Teléfono rojo
A finales de diciembre del año pasado, como regalo en la víspera de Navidad se anunciaba por parte del presidente Andrés Manuel López y el canciller Marcelo Ebrard la llegada a nuestro país de las primeras vacunas contra el coronavirus, parecía ser la luz al final del camino. A casi un mes del primer cargamento de las vacunas Pfizer y su aplicación originalmente pensada a personal médico al frente del Covid en hospitales públicos, ha sido todo menos un proceso cuidado que pueda brindar a la población la certidumbre esperada.
El fin de semana pasado por ejemplo, nos enterábamos por el propio presidente que México había aceptado la solicitud de la ONU para reducir la entrega de vacunas a fin de favorecer a países más pobres, casi de manera simultánea se filtraba la renuncia de la encargada de la Estrategia Nacional de Vacunación “por motivos personales”, y solo unas horas después, el lunes por la noche se informó en la conferencia nocturna de seguimiento al Covid, el retraso por tres semanas del embarque de vacunas esperadas y con ello, el de su ya de por sí aplicación a cuenta gotas.
Estos sucesos ocurren justo en el segundo pico más alto de contagios y fallecimientos a causa de la enfermedad en nuestro país, con un máximo de 1, 803 defunciones así reportadas el pasado 21 de enero y un total de 146 mil 174 desde que empezó la pandemia. En Michoacán, pese a encontrarnos aun en semáforo naranja, los datos no son muy alentadores, según lo expresado el miércoles pasado por el gobernador del estado Silvano Aureoles estamos a muy poco de cambiar a semáforo rojo por el alto número de contagios como por la ocupación hospitalaria, de 96.6% en el caso de Morelia.
A la crisis sanitaria, se suma la politización promovida por el partido en el poder, que ha asumido como bandera de campaña electoral, la vacunación. Las brigadas previstas para su aplicación a lo largo del territorio, recargadas en la estructura de los “servidores de la nación”; instrumento político e ideológico de la 4T, hace evidente un uso inmoral del insumo médico y científico del siglo, que aun en pruebas por sus efectos en las personas, puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte.
Lo dije antes, es difícil hacer una valoración sobre las acciones de los gobiernos cuando se trata de una pandemia imprevista y de efectos incuantificables sobre la salud física y mental de las personas, como por el impacto social y económico mundial. Las determinaciones emprendidas por los líderes políticos como por sus asesores y responsables de las carteras en Salud, han sido una constante de prueba y error, en la estrategia para su contención.
Prácticamente a ninguno mandatario le han faltado reclamos por parte de sus opositores, que les han significado también una oportunidad política. Empero, para una parte de los gobernantes, entre ellos el presidente López Obrador, los cuestionamientos se han centrado más en el estilo personal que en los de carácter técnico; como el no uso de cubrebocas, la realización de actos públicos o los dichos sobre una supuesta pandemia domada, que lejos de reflejar la gravedad de la realidad, la desestiman.
Sin embargo, el manejo electoral de la vacuna es otra cosa, no puede tolerar justificación alguna, colocar el escasísimo insumo médico como parte de las prebendas clientelares, es un acto vil y deleznable fuera de toda proporción, inaceptable incluso para los más pragmáticos, hasta para los moralmente derrotados; equiparable con aquellos que llenaron con agua los medicamentos para niños con cáncer.
Los primeros obligados en cuidar la vacunación están en el movimiento que acompaña al presidente, recae en quienes dicen representar la transformación, frente a los gobiernos que dejaron a su paso la muestra lastimosa de un poder abusivo que en no pocas veces lucró incluso con la vida de las personas. Por ello actuar con ese mismo matiz, es desdibujar cualquier diferencia con el pasado, al que se recurre permanentemente como salvavidas discursivo.
A un año de iniciada la transmisión del coronavirus, con miles de muertos a su paso, es clara la gravedad del problema; la luz al final del túnel no está siquiera cerca de vislumbrarse este año, guardo esperanzas porque lo sea. Pero quizá ayudaría mucho en el ánimo, ver una clase política a la altura de las circunstancias, el enemigo invisible no estará en la boleta electoral del próximo 6 de junio, pero si lo estarán quienes desde su “ambición vulgar”, en palabras del presidente, sigan haciendo de la pandemia prebenda política.
Minutos antes de entregar esta columna el presidente López Obrador declaró abierta la adquisición de las vacunas para empresas y gobiernos estatales; es buena señal aunque su aplicación por al menos un par de meses seguirá concentrada en el gobierno federal. Ello obliga a una conducta responsable de más actores y el ojo vigilante de la ciudadanía.
Mientras tanto…
En Michoacán la recién aprobación de Ley que obliga el uso de cubrebocas, a iniciativa del gobernador del estado Silvano Aureoles es más allá de las posibles sanciones un marco de exigencia que no solo busca inhibir una conducta como el no uso, se trata sobre todo de un mensaje que evidencia su utilidad, como parte de las acciones que hasta hoy siguen siendo la vacuna más efectiva y al alcance de la mayoría contra el coronavirus; la del autocuidado y el cuidado de los nuestros. Usar cubrebocas es el recordatorio de solidaridad con los otros.




