Consolida Alfonso liderazgo ambiental de Morelia con Ciudad Árbol
QURÉNDARO, Mich., 5 de mayo de 2026.- Una escena que describe al México esperanzado ocurrió en la ex hacienda de Queréndaro este lunes, pues la llegada del nuevo párroco a la cabecera de ese municipio provocó una fiesta de bienvenida, donde buena parte de la comunidad se entregó al regocijo de la fe, sin importar los problemas cotidianos del día a día.
Hablar de las regiones de Michoacán es muchas veces hablar de grupos de la delincuencia organizada, de miedo y de incertidumbre social, pero basta con girar un poco la mirada para ver otros matices y entender por qué, en muchas ocasiones, las comunidades se resguardan en su fe.

Antes de las dos de la tarde, el preparativo ya estaba armado: grandes ollas y hieleras aguardaban con arroz, birria, salsas y tortillas, y para los más afortunados, algo de chile capón, tradicional en esa región. Toda la comida estaba lista para el gran número de personas que llegaría para recibir al padre Faustino, en un hecho casi histórico, pues pocos recuerdan una fiesta similar para recibir a un sacerdote.

En las calles aledañas a la ex hacienda, algunas personas colocaron globos y esperaron en las esquinas sin importar que el sol indolente cayera como un manto hirviente; llegaba ya el nuevo párroco y eso era lo importante.
Entre los rumores se decía que también arribaría el arzobispo de Morelia, José Armando Álvarez Cano, acompañando al esperado padre Faustino, quien ahora dirigiría los destinos de los feligreses en la parroquia de la Virgen de la Asunción, patrona del pueblo de Queréndaro. Sin embargo, no llegó.
Quien sí acudió, un poco antes, fue la presidenta municipal de Queréndaro, Diana Caballero, para dar la bienvenida al nuevo párroco.

Antes de las cuatro de la tarde, y aún con el sol quemando, llegó el padre Faustino, y un grupo numeroso de la comunidad de Queréndaro lo esperaba en la entrada de la hacienda.
Antes de ingresar, el nuevo líder religioso se detuvo con ellos y anunció que implementaría un programa llamado “Adopta al párroco”, ya que la siguiente semana se dedicaría a visitar —casi casa por casa— a la comunidad. La gente le aplaudió.
No tan discretamente, su equipo de seguridad, integrado por personal de la Guardia Nacional, se apostó en los extremos, mientras el padre Faustino comenzaba a ingresar a la hacienda, seguido de la gente que ya le gritaba porras.

Para entonces ya hacía hambre, y el religioso lo sabía. Parado en un templete frente a la gente, dijo que daría una bendición rápida para dar inicio a la comida, algo que la gente agradeció. Así que ofreció una peculiar bendición, de tono prosaico: “Dios bendiga lo que te llevas a la barriga y que le dé buena salida, y si nos hace daño, que haya cerca un baño”.
Todavía algunas personas subieron a celebrar la llegada del padre Faustino; incluso, unos adolescentes hicieron una bendición al estilo hip hop.

La gente, entregada y amable como suele ser, dispuso un lugar especial para el sacerdote: una gran silla adornada con flores, elegante y suntuosa, como si de un rey se tratara. El cura, visiblemente sorprendido, se acercó y se dejó tomar algunas fotos en ese sitio, pero, cercano y sencillo como se mostró desde su llegada, retiró la silla y colocó una de plástico, donde permaneció para comenzar la fiesta en su honor.
Entonces vino la música, primero de violín, incluso con tintes renacentistas; después llegaron las expresiones a través de la danza, sones y otros ritmos, mientras la gente disfrutaba del banquete y de la presencia del sacerdote, quien se mantuvo en todo momento cercano a la comunidad.
“Este sí es bueno”, expresó una mujer antes de llevarse un taco de birria con arroz a la boca. “Se ve contento”, dijo su interlocutora antes de dar un trago a su refresco. Así fue cayendo la noche, hasta que la comunidad comenzó a retirarse, seguramente con la fe renovada en que un nuevo guía apuntalará el bien común.




