Lengua de señas
Antes, los niños, eran diferentes. Igual de geniales, inquietos, traviesos y especiales. Ser niño era ser ventarrón, remolino y hasta ciclón. Arrasaban. No paraban. Corrían, corrían y corrían. Y gritaban que era un contento. Se metían a hurtadillas a las sorpresas, a los escándalos, a las inquietudes de los adultos. Iban al arroyo y se lanzaban de clavado desde los árboles. Se metían a las huertas ajenas y cortaban fruta, sueños y estrellas de los árboles. Eran tan juguetones y soñadores. Se adueñaban de calles y plazas.
Ahora, los niños, son diferentes, pero iguales también. No pierden su ingenio, no extravían sus asombros, sus indagatorias, ni sus ganas de correr, gritar y de volar. Sí, los niños de todos los tiempos sueñan con expandir sus alas y lanzarse a conquistar las nubes, otros horizontes, la imaginación y la inventiva. Los de ahora también son tan niños, aunque a veces se olvidan de ello, porque los absorben las máquinas inteligentes, la inteligencia artificial, la superficialidad, la inmediatez y hasta los efímero de estos tiempos.
Hoy, sin embargo, en la tierra de mis mayores, allí donde quedó sembrado mi ombligo, en mi pueblo, mi terruño, mi terre, disfruté de imágenes singulares, traídas de los tiempos idos, de la nostalgia y del recuerdo. Un viejo, abuelo joven, pero viejo para Gustavito, su pequeño nieto, trabajaba con ahínco, acarreaba piedras, rocas, en una carretilla. Piedras, sí, bolonchas, que yo había sacado para que las llevaran a otro lado. Llegó el niño, el nietecito, con una carretilla de juguete y a la par de su abuelo empezó a acarrear.
El abuelo, viejo joven, trabajaba. Y el niño. Gustavito, jugaba. Hacían lo mismo, pero para uno, para el niño de los ayeres, de otras épocas, aquello ya era un trabajo, una actividad agotadora: Para el niño de hoy y de ayer y de anteayer, eso era un acto lúdico, un juego, una maravilla. Se divertía, jugaba, se sentía grande, quería ser como su abuelo y hacer lo que él hacía, pero a su modo, que es decir entusiasmado y orgulloso.

Yo, embelesado, observaba aquellas estampas extraídas del pasado, pero muy actuales en pueblos como el mío, en familias pueblerinas, en costumbres y tradiciones donde el mayor prepara al menor para la vida, para que sea hombre de bien, de provecho, de respeto. Melcho, que es así como se llama el viejo joven, y Gustavito, el niño, el nietecito, se acompañaban, se disfrutaban y compartían, uno en el trabajo, otro en el juego, ambos en la convivencia que educa, que orienta, que marca y direcciona para un futro mejor.
Así, en pueblos como Curimeo, todavía es posible ver, disfrutar a padres y abuelos que transmiten a hijos y nietos sus conocimientos, su compromiso con el trabajo, solo que los mayores laboran y los menores juegan, esa es la única diferencia. Pero unos y otros son dignos de respeto y, sí, de contemplación y aplausos, aunque hoy día quienes no saben de eso, hablen de explotación infantil. Pobres políticos de ocasión, como nunca trabajan, no saben que eso dignifica y que para el niño trabajar en lúdico, ilustrativo y fascinante.
Feliz Día del Niño Melcho, Feliz Día del Niño Gustavito, Feliz Día del Niño para todos. Así sea.




