Indicador político
Después de las importantes manifestaciones del sábado pasado en la Ciudad de México, Morelia y otras 50 ciudades del país; todas ellas, de protesta contra la inseguridad y con exigencias de paz y justicia por parte de una sociedad agraviada, mismas que también lo fueron de denuncia contra la impunidad de un gobierno negligente que sigue protegiendo a funcionarios corruptos de primer nivel, conviene reflexionar considerando varias aristas. En primera instancia, fueron, como muchos acertadamente lo han apuntado, las primeras expresiones públicas masivas antigobiernistas, anti Morena y anti Claudia, lo cual es importante y necesario de ser registrado.
Luego de las movilizaciones, una buena cantidad de respetables amigos comentaristas han opinado en los últimos días que este tipo de expresiones y movimientos poco dejan de saldo positivo para las causas democráticas porque, más allá de la catarsis que significan, no tienen una estructura organizativa ni claridad de objetivos, lo cual hace imposible que tengan continuidad; otros, incluso, descalifican estas convocatorias y señalan que terminan abonando a la polarización y a la narrativa oficialista "contra la derecha opositora, conservadora, golpista…”.
Comparto la preocupación ante la falta de organización y de banderas que le puedan dar continuidad a las manifestaciones del sábado, pero me parece que en estos análisis se pierden de vista varias cosas.
Una, es que se llega a olvidar que todos los movimientos sociales por lo general surgen así, motivados por algún hecho que detona cosas que ahí estaban en el sentir de la sociedad y provocan que la olla de presión explote y haga visible el malestar de importantes sectores. La creciente y evidente inseguridad pública, registrada en datos del INEGI, en dirección contraria al discurso mañanero presidencial, encontró un motivo para hacerse abruptamente pública con el brutal e indignante asesinato del hasta hace unos días presidente municipal de Uruapan, Carlos Manzo.
Por eso no fue casual la masiva solidaridad que tuvo su familia en Michoacán, entidad que ha padecido durante décadas la tragedia de la dominante influencia del crimen organizado. Tampoco fue casual y, por el contrario, es explicable la condena nacional por la acreditada complicidad de los gobiernos de Morena con las bandas delictivas, la cuales les han ayudado a ganar elecciones. Y, como parte de esa solidaridad y exigencias nacionales, era natural que se hayan sumado los múltiples colectivos de madres y familias buscadoras de todos los estados de la República, quienes ante un gobierno incapaz, siguen buscando a sus hijas e hijos desaparecidos.
Y como es larga la lista de sectores agraviados ante el abandono de los jóvenes, del campo, del sector salud, de la educación y muchos más, la trágica coyuntura del magnicidio en Uruapan otorga una oportunidad para sumar esfuerzos en un momento que pudiese ser el punto de quiebre que facilite la unidad que se necesita para frenar la deriva autoritaria y de violencia en que está inmerso el país. Por ello mismo es entendible y digna de saludar la decisión de todos esos sectores de dar la cara y salir a manifestar sus malestares en la plaza pública.
Otra cosa que no hay que dejar de tomar en cuenta es que la mayoría de los movimientos de masas en la historia del país, aún cuando en su momento son reprimidos, a la postre nos han dejado múltiples legados que después han sido recogidos, apreciados y aplicados por las generaciones posteriores. Cito el ejemplo del movimiento de 1968, con sus centenares de muertos en Tlatelolco y una gran cantidad presos políticos. A la vuelta de más de 50 años, nadie niega que hay un antes y un después en la vida de México a partir del 2 de octubre, que no se olvida. Y así, muchos otros ejemplos más.
Es indudable que cada época y coyuntura tiene sus propias condiciones y características en las cuales estamos obligados a actuar. En ese sentido, comparto la preocupación de que en esta hora tan difícil de la vida del país, es deseable que los convocantes de las protestas del pasado 15 de noviembre logren engarzar sus capacidades para dar una coherencia organizativa a esa enorme potencialidad social y que con la fuerza de su juvenil creatividad, puedan clarificar banderas unificadoras y las comuniquen con frescura al conjunto de la sociedad.
Todos los demás, políticos y no políticos, que queremos un México realmente democrático, con justicia social, y condiciones de desarrollo, de paz y tolerancia, debiéramos estar dispuestos a sumarnos.