Tras bambalinas
El último escape de Houdini
En un rincón del Cementerio de los Álamos Temblorosos de Montreal hay una lápida con una inscripción peculiar: WHITEHEAD, Joscelyn Gordon, Nov. 25, 1896, July 5, 1954. Falsely Accused No More. Es decir: “Falsamente acusado. Nunca más”. El granito tiene poco de haber sido colocado, pero el muerto llevaba más de setenta años esperando que alguien se acordara de él. Tuvo la desgracia de ser señalado como el causante de la muerte de Harry Houdini, el mago más famoso del mundo.
Durante un siglo se creyó que los puñetazos que Joscelyn le propinó juguetonamente rompieron el apéndice del ilusionista, lo que provocó una peritonitis y su muerte. Whitehead cargó con esa acusación hasta la tumba. La realidad fue otra, pero vayamos por partes.
El 22 de octubre de 1926 tres estudiantes visitaron a Houdini en el camerino de un teatro de Montreal. Uno de ellos, Joscelyn Gordon Whitehead, quiso saber si era cierto que resistía sin parpadear golpes en la panza y sin más le propinó un uno-dos-tres antes de que el escapista pudiera prepararse. Aunque a los 52 años tenía un físico que desafiaba las leyes de la anatomía, Harry se dobló de dolor.
Pareció un incidente sin mayores consecuencias, pero el artista comenzó a sentirse mal. Viajó a Detroit y ofreció una última función en condiciones que habrían mandado a la cama a cualquiera con un mínimo de sentido común. Los médicos lo examinaron y encontraron una infección. Lo operaron, pero ya era demasiado tarde. El 31 de octubre de 1926, hace 100 años, falleció el hombre que había hecho del escapismo una virtud.
¿Cómo fue una vulgar apendicitis mató a quien había escapado de cajas de acero, cadenas, camisas de fuerza y ataúdes sellados? ¿Cómo fue que el hombre capaz de burlar las cerraduras más ingeniosas no hubiera logrado escapar de sus propias entrañas? La respuesta parecía evidente: Whitehead lo había matado.
Pero el cuerpo humano no se subordina a los relatos de la prensa sensacionalista. Una investigación reciente reveló que Houdini no murió a consecuencia de los golpes ni necesariamente por una peritonitis, sino debido a una obstrucción intestinal … por un chop suey que comió pocos días antes de morir.
El episodio tiene algo de comedia negra. Durante treinta años Houdini desafió agua, hierro, candados, fuego y sepultureros. Pero un plato de comida china resultó más peligroso que cualquier instrumento de tortura.
Ese hombre de ojos penetrantes, mandíbula cuadrada y cuerpo de atleta, nació en Budapest en 1874 con el nombre de Erik Weisz. Adoptó el apellido Houdini en homenaje a Jean-Eugène Robert-Houdin, considerado uno de los padres de la magia moderna. Antes que muchos de sus contemporáneos, entendió que la fama no dependía solamente de las hazañas de las que era capaz, sino de conseguir que todo el mundo hablara de ellas.
En 1912 se hizo encerrar en una caja fuerte que fue arrojada al East River de Nueva York ... y salió entre aplausos. Ese mismo año presentó uno de sus números más célebres: la tortura china, un tanque de agua en el que era introducido cabeza abajo, con los tobillos atados. Una cortina cubría el tanque. El público contenía la respiración. Después de unos minutos la cortina se abría y aparecía sano y salvo un sonriente Houdini. Desde luego había conocimientos técnicos y una preparación minuciosa detrás de esas proezas. Harry no violaba las leyes de la física. Lo que hacía era aprovecharlas, para impactar las debilidades de la percepción humana.
Curiosamente, el hombre que vivía de producir ilusiones era enemigo del “espiritismo” y de quienes prometían abrir una línea telefónica con el más allá, hacían hablar a los muertos o materializaban fantasmas. Para combatir esto asistía a sesiones espiritistas, estudiaba sus procedimientos y después explicaba públicamente cómo se habían producido los “milagros”. No le molestaba que la gente creyera en la vida después de la muerte. Le indignaba que ciertos vivales cobraran por explotar el dolor de los deudos.
Esto lo enfrentó con Arthur Conan Doyle -el creador de Sherlock Holmes- quien creía a pie juntillas en la comunicación con el más allá. Hay algo deliciosamente absurdo en que el padre literario del detective más racional de Inglaterra se dejara convencer por fenómenos que su propio personaje habría desbaratado en un par de páginas y un “My dear Watson!”
Con la revisión de las causas de la muerte de Houdini se recuperó la memoria del desafortunado Whitehead. Su vida fue destruida por una acusación que nunca llegó a los tribunales pero lo convirtió en un proscrito moral. Se apartó de la sociedad y acabó viviendo como un ermitaño. Murió de desnutrición en 1954, a los 58 años, y fue sepultado en una tumba sin nombre.
Más de siete décadas después, la doctora Larrian Gillespie, convencida de la inocencia de Joscelyn, investigó el caso, escribió un libro que explica el episodio y se ocupó de colocar la lápida que proclama que había sido acusado injustamente. Un gesto tardío, pero no inútil. Hay reputaciones que sobreviven a sus poseedores y calumnias que siguen vigentes cuando sus víctimas ya no pueden defenderse.
Houdini fue enterrado el 4 de noviembre de 1926 en el cementerio Machpelah, en Queens, Nueva York. Su sepultura es una meca de peregrinos y homenajes. Un siglo después, su nombre es sinónimo de una cualidad que muchos quisiéramos tener: la capacidad de escapar. Whitehead tuvo peor suerte. De las cadenas que le impuso la opinión pública no pudo librarse. Nadie le ofreció un aplauso al salir del encierro, porque nunca salió. Su nombre sobrevivió únicamente como una nota al pie en la biografía de otro hombre.
Por eso me interesa más su modesta lápida de Montreal que los monumentos dedicados al gran ilusionista. Hay algo profundamente humano en esas cuatro palabras inglesas: Falsely Accused No More. No proclaman una hazaña ni celebran una victoria. Intentan reparar una injusticia. La piedra no puede devolverle a Whitehead los años que pasó escondido, ni restituirle la vida que perdió bajo el peso de la sospecha. Apenas puede pedirnos que lo recordemos de otra manera.