el poder se agudice, unir nuestras voces en favor de un frente amplio que sume muchas voluntades en favor de la república, de la democracia, rebelándonos contra la autocracia, porque, como diría John Keane (también en la misma edición de la revista "Configuraciones" previamente citada): “hay momentos en que la democracia implica la necesidad de la rebelión" .




