El perfil que requiere la Fiscalía de Michoacán
Hoy es el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. En esta ocasión, ni siquiera ha habido comunicados, fotografías ni frases alusivas en Michoacán. Se eligió la ruta de la invisibilización. Al menos, el gobierno de México si realizó un boletín y hubo algunas notas en medios nacionales.
En ese marco, lo que difícilmente habrá es una persona pobre sentada a la mesa, con micrófono, diciendo qué necesita. Esa es, precisamente, la parte que la ONU insiste en recordar y que los gobiernos suelen olvidar.
La fecha nació el 17 de octubre de 1987, cuando más de cien mil personas se reunieron en la plaza del Trocadero, en París, para rendir homenaje a las víctimas de la pobreza extrema, la violencia y el hambre. Cinco años después, la Asamblea General de la ONU la convirtió en día internacional. Han pasado más de tres décadas y la pobreza sigue sin enterarse de que tenía fecha de caducidad.
El tema de 2026 es “Hogares seguros para todos”, dentro del ciclo 2026-2028 titulado “Unidos por la paz y los derechos humanos”. La idea es que no hay paz con hambre ni derechos con la intemperie como domicilio. Las cifras que acompañan el lema no consuelan: unos 826 millones de personas viven en pobreza extrema y 3,800 millones carecen de protección social. El secretario general, António Guterres, sostiene que la pobreza es un agravio a la dignidad humana, que la falta de vivienda segura hunde todavía más a las familias y que sus efectos duran generaciones. Y remata: los recursos y el conocimiento existen; lo que falta es voluntad política e inversión.
Dicho en michoacano: no es que no sepamos qué hacer. Es que no nos da la gana hacerlo antes de que haya elecciones.
Según el INEGI, en 2024 el 34.3 % de la población de Michoacán vivía en pobreza multidimensional: un millón 694 mil personas, de las cuales el 5.4 % estaba en pobreza extrema. Se puede celebrar que la cifra bajó respecto a 2022, cuando era de 41.7 %. Se puede, siempre que no se mire el resto del cuadro.
El resto del paisaje es este: Michoacán está por encima del promedio nacional en las seis carencias sociales. Alrededor de tres millones de personas, el 61.2 %, no tiene seguridad social; es decir, trabaja sin pensión y sin respaldo. La carencia de acceso a servicios de salud pasó de 22.8 % en 2016 a 46.1 % en 2024: casi la mitad del estado enferma sin cobertura. Y el rezago educativo alcanza al 25.7 % de la población, 7.1 puntos por encima del promedio nacional.
Sí, ese rezago bajó 3.2 puntos entre 2022 y 2024, y se aplaudió como si hubiéramos ganado un campeonato. Pero conviene leer la letra chica: el indicador solo mide si una persona terminó la educación obligatoria en la edad esperada. No mide si aprendió a leer con comprensión, a razonar o a calcular.
Mejorar el número no es lo mismo que mejorar la escuela, y un estado que sigue siete puntos arriba del promedio nacional no debería estar de fiesta. Peor aún: 3 de cada 5 personas en situación de analfabetismo hoy tienen 60 años o más. De esta manera, podemos afirmar que, en 2045, Michoacán tendrá lo que llaman “bandera blanca” en la materia. Menos de 4 por ciento de personas en la condición citada. No será por políticas de alfabetización ni por innovación en andragogía. Será, simplemente porque la esperanza de vida es de 74 años y para entonces habrán muerto aproximadamente el 95 por ciento de este grupo etario, siguiendo una distribución normal.
La geografía de la pobreza, además, tiene nombre y apellido. Charapan, Nahuatzen, Ocampo, Cherán y Madero superan el 70 % de su población en pobreza multidimensional. No son sorpresas ni descubrimientos: sino municipios que llevan décadas esperando la clínica, el maestro, el camino y el empleo, pero que aparecen en los discursos solo cuando hay cámara o nota roja.
El círculo es sencillo y cruel. Una niña o un niño pobre abandona la escuela porque hay que trabajar, porque la escuela queda lejos, porque falta maestro o porque el entorno lo expulsa. Sin escuela, el empleo disponible es informal. Sin empleo formal, no hay seguridad social. Sin seguridad social, la enfermedad se vuelve ruina. Y los hijos de esa familia heredan exactamente el mismo punto de partida. Eso no es conformismo ni pereza; es un diseño que el Estado no ha querido desarmar.
La pobreza educativa se concentra donde se acumulan las otras desventajas: en lo rural, en lo indígena, entre las mujeres y entre las y los jóvenes. Quien cree que la pobreza es solo falta de dinero no ha visto cómo se hereda.
Si los discursos fueran políticas públicas, ya habríamos terminado. Aplicadas al estado, las ideas de la ONU se leen así.
Trabajo decente y protección social. Son los mecanismos que ofrecen salidas reales de la pobreza. En Michoacán significa formalizar empleos y llevar seguridad social a tres millones de personas, no repartir tarjetas, chips, tenis ni apoyos sociales raquíticos en temporada de campaña.
Y llega 2027. El próximo 6 de junio se elige gobernador. Las campañas por la gubernatura arrancan el 4 de abril y terminan el 2 de junio. Además, se renovarán los 113 ayuntamientos y el Congreso local. Sin embargo, la avalancha ya empezó. En la alfombra roja electorera ya hay aspirantes que descubren la pobreza con la misma sorpresa con que se descubre que llueve en junio, mientras visten atuendos tradicionales bordados a mano con costos de miles de pesos. Ahora sí, abrazan abuelitas, comen en mercados y prometen hospitales, empleos y escuelas dignas con una convicción que se evaporará el día después del conteo, mientras olvidan selectivamente lo que han dejado de hacer en sus cargos públicos previos.
Apuestan, porque eso es, azar, con que usted olvide que en 2024 casi la mitad del estado no tenía acceso a salud y uno de cada cuatro michoacanos no había completado la educación obligatoria. Cuentan con que confunda una despensa con una política pública y un spot con un resultado. Hasta ahora, el casino político les ha favorecido. Particularmente, resulta lesivo que la educación: principal motor de movilidad social después de la herencia sea una de las más altas miserias del pueblo michoacano. Sin un sistema educativo inclusivo, efectivo, universal y de excelencia, no hay ruta certera para salir de la pobreza.
Se acerca el momento de exigir resultados. A cada aspirante y a cada partido hay que hacerles tres preguntas. Primera: ¿qué porcentaje de pobreza piensan reducir y en qué municipios? Segunda: ¿a cuántas personas van a llevar seguridad social y salud, y para cuándo? Tercera: ¿cómo se va a medir, ¿quién lo va a revisar y qué pasa si no cumplen? Si la respuesta es un abrazo, una frase bonita o un “ya lo estamos trabajando”, no hay propuesta: hay perfume.
Guterres dice que la pobreza no es inevitable, y tiene razón. Lo cuestionable, hasta hoy, ha sido nuestra costumbre de olvidarlo cada seis años. El 6 de junio hay una oportunidad de que el voto deje de ser trámite y se convierta en cuenta por cobrar. Que nadie diga después que no se lo advirtieron.
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*Doctor en ciencias del desarrollo regional y director fundador de Mexicanos Primero capítulo Michoacán, A.C.




