La opción
Burlarse del dolor de las madres buscadoras
La foto corrió como pólvora: botargas del famoso Pato Merlín, fichas de desaparecidos pegadas al pecho y un titular del sello satírico MeJornada que decía: “Madres buscadoras se disfrazan de ‘Pato Merlín’ para ver si así las recibe Sheinbaum en Palacio”. En horas, miles lo compartieron, lo comentaron, lo juzgaron.
Incluso portales de noticias y alguno que otro comentarista que se dice serio, la retomó. Pero era falso: ninguna madre buscadora organizó eso. La imagen venía de una sátira ajena a su lucha; las fichas fueron añadidas o montadas solo para el efecto. No hay registros, ni testimonios, ni rastro de que esto haya ocurrido.
El daño, sin embargo, es real y profundo. Estas mentiras no son simples bromas ni errores inocentes: manchan la dignidad de quienes llevan años atravesando el infierno para encontrar a sus seres queridos. Al difundir la falsedad, se siembra la idea de que su dolor se vuelve espectáculo, que su búsqueda es caprichosa o que están dispuestas a todo —incluso a convertir la desgracia en parodia— solo por llamar la atención. Se les reduce a un meme, se les quita la gravedad que merecen y se les hace blanco de burlas, indiferencia y hasta desprecio.
Peor aún: distraen la mirada de lo fundamental. Mientras se discute si se disfrazaron o no, las fosas clandestinas siguen apareciendo.
Las cifras ya no caben en los informes oficiales ni en los discursos tranquilizadores: más de 130 000 personas registradas como desaparecidas en todo el país. Pero la realidad es aún más brutal: una gran parte de estos casos no son desapariciones, sino ejecuciones encubiertas. Bandas criminales que asesinan a jóvenes, a niños, niñas, mujeres, adultos mayores y esconden los cuerpos en fosas clandestinas, convertidas en tumbas anónimas repartidas por todo el territorio nacional.
Con este grotesco espectáculo, la mentira se convierte en un muro más: desvía la presión social, pero sobre todo, desgasta la credibilidad de los colectivos.
Para las madres, padres y familiares, cada noticia falsa es otra herida. No necesitan disfraces ni modas virales: su mejor argumento es la verdad de lo que les han arrebatado. Quienes difunden estas invenciones, incluso sin mala intención, terminan haciendo el juego a quienes más les conviene que su voz se apague.
No es solo desinformación: es violencia extra. Y en un país donde ya hay más de 130 000 desaparecidos, ya no cabe ni un gramo más de daño innecesario.




