Refuerzan vigilancia en zona rural de Morelia ante incidencia delictiva
MORELIA, Mich., 23 de julio de 2026.- El feminicidio de Lucía Ugalde Ramos no terminó cuando un juez dictó una sentencia de 40 años de prisión contra su asesino. La condena cerró un proceso judicial, pero no devolvió la vida que su familia tenía antes del 28 de marzo de 2019.
Para Ireri Ugalde Ramos, hermana de Lucía, el tiempo dejó de medirse por años y comenzó a dividirse entre un antes y un después.
Entre quienes eran antes de la tragedia y quienes se convirtieron después de su muerte; entre lo que dejaron de hacer, de convivir, de confiar y de imaginar.
Todo se reestructuró en torno a la búsqueda de justicia para Lucía.
"Mi vida quedó dividida en dos. La mujer que yo era antes del feminicidio de mi hermana y la mujer que tuve que aprender a ser después", dice.
Antes fue abogada, catedrática, cantante y maestra de ceremonias. Hoy continúa ejerciendo el Derecho, pero también imparte conferencias sobre violencia de género, participa en colectivos feministas, marcha cada 8 de marzo y promueve iniciativas para modificar las leyes de protección a las mujeres.
El feminicidio transformó su profesión, pero también su propósito de vida. Se reorientó, resignificó el feminismo y cambió su forma de pensar.
Resignificar es la palabra que utiliza para explicar cómo ha enfrentado la ausencia de Lucía.
"No la vivo con dolor. La vivo con la misión de evitar que otras mujeres sufran un feminicidio".
Mientras Ireri encontró en el activismo una forma de reconstruirse, el resto de la familia aprendió a convivir con una ausencia permanente.
La casa dejó de ser la misma. Lucía era la alegría de todos, aseguró en entrevista telefónica.
Las fechas que antes significaban celebración ahora representan un reto emocional. Marzo se convirtió en el mes más difícil del año. El Día de las Madres y la Navidad dejaron de vivirse igual.
La pérdida también alcanzó la salud de sus padres.
"El cuerpo resiente la violencia", afirma, aunque reconoce que no sabe cómo explicarlo, porque a siete años del caso continúa su proceso de asimilación.
Los efectos no sólo fueron emocionales. También aparecieron en el desgaste físico provocado por años de trámites, audiencias, incertidumbre y duelo.
Hubo preguntas para las que nadie estaba preparado.
Uno de los momentos que más recuerda ocurrió cuando su hijo, entonces pequeño, intentó entender lo sucedido.
"Mamá, ¿por qué mi tío le hizo eso a mi tía si era mi madrina?"
Responder esa pregunta significó explicar a un niño que una persona a la que quería había asesinado a otra igualmente cercana.
La violencia rompió también la forma en que la familia entendía sus vínculos.
Lucía no sólo era una hija o una hermana; era compañera, amiga, una mujer con sueños y amor.
Era quien llenaba de alegría las reuniones familiares, quien había construido una carrera profesional en ascenso, quien soñaba con formar una familia y tener hijos. Su ausencia canceló proyectos personales y expectativas compartidas que nunca llegaron a concretarse.
Ireri evita hablar de sacrificios.
Prefiere decir que hubo proyectos personales que quedaron en pausa porque la prioridad fue otra: encontrar justicia.
Durante años, la Fiscalía se convirtió en un destino cotidiano. Aprendió derecho penal, estudió la mecánica del feminicidio, acompañó cada audiencia y convirtió el conocimiento adquirido en una herramienta para acompañar a otras víctimas.
Esa transformación, asegura, no fue una elección, aunque en el fondo sabe que sí. Eligió cambiar un camino de paz y familia, de profesión y de mujer, para buscar uno de justicia, con todas las espinas que conlleva.
Fue la consecuencia de un crimen.
Con el paso del tiempo descubrió que el feminicidio no sólo mata a una mujer. También modifica el futuro de quienes permanecen vivos.
Por eso insiste en que las víctimas indirectas necesitan mucho más que acompañamiento psicológico o asesoría jurídica.
Necesitan un Estado que no las obligue a convertirse en investigadoras, litigantes, voceras y defensoras de su propia causa mientras intentan reconstruir una vida que ya no volverá a ser la misma.
Siete años después, Ireri sigue hablando de Lucía en tiempo presente.
No porque niegue su ausencia, sino porque encontró otra forma de mantenerla viva: convertir su historia en una herramienta para impedir que otras familias tengan que aprender, como la suya, a vivir después de un feminicidio.




