Descomplicado
Año Nuevo P’urhépecha 2026
Para la mayoría de las personas en Michoacán es conocido que siempre me he sentido profundamente orgullosa de mis raíces p’urhépechas: una cultura, una cosmovisión y un pueblo originario considerado uno de los más fuertes en la época prehispánica, toda vez que fuimos el único imperio jamás conquistado por los mexicas.
Con diversos centros ceremoniales ubicados en Tzintzuntzan, Ihuatzio y Tingambato —este último sede de nuestro Kurhikuaeri Kuinchekua (Año Nuevo) 2026—, celebramos lo que se traduce como el fuego nuevo para nuestra cultura. Se trata de una ceremonia que fue erradicada durante la colonización, pero que gracias al esfuerzo de investigadores, intelectuales y comunidades logró revivirse para quedarse y transmitirse de generación en generación. Ese, sin duda, ha sido y sigue siendo uno de nuestros grandes retos.
Si hay algo que nos caracteriza a quienes pertenecemos al pueblo p’urhépecha es nuestra inteligencia, perseverancia, paciencia y, sobre todo, nuestro espíritu guerrero. Luchas como la de Cherán lo confirman en la época moderna, más allá de todo lo que hemos tenido que resistir a lo largo de nuestra existencia.
Hoy quiero abordar un poco más el aspecto de la cosmovisión con la que crecemos, la que nos inculcan nuestros padres y madres gracias a la oportunidad de conjuntar dos saberes: los empíricos, ancestrales o de nacimiento, y aquellos que adquirimos a través de la educación. Aunque he de decirlo con claridad: nada de esto nos lo enseñan en la escuela. Lo que aquí narro se aprende como se aprende en nuestros pueblos: escuchando, de voz en voz, para que no se pierda.
Decía mi papá que cuando él era niño, el sacerdote que acudía a su pueblo, durante las misas, les decía que eran “mensos” porque no sabían hablar español. Y como las personas no comprendían lo que aquel señor, vestido hasta el piso, decía, asentían con la cabeza respondiendo: “sí”. Pero también contaba que logramos salirnos con la nuestra, pues les hicimos creer que adorábamos a un santo cuando, en realidad, seguíamos venerando a nuestros dioses.
Por ejemplo, mientras rezaban a San Isidro Labrador, en realidad pedían al dios de la lluvia que llegara el agua para las milpas cada 15 de mayo. Cualquiera de las dos creencias buscaba lo mismo: agua para la tierra.
Aunque, al paso que vamos, no habrá santo ni dios al que recen nuestras nuevas generaciones, porque con el aguacate se están secando ríos y lagos, y con el cambio climático son más las sequías que las lluvias.
El punto es que, para nosotros, siempre ha sido fundamental —parte de nuestra esencia de vida— tener rituales que nos conectan con nuestra madre luna (Nana Kutzï), con nuestro padre sol (Tata Jurhiata) y con los cuatro elementos:
la madre tierra (Nana Kurejperi), el padre fuego (Kurhikuaeri), el viento (Tarhiata) y el agua (Its’ï).
Para la cultura p’urhépecha, el Año Nuevo no inicia el primero de enero, sino el primero de febrero, como símbolo de unidad, fuerza y renovación. Es un recordatorio de que aún hoy podemos vivir en tranquilidad y paz con nuestra madre tierra, agradeciéndole, primero, todas y cada una de las bendiciones que recibimos y, segundo, comprometiéndonos a cuidarla del exterminio humano.
Crecer, vivir, y ser parte de la cultura p’urhépecha y de su celebración es una experiencia única en la vida. A diferencia de lo que ocurre de manera ordinaria cada primero de enero —que suelen estar en sus casas, —, aquí lo hacemos en comunidad. Asisten nuestras cuatro regiones: meseta, lacustre, ciénega de Zacapu y cañada de los once pueblos. Durante todo el día hay danzas, bailes y música; se viven plenamente nuestras tradiciones.
A la medianoche se apagan todas las luces del pueblo para escuchar el sonido del silencio. Comienza la ceremonia. Cantan las caracolas en Tingambato y, una vez que todo se oscurece, se puede ver perfectamente el fuego, el cielo, las estrellas.
Las personas mayores son quienes conducen el ritual y nos van pasando el fuego. No usamos velas, usamos ocote. De esa manera sanamos, renacemos y honramos a nuestros antepasados. Así es como perpetuamos nuestras creencias, nuestra cultura y nuestros saberes.
Como Humanista Michoacana y constructora de paz, reivindico que reconocer, respetar y fortalecer a nuestros pueblos originarios no es un acto simbólico: es un compromiso con la dignidad de México. La paz verdadera se construye cuando hay memoria, justicia cultural y respeto profundo a la tierra y a quienes la cuidan desde hace siglos. Honrar la cosmovisión P’urhépecha es también defender la vida, el territorio y el futuro de las nuevas generaciones. Porque no hay transformación posible si se olvida el origen, ni bienestar duradero sin pueblos vivos, organizados y con derechos plenos.
Nos vemos en Ichán para celebrar el Año Nuevo P’urhépecha 2027.




