Las víctimas: todos los nombres, un nombre
Gracias por compartirnos a Messi. Hay despedidas que duelen, aunque no sean nuestras. Hay personas que representan tanto a su país que, con el paso de los años, terminan perteneciendo también a otras patrias: la del español, desde luego, pero más allá; si no, pregunten en África, en Arabia. Y hay generaciones enteras que tienen el privilegio de decir: yo estuve ahí, me tocó verlo jugar. Ese sentimiento me acompañó durante este Mundial de 2026.
No escribo como argentino, que lo soy. Las escribo como mexicano. Como hijo de un argentino y una mexicana, como argentino-mexicano que hay miles. Escribo como alguien que ha tenido mentores argentinos que marcaron su vida. Como el esposo de una mujer argentina desde hace más de veinte años. Como padre de hijas que crecieron entre dos culturas. Como alguien que ha aprendido que Argentina no es solamente un país; es una forma intensa de vivir, de sentir, de sufrir y de celebrar.
Durante estas semanas vi algo que va mucho más allá del fútbol. Vi familias enteras cruzando un continente para acompañar a su Selección. Vi desconocidos abrazarse como hermanos. Escuché miles de voces cantando al mismo tiempo, como si cada canción fuera una declaración de identidad. Vi a argentinos ayudar a otros argentinos simplemente porque llevaban puesta la misma camiseta.
Y entendí por qué el Día del Amigo, el tercer lunes de julio, ocupa un lugar tan especial en la cultura argentina. La amistad argentina no consiste solamente en celebrar juntos. Consiste en quedarse cuando las cosas salen mal, ¡porque muchas cosas han salido mal! En bancar al otro. En compartir derrotas con la misma dignidad con la que se celebran los triunfos. Quizá por eso la Scaloneta logró algo que muy pocos equipos consiguen. No construyó solamente un plantel: construyó una comunidad.
Durante años escuchamos decir que eran una familia. Pensé que era una frase hecha, una de tantas que suelen repetirse en el deporte. Pero el domingo, al verlos convivir, sufrir, celebrar y protegerse unos a otros, entendí que no estaban repitiendo un guion. Estaban describiendo una manera de vivir. Y en el centro de esa comunidad está Lionel Messi.
Curiosamente, este Mundial terminó de convencerme de que su mayor legado no tiene que ver con los goles. Ni siquiera con las copas. Su mayor legado es el liderazgo. Porque Messi dejó de intentar ganar los partidos él solo. Comenzó a enseñarles a todos los demás cómo ganarlos juntos.
Los grandes capitanes no necesitan dar órdenes. Construyen otros capitanes. Eso hizo Messi.
Otamendi lideró desde la experiencia. Dibu contagió carácter. De Paul protegió emocionalmente al grupo. Lautaro asumió responsabilidades. Enzo y Mac Allister condujeron con inteligencia. Julián corrió como si cada pelota fuera la última. Cada uno encontró una manera distinta de servir al equipo.

Messi no armó un equipo: armó una hermandad. Y las hermandades sobreviven incluso a las derrotas. Muchos recordarán este Mundial por la final perdida. Yo prefiero recordarlo por algo mucho más importante. Porque pocas veces en la historia del deporte un segundo lugar había dejado una sensación tan parecida a la gratitud.
Durante semanas parecía que el bicampeonato estaba escrito “por la mano de Dios”. El destino quiso otra cosa. Y, paradójicamente, eso terminó haciendo todavía más humano al personaje más extraordinario de la historia del fútbol.
Porque el mejor futbolista de todos los tiempos también llora. También se equivoca. También siente frustración. También necesita abrazar a sus compañeros. También olvida, por un instante, todo lo que ya nos regaló. Y eso lo hace todavía más grande.
Vivimos una época en la que el mundo atraviesa una profunda crisis de identidad. Buscamos héroes. Buscamos ejemplos. Buscamos personas capaces de recordarnos que todavía existen valores que vale la pena defender. Quizá por eso Messi trasciende el fútbol. Porque nunca necesitó parecer perfecto para convertirse en un referente.
Su liderazgo nació de la humildad. De la paciencia. Del trabajo silencioso. De volver a levantarse después de cada caída. De entender que el éxito no consiste únicamente en levantar una copa, sino en mover el alma de quienes te siguen. No existe triunfo más grande que ese.
Los títulos llenan vitrinas. Los ejemplos construyen generaciones. Como mexicano, hubo algo que me emocionó profundamente: vi cómo millones de argentinos no solamente acompañaban a un futbolista, acompañaban una parte de su propia historia de migraciones, de exilio. Celebraban el cierre de una etapa irrepetible.
Despedían al jugador más grande que hayan visto sus ojos, pero al mismo tiempo agradecían haber tenido el privilegio de caminar junto a él durante casi dos décadas. Eso también es liderazgo. Saber irse dejando más esperanza que nostalgia.
Tengo el presentimiento de que esta no será la última vez que Lionel Messi emocione al mundo. Tal vez ya no sea dentro de una cancha. Los grandes líderes nunca dejan de influir cuando termina el partido, porque las personas extraordinarias dejan de pertenecer a un deporte cuando comienzan a pertenecer a la memoria de la gente.
Hoy quiero agradecerles a los argentinos. Gracias por compartirnos a Messi. Gracias por enseñarnos que un grupo de amigos puede representar el alma de un país. Gracias por recordarnos que el liderazgo no consiste en brillar más que los demás, sino en hacer que los demás también brillen. Y gracias por demostrarle al mundo que algunas camisetas pesan mucho más que ochocientos gramos de tela. Pesan generaciones enteras de historia, de amistad, de identidad y de esperanza.
Con admiración y cariño,
Giuliano Lopresti
Un argentino de Ciudad de México




