Teléfono rojo
Los acuerdos comerciales entre México, Estados Unidos y Canadá, con base en el pasado histórico, han sido establecidos recientemente con un gran sentido de responsabilidad y una minuciosa consideración que reconoce la relevancia social de este vínculo. Es verdad que hemos tenido periodos de tensión con el vecino del norte; no obstante, la sensatez siempre ha prevalecido. Hemos progresado hacia el objetivo principal: robustecer un acuerdo comercial que produzca ventajas reales para los tres países.
Este esfuerzo está fuertemente vinculado con el manejo de las oportunidades que las cadenas de suministro brindan hoy. El país tiene la oportunidad de volverse un bloque competitivo en un contexto global de reacomodos productivos, siempre y cuando se mantenga una coordinación efectiva.
En esa línea, la comunicación intensificada entre la Secretaría de Economía y sus contrapartes ha hecho que el proceso sea más funcional y rápido. Desde México, hemos establecido los requisitos necesarios para analizar los elementos técnicos y operativos en esta primera fase, que ya ha terminado. Los logros obtenidos son un punto importante: un faro de luz que señala el camino hacia un acuerdo histórico, en el que la integración y la comprensión trilateral se transformen en las bases de una nueva etapa de colaboración.
Primero que nada, luego de los cambios que hemos atestiguado, podemos decir que nuestro país se ha ido adaptando a la perfección a los cambios globales y vertiginosos. De hecho, la calidad de los productos que se elaboran en México, además de tener una eficacia probada y comprobada, habla de la sapiencia de la mano de obra eficaz, ahora que la apuesta principal es robustecer un acuerdo comercial que tenga mejores reglas de operación para su funcionalidad. Todo eso será posible porque hay voluntad de todas las partes involucradas. En esta primera ronda, de hecho, se logró una integración a través de un ejercicio que revisó hasta el más mínimo detalle. Como he mencionado en algunos espacios de opinión, esto se debe a que hemos sabido manejar el ritmo para dar mayor certidumbre.
Por nuestra parte, entonces, un equipo multidisciplinario cerró filas en una sola consigna: articular una estructura de trabajo que lleve al buen entendimiento. Se logró. Desde la Secretaría de Economía, pero sobre todo del equipo negociador, se dialogó para edificar consensos que nos fortalezcan de cara a la visita que tendrá la comitiva a Estados Unidos a finales del mes de junio. De hecho, sabemos que será un tramo extenso en donde tendremos que sacar a relucir los mayores oficios, primero, para inhibir lo más que se pueda el tema arancelario y, de paso, armonizar las reglas en las que se amplía la participación del flujo comercial entre México, EU y Canadá.
A la par de todo ello, en esa conclusión de primer tramo que concluyó en Ciudad de México, podemos decir que, al igual, se diseñó un esquema para aminorar las diferencias y, desde luego, maximizar las áreas de oportunidad, mayormente en precios, inversiones y cadenas de suministro. Bajo esa tesitura, México, al menos su equipo negociador, ha tomado la clara postura de caminar para ampliar el horizonte del T-MEC. Detrás de todo eso, evidentemente, se afianza un diseño que comprende la revisión técnica del más mínimo detalle. En ese sentido, queda claro, veremos profundamente un entorno al que hemos sabido adaptarnos. Todos sabemos que, al comienzo, surgieron algunas tensiones por las amenazas arancelarias que buscaban imponerse a los productos que atraviesan la frontera del vecino país.
Lo que la realidad refleja, en ese sentido, es que México ha superado las brechas que se han atravesado en el camino. El equipo negociador, por ejemplo, no ha caído en la improvisación; es decir, se ha preparado para cualquier escenario y ante cualquier adversidad que pudiese llegar a tensar la relación del tratado comercial. Podemos decir que, en realidad, atravesamos la etapa más crítica, donde el panorama lució difícil por el posicionamiento del presidente Trump en algún momento. La presidenta, en ese sentido, asumió que la mejor visión para aminorar la tensión es el diálogo constante, pero también el fortalecimiento de la colaboración en temas de seguridad. Ese diseño, al menos en los cruces fronterizos, ha salido a relucir, máxime cuando nuestras fuerzas de seguridad aumentaron la presencia de efectivos para garantizar la paz, eso sí, cuidando lo más sagrado que es nuestra soberanía.
Desde el principio, Estados Unidos, Canadá y México tienen una serie de intereses en común que los llevan a colaborar. No es solamente geografía o historia en común, sino una realidad económica que no se puede pasar por alto: los tres países que están entrelazados geográficamente funcionan mejor cuando colaboran para optimizar el flujo de inversiones y robustecer las exportaciones. Y de manera sostenida México ha evidenciado esto, aumentando su presencia comercial hacia el norte.
La política de las tres partes superó cualquier diferencia circunstancial. Fue en ese momento cuando la esfera comprendió que la cooperación no es un favor, sino una táctica para construir un futuro más competitivo.
Hoy hablamos de un futuro en el que la tecnología y la innovación se convierten en los pilares de un nuevo ciclo económico. Para que la región pueda beneficiarse plenamente de su potencial, necesita simetría, reglas claras y una visión compartida en un mundo con rápidas transformaciones globales. En definitiva, ese ha sido el objetivo: lograr un acuerdo de gran relevancia histórica que potencie a Norteamérica como una unidad capaz de competir con los principales núcleos económicos mundiales.




